Teleirrealidad culinaria

Senyor_J

Hay momentos en que la realidad puede sorprenderte por un instante, pero tras el mismo, te das cuenta de que lo que te ha revelado era bastante predecible. Esto es algo que nos sucede a menudo, por lo que no debería extrañarme el haberme sorprendido el miércoles por la mañana ante la insistencia con que una misma noticia aparecía en las portadas de una amplia variedad de medios de prensa digital (muchos de ellos, por cierto, portales de diarios en papel situados entre los que tienen más tirada en España): la identidad del ganador de la tercera temporada de Masterchef, el popular concurso culinario de TVE. Dichas noticias realizaban una narración o un análisis crítico de lo acontecido durante tres horas en La 1 durante la noche del martes, cuando los últimos concursantes se disputaron la victoria final, la cual recayó finalmente en el ya famoso Carlos, cuyo rostro aparecía una y otra vez en dichas portadas. A lo largo del día, además, fueron sucediendo dos cosas: o bien dichas noticias perdían visibilidad, o bien se veían completadas con otro tratamiento adicional, particularmente alguna entrevista al campeonísimo.

Pues así estábamos el miércoles. En una mañana en que uno esperaba navegar por las novedades acontecidas en el conflicto entre la Unión Europea y Grecia, a la que se deslizaba un poco el ratón por la pantalla aparecía el risueño rostro de Carlos, ese joven talento que sin tener demasiada idea de cocinar (aunque sí cierta formación en el asunto), decían que había conseguido sorprender a los grandes chefs españoles allí presentes con su creatividad y con combinaciones de sabores que algunos de ellos decían descubrir por primera vez, prometiendo que si pudieran incorporarían sin problemas sus improvisados platos en su restaurante. Es así como Grecia se desdibujaba parcialmente en los medios y en las inquietudes de los españoles: para una parte importante, el destino que aquella noche había estado en juego era el de los aspirantes a cocineros y a ello debía dedicarse la atención, si bien el programa se había grabado un mes antes.

Pero volvamos a lo primero. Reconozco que no estamos en condiciones de poner en duda la lógica que puede tener el incluir noticias sobre los resultados de un concurso en medios de información generalista, aunque carezca totalmente de interés periodístico. Con la eclosión de los medios digitales, la prensa no solo ha cambiado de formato sino de contenidos, y el tipo y la cantidad de informaciones que actualmente se recogen y que habría sido impensable ver en un diario hace 20 años no hace más que crecer. Mala suerte, además, para los que no les gusta leer los spoilers, porque si pensaban ver el programa en la tele a la carta, no se libraron, a su pesar, de enterarse de cómo había acabado.

Vista la trascendencia del evento, no está de más recordar algunas cosas que han sucedido en el mismo a lo largo de las últimas semanas. Masterchef sigue el modelo de los concursos enmarcados en la lógica del branded content, donde una productora subcontratada por TVE trata de tener el mayor número de patrocinadores posibles que suelten pasta y una buena cantidad de individuos y negocios encantados de publicitarse allí, aprovechando el tirón de audiencia, sin hacer ascos tampoco a la formación del espíritu nacional. Será por eso que este año han pasado por ahí con motivo de las pruebas a estudiantes, entre otros, unas unidades del ejército (con párroco incluido, no sé si como en los mejores tiempos de nuestra gloriosa patria o como homenaje encubierto a Berlanga: hay que ver esa edición del programa, porque el nivel de esperpento fue máximo), Miguel Bosé y en este último día, incluso el Hard Rock Hotel de Ibiza, donde por lo visto te despluman cobrándote 1.700 euros por cubierto y al que asistió todo el famoseo del lugar a comerse los platos preparados por los concursantes.

Masterchef también es conocido por cosas a las que nadie dedicaría un artículo, como el estilo ofensivo de los presentadores, que como otros antes que ellos no dudan en recurrir al menosprecio y a la mala educación para ganarse las simpatías de la audiencia hard. La principal afectada por ello este año, además del célebre autor del “león come gamba”, ha sido la concursante Lidia Folgar, una dietista-nutricionista que ha sido víctima reiterada de menosprecios por parte de de los cocineros metidos a jueces a causa de sus preferencias alimentarias vegetalizantes y que en una inquietante entrevista publicada en “20 minutos” declaraba que aun no entendía porque la habían descalificado. A pesar de ello, la verdad es que a Lidia le correspondió en algunas ocasiones el papel de mediar entre la realidad y el cartón-piedra del programa. Más allá de una anécdota con el chorizo, su gran momento fue cuando un centro inspirado en las ficciones de la alimentación macrobiótica que también quiso promocionarse en el programa propuso la elaboración de algunas preparaciones inspiradas en su modelo. Ese día la concursante, además de mirarse de reojo cada plato, tuvo la oportunidad de manifestar brevemente su punto de vista sobre la misma, pero con la suficiente precisión como para dejar bien claras las falsas creencias en las que se sustenta esta propuesta alimentaria.

Pero quizás lo más interesante sobre este espacio que se recoge en esa entrevista llegue cuando Lidia indica que pasaban muchas más horas grabando el programa que haciendo otras cosas y que le habría gustado tener tiempo para aprender más. Ello nos revela, por si había alguna duda, que no se trata de un programa centrado esencialmente en desarrollar las competencias culinarias de una serie de personas inexpertas, sino de un programa televisivo más donde de lo que pesan son los recursos del reality y donde se persigue fundamentalmente el hacer pasar apuros a los concursantes al grito de: “pues en una cocina se trabaja así”. Un modelo que prepara y persigue el fracaso, pues no en vano cada semana alguien debía abandonar el programa, y que además se recrea en el mismo en boca de sus jurados: “no evolucionas”, “no pongas excusas”… En contextos como ese el pensar que quizás se podría aprovechar para potenciar el aspecto educativo o sensibilizar sobre formas de alimentación saludable es una ilusión, excepto si aparece algún benefactor interesado con un buen fajo de billetes, que entonces dirán amén a todo.

Antes de acabar, no dejaremos de mencionar que la broma gastronómica con que nos obsequian las televisiones no se despide de la parrilla, puesto que la misma cadena ya tiene a punto para la semana que viene un programa sobre cocineros de carretera (“Cocineros al volante”), donde va a hacer acto de presencia (¡fíjate tú!) el bueno de Carlos. Se ve que el tipo siempre había querido hacer quilómetros cocinando para la gente, como el protagonista de “Chef“, y como no podía ser menos se le invita al nuevo programa: ¡qué duda cabe que todo es una enorme coincidencia!

Pues de eso hablaban los diarios el miércoles por la mañana, evidenciando que nada de lo  comentado podía considerarse noticiable. Yo me quería enterar de lo que pasaba en Grecia y acabé atraído por el mundo de las esferificaciones televisivas, en este caso no al servicio del desplume del poderoso con ganas de diferenciarse asistiendo a un restaurante de alta cocina, sino al de aquellos que quieren generar audiencia tomando el pelo al espectador. Con ello, al menos, lo único que se pierde es el tiempo, que aunque tal vez sea menos recuperable que el dinero, no deja de ser algo que, de un modo u otro, se nos escapa entre las manos.