Teodicea audiovisual: ‘The Tree of Life’

Frans van den Broek

 El director Terrence Malick es considerado uno de los mejores cineastas en activo y quien haya visto cualquiera de sus películas estará obligado sino a refrendar, al menos a respetar dicho juicio. Quizá su obra más conocida para el público actual sea The Thin Red Line, la anterior a esta última que comentamos, que narra los destinos de unos cuantos participantes americanos en la batalla de Guadalcanal durante la segunda guerra mundial, pero es antes que una película de guerra una meditación poética sobre la condición humana, algo que consigue sin innecesarias afectaciones y con un lenguaje audiovisual extraordinario. La película oscila entre los hechos narrativos correspondientes con la historia conocida de la guerra (entresacados de la novela de James Jones en la que se inspira) y la subjetividad de sus personajes, construyendo un mosaico de impresiones que la convierten en una de las mejores películas de guerra hechas hasta el momento.

 Su nueva película retoma esta línea meditativa, pero la extiende hasta niveles metafísicos que, me atrevo a creer, estarán menos al alcance del público en general. De hecho, postulo que la contemplación de esta película dividirá a la audiencia entre quienes piensan que se encuentran frente a una obra maestra y quienes se van a la mitad (o menos) de la película, irritados por su abstrusa exposición formal y esotéricas ideas. De entrada confieso que me inclino a la primera clase de espectadores, no sin comprensión por quienes pertenecen a la segunda, tal es la naturaleza cuasi-mística de la obra y su compleja estructura narrativa. Mejor dicho, la narración del hacer de los personajes se enmarca en una narrativa de orden superior, cuyo seguimiento requiere hilar fragmentos audiovisuales de significado simbólico y filosófico. En lo que sigue intentaré comunicar mi particular apreciación de los mismos, consciente de que este tipo de obras de arte desafía la hermenéutica más aplicada.

La historia nuclear cuenta la historia de una familia tradicional americana de mediados de siglo, en la que el padre destaca por su rigidez educativa y la madre por su dulzura para con sus tres hijos. Al comienzo de la narración –esto es, del destino de los personajes, ya que, repito, existe una narrativa englobante que se desenvuelve sobre todo en imágenes y música-, nos enteramos de que el hijo mayor ha muerto, sin que se explique exactamente cómo, aunque sospechamos que ha sido en alguna guerra, posiblemente la de Corea o Vietnam. El padre quiso en su juventud ser músico, pero acabó de militar y de empleado de fábrica, aunque concibe inventos que patenta, esperando hacerse rico en algún momento de su vida, lo cual no sucede. La muerte del hijo mayor afecta a todos, pero el filme se concentra en los padres y el segundo hijo, de quienes nos enteramos de sus pensamientos por medio de voces fuera de pantalla y de pasajes narrativos convencionales. La muerte del hijo desarticula el mundo interior de la familia y requebraja la fe de los padres, quienes tienen dificultad en aceptar que dicha pérdida, por dolorosa que sea, también ha sido determinada por Dios. En otras palabras, se ven personalmente enfrentados al tema cardinal de la teodicea, esto es, la reconciliación de la perfección y bondad divinas con el sufrimiento, la enfermedad o la muerte. La película está hecha de episodios sueltos, editados alternadamente con pasajes audiovisuales de gran belleza, que sostienen la narrativa metafísica, y tras la muerte vuelve al pasado de los niños y a sus experiencias con sus padres, y se remonta también al futuro del segundo hijo, quien atraviesa una crisis existencial, a pesar de tener una vida exitosa en lo profesional. Este hijo había estado muy unido a su hermano mayor y ha buscado desde su muerte algún tipo de reconciliación, alguna explicación a la tragedia que sigue afectándole, cosa que consigue al final de la película menos con razones que con entrega y compasión. Los hijos habían tenido una tensa relación con su padre, y el hermano mayor llega a desear hasta su muerte, pero hay también amor entre ellos, sobre todo por parte de la sumisa y bella madre, a la que adoran. Malick concentra en su narrativa tal cantidad de temas, como la violencia infantil, los procesos iniciáticos de la adolescencia, el poder redentor del abandono, que resumirlos sería imposible.

