Steve Jobs

Ricardo Parellada 

De entre los libros dedicados al cofundador y consejero delegado de Apple destaca la biografía escrita por Walter Isaacson, que el propio Jobs le pidió que escribiera cuando ya sabía que estaba enfermo de cáncer. Isaacson se entrevistó en muchas ocasiones con el propio Jobs, miembros de su familia y colegas cercanos, por lo que la biografía está basada en información de primera mano. A pesar de su obsesión por controlar todos los departamentos de su empresa y todas las fases de la elaboración de sus productos, Steve Jobs dejó trabajar con total libertad a Isaacson y no le pidió leer una sola línea del libro, que fue publicado en octubre de 2011, unos días después de su muerte.

 El libro es una biografía de Steve Jobs, pero sigue de cerca tanto su trayectoria personal como profesional, por lo que sirve también como una historia de Apple, la empresa que fundó, de la que fue expulsado y que luego dirigió hasta convertirla en la empresa con mayor capitalización bursátil del mundo. Y, a través de la trayectoria de la empresa y su consejero delegado, el libro constituye también un relato fascinante del desarrollo fulgurante de la industria de la informática personal, en el que aparecen los más destacados dirigentes y empresas del ramo, radicadas en la emblemática región de la que proceden todas las grandes, con la excepción de Microsoft: el silicon valley californiano.

 Para mi gusto, el libro se detiene más de la cuenta en las manías del joven Jobs, como su falta de higiene, sus ayunos y regímenes veganos o su costumbre de ir descalzo a todas partes. Aunque relata bien el desarrollo inicial de las primeras computadoras creadas por los dos Steve (Wozniak y Jobs), el papel exclusivo del primero en la creación de los primeros circuitos y el del segundo en su conversión en un objeto de consumo y comercialización, en esta primera etapa se sigue bien la vida del personaje pero no tan bien la de la empresa. El autor muestra lo que Apple Computer tomó de otras empresas en esos momentos iniciales, en particular los primeros modelos de interfaz gráfica, que prácticamente robó a Xerox Parc, y la burda imitación que sufrió su interfaz, una vez desarrollada, por parte de Microsoft. Sin embargo, no se comprende bien el ascenso y el éxito de la empresa desde sus primeros pasos en el garaje de los padres de Jobs a finales de los años setenta hasta la producción y el éxito del primer MacIntosh a principios de los ochenta. 

A partir de ahí, la vida de Jobs queda imbricada e integrada estrechamente con la de sus empresas, desde la expulsión de Apple a la dirección de Pixar y de nuevo Apple. El libro va relatando entonces de forma magistral el estilo empresarial de Jobs y su gran compañía, el abandono de determinados proyectos, la concentración en unos pocos y la elaboración de algunos productos que han transformando por completo y sucesivamente los ordenadores personales, la reproducción y comercialización de la música digital, la telefonía móvil y las tabletas electrónicas.

Los dos grandes niños prodigio de la industria de la informática personal, Bill Gates y Steve Jobs, apostaron, desde los primeros balbuceos de su empresas, por dos modelos opuestos: un software potente licenciado a múltiples fabricantes de hardware, que lo convirtió en un estándar universal y a su creador en el hombre más rico del mundo, y una obsesión enfermiza por el control cerrado de ambos pilares informáticos, hardware y software, como en los productos MacIntosh. El carácter cerrado de los primeros productos de Apple parecía obedecer sobre todo a los caprichos de su consejero delegado y convertía los productos en caros y elitistas, propios de snobs y contrarios a  toda lógica de mercado. Sin embargo, con la proliferación de aparatitos adicionales, la visión de Jobs sobre los sistemas cerrados, el control de todos los productos y, sobre todo, su magnífica integración para el usuario, convirtieron los productos de Apple, uno tras otro, en hitos y revoluciones industriales.

Al igual que la interfaz arrancada a Xerox Parc, Apple no inventó el pequeñísimo disco duro sobre el que se montó el iPod, sino que compró el invento de los ingenieros de Toshiba que no sabían qué hacer con él, pisándole el terreno a la empresa de los Walkman, Sony, que tenía todos los departamentos e industrias abiertas para la transformación de la reproducción digital de música, pero no lo consiguió. Lo mismo ocurrió con la venta de música digital. Tiene cierta gracia recordar la sorna con la que el prestigioso semanario The Economist despachó la primera aventura de Apple en el mercado de los reproductores digitales de música, que desafiaba toda lógica económica: ¿quién iba a comprar el reproductor de Apple, cuando había otros en el mercado que, haciendo básicamente lo mismo, costaban diez veces menos?

La industria musical estaba desesperada con la proliferación del pirateo digital, que parecía ingobernable y no tener vuelta atrás y que iba a imposibilitar toda venta y comercialización legal de música. Pero apareció Jobs y embarcó, para sorpresa de propios y extraños, a las mayores discográficas del mundo en el gigantesco monopolio de la venta a través de iTunes. ¿Cómo? Consiguiendo que a la gente le sea más fácil y cómodo comprar la música que piratearla e integrándola con todo el sistema de ordenadores, reproductores y teléfonos que hacen mucho más fácil su gestión. Pero ¿cómo convencer a la gente de que pague la música? Con un razonamiento impecable para gente razonable como los americanos, pero que jamás podría haber calado de entrada en un país de chorizos como el nuestro. Si tardas una hora en bajarte gratis cuatro canciones de mala calidad y solo un par de minutos en comprarlas por unos pocos dólares, es que estás encantado de trabajar de pirata por menos del salario mínimo. Además, comprar no es robar.

El libro incluye infinidad de episodios y anécdotas del liderazgo empresarial de Jobs, que pueden interesar a quien tenga curiosidad por la cultura y el funcionamiento no solo de las empresas, sino también de otras organizaciones. Pero, en mi opinión, lo más fascinante es sin duda la apuesta constante y decidida por el diseño, la calidad y la visión frente al cálculo y los estudios de mercado. Steve Jobs ha proporcionado a la cultura empresarial, la gobernanza y el estilo corporativos un modelo y un referente realmente singular. No es el único gran personaje de esta industria ni su empresa la única en el mundo de la tecnología informática, pero es sin duda uno de sus santones más enérgicos y carismáticos. A mí me parece que puede servir de inspiración y referente en muchos otros ámbitos de la actividad institucional y de gestión.

Por cierto, no creo que yo hubiera llegado hasta el final de un libro tan largo y tan lejano, en principio, a mis intereses, si no fuera porque el ecosistema de Apple lo pone tan fácil. No tengo tiempo para leer algo así, pero sí para escucharlo, como quien escucha la radio, en ratos muertos: la ducha, el afeitado, el coche o el autobús. Nada más fácil que comprarlo por unas perras, descargarlo y escucharlo en cualquier cacharrito de Apple, sin perder el tiempo intentado piratearlo para ahorrarme esas cuatro perras que, eso sí, multiplicadas por mucha gente, hacen que un nuevo producto de Apple tenga un efecto no desdeñable en el PIB de los USA. Mejor para ellos.