Sprint final

LBNL

Queda menos de una semana para que votemos y no hay apenas nada claro en casi ningún sitio. La única certeza es que, salvo sorpresa mayúscula, serán muy pocas las plazas, incluyendo comunidades autonómas, no ya en las que algún partido alcance mayoría absoluta sino en las que la suma de dos partidos sea suficiente para gobernar. Y tampoco serán pocos los casos en los que, incluso la suma del primero y el segundo no será suficiente. Las encuestas son variadas pero coinciden en que los dos partidos tradicionales y los dos novedosos o emergentes se repartirán los cuatro primeros puestos a escasa distancia unos de otros, en general con Podemos y Ciudadanos disputándose el tercer puesto pero en algunos sitios desbordando al PP o al PSOE y quién sabe si no siendo el partido más votado en alguna lid de importancia como Barcelona o incluso Madrid donde Colau y Carmena amenazan con llegar a ser las más votadas.

Dejando de momento de lado las implicaciones para las elecciones generales de finales de año, dado que se verán afectadas sustancialmente por los pactos y coaliciones que se sucederán después de las elecciones municipales y autonómicas, parece evidente que la cultura política de nuestra democracia cambiará a partir del domingo. Gobernar pasará a ser una tarea consultiva, al estilo de lo que lo ha venido siendo en mucha mayor medida en el País Vasco o Cataluña, donde en general han sido cuatro o cinco los partidos con representación suficiente para ser tenidos en cuenta. La diferencia es que será así también sin eje nacionalista de por medio y, seguramente, que las distancias entre los cuatro serán menores de las que tradicionalmente se han dado entre PNV y Ezker Batua, por ejemplo, o CiU y PP en Cataluña.

Los defensores de la estabilidad esgrimen que el pactismo por necesidad puede fragilizar la acción de gobierno y apuntan a las dificultades que está teniendo Susana Díaz para ser investida como indicio de que nuestra democracia quizás no esté preparada. A la fuerza ahorcan, que diría el otro. En Bélgica se pasaron hace no tanto más de un año con un gobierno en funciones porque no eran capaces de llegar a un acuerdo de gobierno. En las siguientes elecciones generales, sin embargo, consiguieron formar gobierno en muy pocas semanas, sin que la relación de fuerzas hubiera variado significativamente por más que se alterara la prelación entre los partidos.

Tras el próximo domingo, los cabezas de lista más votados deberán sentarse con los de la número tres y cuatro a pactar no sólo la investidura sino un programa mínimo de gobierno. Es posible que en general Podemos y Ciudadanos se mantengan en sus trece de no entrar en coaliciones de gobierno, especialmente si no han conseguido quedar segundos tras PSOE o PP, respectivamente. Pero incluso si entran en el gobierno del Ayuntamiento o la Comunidad Autónoma de que se trate, lo harán a cambio de exigir que se aplique al menos una parte importante de sus respectivos programas. Hasta aquí todo normal, si bien a partir de ahora las coaliciones van a pasar a ser norma antes que excepción como hasta ahora. Y al menos uno de los socios habrá llegado hasta la coalición con credenciales de renovación y de poner fin a las componendas, que tendrá que materializar so pena de pagar un alto precio por no hacerlo. Sin embargo, subrayo de nuevo que lo más relevante es que en muchos sitios, la entente PP+Ciudadanos o la coalición PSOE+Podemos no sumará mayoría absoluta por lo que, necesitará incluir otros socios o, todavía mejor, gobernar teniendo en cuenta al menos a parte de la oposición.

Los más veteranos del lugar recordarán la pentitocracia italiana que gobernó Italia de forma sempiterna desde la segunda guerra mundial hasta que la corrupción hizo estallar el sistema por los aires en los años noventa. Es quizás el mejor ejemplo de que el gobierno plural, de varios, no garantiza nada en absoluto. Como tampoco el bipartidismo es la fuente de todos los males: veáse Gran Bretaña donde los sólidos usos democráticos se superponen tanto a mayorías absolutas como a cualquier delirio autocrático. Sin embargo, en un momento político como el que nos asuela, que nuestros partidos políticos se vean necesariamente abocados a compartir el poder, es algo muy sano, especialmente si han de hacerlo con quienes llegan precisamente habiendo prometido una mejora sustancial de la calidad democrática. Y todavía más si los recién llegados se quedan fuera del gobierno, dando su apoyo puntual condicionado a la discusión de las medidas concretas a aplicar. En general, cuanta más transparencia y diálogo previo, más eficacia y menos corrupción.