 Pero es el marco metafísico el que concentra la atención del director. La película consiste en buena medida de imágenes del mundo natural y música, sobre todo clásica, y son estos pasajes los que la estructuran. Las imágenes son una representación del macro- y microcosmos natural, desde galaxias girando en el universo hasta tejidos celulares y procesos químicos, y si algo hay de común en ellas es la presencia de una u otra forma de estructuración armónica, incluso en medio de la violencia natural más extrema, como la irrupción de un volcán o la agitación de los mares. Esta superposición sugiere que todo en el universo sigue un patrón o muchos patrones a la vez, y que nuestros indescifrables destinos no pueden estar exentos de dicha ley, pero en órdenes distintos de realidad, el material y el espiritual. Cómo se correspondan dichos órdenes es imposible saberlo con razones o palabras, por lo que la película se orienta en dirección al abandono religioso o, si se quiere, hacia la reconciliación que suscita el entregarse a la belleza del mundo y aceptar el misterio del sufrimiento y la muerte como parte del discurrir del universo. Del mismo modo que el taoísmo sugiere abandonarse a las leyes del Tao, o el budismo al Dharma, Malick nos ofrece la resignación de la gracia y la compasión, lo que toma la forma en la madre que en vez de lamentar la pérdida del hijo, hace de la misma una dádiva al universo, y el hermano que comprende que ambos padres, el estricto y el amoroso, son parte de lo que es él y giran como galaxias en su universo interior, y que la muerte del hermano es también parte de este esquema cósmico. Malick comienza la película diciéndonos que hay dos vías, la de lo natural, con toda su plenitud y belleza, pero que es también violenta, y la de la gracia, que redime (en clara referencia a las disquisiciones sobre la presencia de la injusticia, la muerte o el mal en un mundo creado por Dios que ocuparon a filósofos como el mencionado Leibniz o Malebranche). La narrativa metafísica es pues una teodicea que busca sugerir, antes que teorizar, el misterio de la trascendencia y la inmanencia, la infinita distancia de lo existente para con lo absoluto, y a la vez, su esencial continuidad. Y Malick lo hace volviendo a su pasado americano en un suburbio cualquiera, donde acaece lo que suele acaecer a los niños y padres de una familia de clase media, enfrascados en sus destinos personales, pero expuestos, aun cuando no fuera más que en raros instantes o por medio del sufrimiento, a las intimaciones de lo real.

 A nadie sorprenderá, por tanto, después de haber visto esta película, saber que Malick estudió filosofía con Stanley Cavell y hasta tradujo un libro de Heidegger, ‘Vom Wesen des Grundes’. Los más cínicos dirán que se le nota en la pretenciosidad y barroquismo expresivos y cabe reconocerles cierta razón. El principal problema de la película es que olvida que el espectador tiene expectativas narrativas que no han pasado por Harvard ni son deudoras de Heidegger o de la teodicea de Leibniz, ni necesariamente conscientes de cineastas como Tarkovsky o Godard, por lo que termina siendo un ejercicio elitista para los entendidos. Las obras de arte, en general, no soportan bien que se las llene de ideas o sugerencias filosóficas, y menos aún cuando de lo que se trata es de hilvanar una narrativa coherente que nos comprometa con el destino de sus personajes. Aún así, hay momentos narrativos de gran intensidad en esta peculiar película, si bien hubiera sido preferible aumentar su accesibilidad y reducir sus excesos. The Tree of Life pasará a aumentar el panteón de obras maestras del cine, un destino ambivalente, pues significa a veces su olvido para el público y su consagración funeraria, aparte de los cine-clubs y facultades pertinentes. Recomiendo la experiencia, sin embargo, como no sea por contemplar algo distinto y más complejo que el cine de videoclip al que nos estamos acostumbrando. Para quien no se vaya a la mitad, le será sin duda una experiencia inolvidable y quizá hasta trascendente.