Sueños

lope garcía

 

Soñé que entraba en DC y que, al momento y sin esperarlo por no sé qué suerte malvada y malversadora de ilusiones, se convertía en CD, y sonaba como Siniestro Total, Ayatollah, no me toques la pirola, y, de pronto, me puse a bailar de alborozo, recordando, seguramente, tiempos que creía olvidados. Pero luego, intentando volver a la realidad, pensé que se iban a enfadar los musulmanes que hay en el mundo y que nos iban a perseguir de uno al otro confín, porque en la lona gime el viento, y hay que andar con tiento, con lo políticamente correcto, que es lo más incorrecto que pueda haber, pero París bien vale una Visa, así que cambié de música y puse a los Sex Pistols, God save the Queen. Pero la Reina no apareció. El Rey tampoco, porque estaba desnudo y como que no estaba por la labor

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Soné que Alguien era Nadie y se enfrentaba al Polifemo que, aunque tenga un ojo sólo, todo lo ve y todo lo huele y todo discierne, aunque esté en ciernes. Y le animaba a seguir el viaje, porque Itaca no puede estar muy lejos, a la vuelta de la esquina, no te digo. Y allí se encontrará con su perro fiel, y será feliz, como todos los que lo son y lo han sido, que son legión, como los demonios y los ángeles, vaya por Dios.

 

Soñé que A verlas venir se convertía en A venirlas ver y no entendía nada de lo que escribía, ni las mayúsculas, vamos. Ni él.

 

Soñé que Permafrost era un espía que huía del hielo y se convertía en Nuestro Hombre en La Habana. Y no sé por qué, pero un ligero estremecimiento recorrió mi piel y miles de ganglios chinos estallaron al unísono y al unitrino, y luego me desmayé, quizá de la emoción.

 

Soñé que Ceferina se desvestía y se quitaba el refajo y también me desmayé, del susto y de la malsana impresión.

 

Por Mí Que No Quede se quedaba quedando, pero no por mí, ni por ti, sino por todos, porque no preguntes por quién doblan las campanas, porque doblan por todos, ya que nadie es una isla, y menos un estrecho, aunque haya cabos, y sargentos y tenientes y comandantes y comandantas.

 

Soñé que Barañain era Zalacain, el aventurero, y se perdía en La Guardia, bonita población, el pueblo más bonito para ir de excursión. Y Baroja le reprendía.

 

Fernando era Fernando y Cicuta se bebía la cicuta y se convertía en El Hombre Tranquilo de John Ford, y corría por los siempre verdes prados de la siempre verde y eterna Irlanda detrás de una muchacha. Y el tren de Marta, ¿o era el de Santa Marta?, se paraba en una estación y todos los pasajeros salían a verlo correr y se admiraban de su carrera y de su donaire. Y Amistad se quedaba en la taberna, trastornados sus miles de ojos, bebiendo guinness hasta perder el conocimiento y la razón, que no la memoria, y le preguntaba al camarero que cuánto le debía, que me diga, camarero, que qué le debo, que he bebido hasta que ha salido el sol. Intenté hablar con él. Le salude, Hola, Amistad, pero él dirigió sus ojos vacíos hacia el infinito y me dijo, Yo soy Argos el ciego, el que perora y no se calla, porque no puede controlar el don de la ebriedad ni el de la palabra.

 

Jon Salaberria, mientras tanto, cambiaba de sala y de silla, mas no de camisa, eso no, nunca jamás, y miraba al mar de Málaga brillar como un desierto líquido de plata y de oro, y se emocionaba, hasta tal extremo que comenzó a arrojar rosas de papel, ya se sabe, para que las encontraran los náufragos y los desesperados, aquellos a los que hirió el amor con su escuálida y terrible mirada.

 

Soñé que Magallanes llegaba a Getaria y visitaba a Elcano. Y que ISC se volvía, además de bizco, pirrónico catódico. Y me asustaba de la dimensión adquirida por la conjura de los necios.

 

Pero Mimo Titos esperaba a la esperanza, en minúsculas, que la mayusculona no espera a nadie. Esperaba y hacía bien, porque la esperanza con minúscula se hace esperar pero al final llega y se va o no, depende, ¿de qué depende?, lo ignoro.

 

Pratxanda se perdía en el laberinto de la hermosa hemeroteca moteada y polvorienta de su heredad, y no salía y nadie lo buscaba, porque se había convertido en hoja suelta de gaceta política, en pasquín volandero, en dazibao al viento.

 

Soñé que de nuevo era Lope de Aguirre, el loco de Araoz, e iba peregrinando por el río Marañón hacia ninguna parte, que es lo mismo que ir hacia ningún tiempo, e iba conmigo Ursúa, el navarro del Baztán, tierra de vacas y de pacharán. Y me entró tanta sed en ese sueño que soñé que bebía quince mahous y veinticinco vasos de albariño, regalo franco y sincero de Pablo, y como dormía y no podía perder ni la razón ni el conocimiento, porque ya los perdí antes, sino el sueño, me desperté. Y estaba sudado y tenía demudados el rostro y también la color.

 

Entonces vi que CD era DC y que Alguien era Alguien y no Nadie, y me mandó escribir, sin amenazarme con sus dedos de humo, así que decidí volver a dormir, por si sonara la flauta y el artículo se escribía solo.