Tarde mejor que nunca

Frans van den Broek

La corte suprema de Holanda ha aceptado por fin responsabilidad por los sucesos ocurridos en Srebrenica hace ya 18 años, en julio de 1995, durante la guerra que desmenuzó a la antigua Yugoslavia. Recordarán quienes siguieron tales eventos la magnitud de los mismos, la peor masacre ocurrida en territorio europeo desde la segunda guerra mundial, que costó la vida a alrededor de ocho mil hombres, jóvenes y hasta niños musulmanes a manos de las tropas serbias de Ratko Mladic. A Srebrenica se lo suponía un enclave seguro, controlado por las Naciones Unidas, y refugio de miles de bosnios musulmanes que huían de la cruenta y vesánica guerra que asoló dichas regiones. Al mando de las Naciones Unidas estaba un contingente del ejército holandés, el así llamado Dutchbat, cuyo centro de operaciones estaba en Potocari. La situación, antes de la caída del enclave, era ya mala, por la cantidad de gente que había llegado y las dificultades para alimentarla, ordenarla y conseguir que tuvieran una existencia con un mínimo de facilidades. Era mala también porque bajo las narices de los holandeses operaban milicianos bosnio-musulmanes que lanzaban desde el enclave ataques de tipo comando en las regiones serbio-bosnias, algunos de los cuales, según se alega, podrían pasar también a cualquier antología de los horrores en una guerra ya repleta de ellos. Ignoro si estas actividades bosnio-musulmanas han sido llevadas a tribunal alguno o han sido probadas por investigadores independientes, pero lo menciono para enfatizar el hecho de que una guerra como esta produjo monstruos en todas partes, y para dar una mejor idea de lo que ocurrió.

Pues esta fue una de las razones, al menos eso fue lo que dijo Mladic en su momento, por las que este personaje siniestro y enfermo decidiera tomar el enclave y librarse de toda su población masculina de la manera más brutal: para acabar con estos ataques musulmanes y vengarse de los ya llevados a cabo. Pero las cosas son tan confusas a este respecto y muchos otros, que uno nunca llegará a saber las verdaderas razones que llevaron a este hombre a tomar tal decisión. El caso es que un mal día de comienzos de julio de aquel fatídico año, para decirlo como suelen los periodistas, el ejército serbio-bosnio entró en el enclave y lo tomó, sin que el contingente holandés ofreciera la más mínima resistencia, o mejor dicho, resistencia directa por parte de los soldados, quienes no pegaron un tiro, pues los encargados de defenderlo pidieron al comando de la OTAN que ejecutara unos ataques con avión al ejército serbio, que se llevaron a cabo, pero sin efectividad alguna, como no fuera enfurecer aún más a Mladic, hombre de poca paciencia. Cabe decir que los hombres del Dutchbat poco hubieran podido hacer para impedir la toma del enclave, al menos en primera instancia, pues la superioridad de las fuerzas de Mladic era abrumadora, y además no recibieron órdenes de hacer nada. Por qué tardaron tanto en efectuar ataques aéreos, a pesar de haberse constatado movimiento de tropas serbias con obvias intenciones torcidas, es algo que también merecería contarse, pero baste decir que las razones pertenecen a la historia de la imbecilidad burocrática de este tipo de organizaciones. Una de las razones, aparte de la estupidez de las Naciones Unidas, fue, si no recuerdo mal, un fax que no se aceptó por faltarle no sé qué firmita o sello de sabe uno qué chupatintas u oficial. Cuando se obtuvo el permiso de atacar ya las tropas estaba enquistadas en Srebrenica y no había nada que hacer.

Lo que siguió después es lo que bien podría llamarse una de las páginas mas vergonzosas de la historia de los conflictos europeos y de la historia del reino de la naranja, y lo que ha hecho que llegase la demanda de algunas víctimas hasta la corte suprema, para ser aceptada sin apelación. El gobierno holandés, por 18 largos años, se ha negado obtusa y desvergonzadamente a reconocer responsabilidad alguna por lo que pasara después, que es nada menos que la masacre de ocho mil hombres que estaban en principio bajo su cargo. No es que debieran reconocer –que debieran- la responsabilidad por todos ellos, pero se negaron todo este tiempo a reconocer incluso su responsabilidad en la muerte de aquellos bosnios musulmanes que trabajaban para ellos en el momento de la toma del enclave y que entregaron sin remilgos a las garras de Mladic, cuando ya era más que evidente que terminarían asesinados o al menos seriamente maltratados. El gobierno se ha amparado siempre, de manera cobarde y avara, en el hecho de que el Dutchbat estaba bajo el comando de las Naciones Unidas y por tanto era a ésta a la que debía atribuirse responsabilidad. Se ha amparado en legalismos absurdos y en subterfugios burocráticos, echándole siempre la culpa al Gran Bonetón. Pero los hechos, tal y como ocurrieron, no pertenecen tan solo al terreno de los legalismos o las demandas –que es lo que querían evitar, además de la vergüenza de admitir la verdad- sino al terreno de los valores fundamentales de la existencia humana, al universo de la moral y la ética, de la conciencia de todo hombre y mujer que habita este planeta. Y si bien es comprensible que un gobierno deba ser cauteloso a la hora de atribuirse responsabilidades, nada justifica no hacerlo por 18 años y por hechos cuya responsabilidad ha sido tan ominosa y de tan graves consecuencias, hasta ahora, en el sufrimiento de los familares de las víctimas.

Lo que pasó después es claro: Mladic tomó el enclave por la fuerza. Los custodios del mismo se enquistaron en Potocari, en la base, adonde huyeron miles de refugiados, aterrados, confusos, desesperados. Miles lograron entrar, muchos huyeron como pudieron, varios fueron asesinados antes de poder huir. Una vez arrumados como animales, Mladic se presentó ante los oficiales holandeses y les espetó su insolencia por haber ordenado bombardeos contra él. Los oficiales se ampararon en su deber al mando de las Naciones Unidas, pero aparecen en los videos –mucho de esto está filmado- apocados, acobardados, sumisos. Hay hasta un video donde Mladic brinda junto a los holandeses, y estos le siguen, y otro en el que Mladic les regala algo para sus familias, generoso y triumfante. Los soldados holandeses ayudarían a los serbios a separar a hombres de mujeres, y éstas fueron transportadas en autobuses fuera del enclave. Los hombres fueron llevados por las huestes de Mladic al matadero, o mejor dicho, a los mataderos, muchos de ellos. Por supuesto, Mladic le ha dicho a los Dutchbat que no les pasaría nada, pero solo un imbécil le creería. Los Dutchbat pretendieron creerle, sin embargo, y hasta entregaron a Mladic a bosnios musulmanes que trabajaban para ellos, y que han sido la causa de que la Corte Suprema dictara en contra del gobierno holandés. Los Dutchbat entonces, atemorizados y agobiados, se resignan a colaborar en lo que pueden con Mladic y a largarse cuanto antes. En cuanto llegan a territorio seguro, en lugar de desaparecer del mapa por dignidad, se dedican a celebrar su liberación, con el actual rey y el primer ministro volando para aunarse a ellos. También de esto hay imágenes, de soldados haciendo el tonto para celebrar haber sobrevivido y dejado a musulmanes a su suerte. Desde aquel mismo momento empiezan las maquinaciones del gobierno para evitar toda responsabilidad, las historias cruzadas, las excusas, hasta las mentiras. Hay incluso un rollo de fotografías, que probaría que los Dutchbat sabían con certeza que Mladic asesinaría a dichos hombres, que se estropea de casualidad en manos del ministerio. Y mientras tanto, 8 mil bosnios son ejecutados sin la más mínima misericordia y sin respetar ni siquiera a adolescentes imberbes, casi niños, cuyos restos se sigue excavando.

Ahora, felizmente, la Corte Suprema ha devuelto al país algo de la dignidad que no tuvo el gobierno al reconocer que, en cuanto cayó el enclave, la situación estuvo en manos de los holandeses, no de las Naciones Unidas, la OTAN o el Gran Bonetón. Y por tanto tienen responsabilidad en la muerte de aquellas personas que estaban además empleadas por el Dutchbat, como un técnico o la familia del traductor. El gobierno ha querido evitar, sin duda, que familiares de los ocho mil muertos presentaran demandas, temeroso de las cuantiosas compensaciones que podría tener que otorgarles, pero esto solo ha agravado su responsabilidad. Reconocer lo que se hizo o se dejó de hacer importaba a los familiares mucho más que el dinero que recibirían por ello, y no debiera haber sido razón de reticencia o de racanería legal. Si el gobierno es capaz de salvar de la bancarrota a bancos ineptos con billones, bien podría haber tenido el coraje de admitir que cuando vidas se han perdido, no hay espacio para la duda o la argumentación: los huesos están allí para probarlo. ¿Qué podría haber hecho el Dutchbat en todo caso, dadas las circunstancias? Francamente, no lo sé, pero tampoco creo que importe mucho. No se le puede pedir a nadie que se comporte como un héroe y sacrifique su vida por otra gente, pero en este caso dicha gente estaba bajo su custodia, y para eso uno es soldado y no panadero. Y si bien uno no tiene por qué ser un héroe, tampoco tiene por qué ser un cobarde. Bien podrían al menos haberse negado a separar hombres de mujeres, a entregar a quienes estaban ya en la base, a brindar con el miserable de Mladic o a aceptar sus regalitos. O incluso podrían haberle amenazado con inmolación total si osaba llevarse a nadie, pero no, los imperativos de la supervivencia y los gobiernos eran otros, y a fin de cuentas eran bosnios, no franceses o alemanes quienes eran entregados. Pero al final, aunque tarde, la responsabilidad nos alcanza, y mejor tarde, que nunca.