Ahora bien, no podemos hacer tabula rasa. Nuestra clase política presenta un nivel francamente mejorable, tanto en cuánto a ética como en lo que respecta a usos democráticos y eficacia de gobierno. Pero unos más que otros. Unos mucho más que otros, diría yo, después de cuatro años de gobierno del PP en prácticamente cada Comunidad Autónoma, gran Ayuntamiento y por supuesto el gobierno central. En 2011 el PP alcanzó la mayor cuota de poder central, autonómico y local que ningún partido hubiera alcanzado antes, por encima del poder al que llegó el PSOE en 1982-83. Y los resultados han sido pésimos. En todos los órdenes.

Prometieron crear empleo, no tocar las pensiones, bajar los impuestos… e hicieron todo lo contrario por más que en los últimos meses se haya recreado una parte del empleo destruido – de peor calidad (precario y peor pagado) – y se hayan retocado algunos impuestos. El PP admite que incumplió su palabra pero traslada la responsabilidad a la herencia de Zapatero, que era mucho peor de lo esperado. Falso. Los cuatro millones y medio de parados eran conocidos y el déficit público de dos dígitos también. La gravedad de la crisis económica era conocida y si bien Zapatero y los suyos podrían haberla gestionado mejor, no es de recibo hacerse el sorprendido. Mintieron durante la campaña de 2011 y no les han dolido prendas en hacer exáctamente lo mismo que hizo Zapatero: aplicar cualquier reforma que pudiera evitar un rescate financiero. Con la diferencia de que no consiguieron evitarlo: ahí están los casi cincuenta mil millones que hubo que aceptar para sobrellevar el rescate de las Cajas, especialmente CajaMadrid.

Lo que nos lleva a la otra cuestión: la corrupción. Corruptos hay en todos lados y en cualquier momento histórico pero es absolutamente inaceptable que tantos gobernantes del PP hayan robado tanto en tantos sitios a la vez. Ahora se pretende que el estallido de los innumerables casos de corrupción es un indicador de que las instituciones funcionan bien. Cierto, pero también funcionaban durante los ocho años de Gobierno Zapatero y no hubo ni ha habido después un sólo gobernante socialista encausado o condenado por llevárselo crudo. Además, pese a que los puristas dirán que robar es siempre robar y dan igual las circunstancias, al menos a mí me parece todavía más escandaloso que el atraco a mano armada en Madrid y Valencia, por poner sólo los ejemplos más flagrantes, haya coincidido en el tiempo con el ascenso imparable del número de hogares sin ningún ingreso, la escalada de la tasa de familias por debajo del umbral de la pobreza y el descenso a mínimos históricos del porcentaje de desempleados con cobertura de desempleo.

Mintieron y han robado, a espuertas. No todos pero demasiados. Han gobernado con puño de hierro, ejecutando reformas muy dolorosas pero sólo para los que menos tenían y menos les votaban. Se han vendido pisos de protección oficial por debajo de su precio de mercado y dejando fuera a los inquilinos que tenían derecho de compra, que ahora se ven amenazados de desahucio al primer retraso en el pago del alquiler. En otros lares los rescates bancarios se han visto acompañados de medidas contra los pésimos gestores que los quebraron. Aquí no: han sido los jueces los que han actuado contra Rato tras beneficiarse de una amnistía fiscal junto al ínclito Bárcenas, receptor de SMS de ánimo y finiquitos en diferido cuando ya era evidente – incluso si damos por buena la versión de que su gestión era clandestina en el partido – que era un corrupto.

El Secretario General del PSOE me merece poco crédito, no más que el aparato de Ferraz, y de seguro son legión los militantes y cargos del PP de buena voluntad, pero la gestión del PP merece una enmienda a la totalidad sin paliativos. La opinión pública coincide en gran parte con este diagnóstico, como demuestra el ascenso vertiginoso de Ciudadanos, un partido sin estructura nacional que ultima su programa en paralelo a la confección apresurada de listas. Podemos es muy bueno a la hora de denunciar pero sus propuestas no están todavía lo suficientemente estabilizadas como para saber a qué atenernos. IU sigue siendo el desastre habitual, amagando siempre con adaptarse al signo de los tiempos pero sin lograr nunca zafarse del yugo de la vieja guardia, especialmente en Madrid, pero no sólo. UPyD es perfecta en su ideario y yo me haría mañana mismo, si no fuera porque conozco personalmente a quienes la dirigen, cuyos defectos son ya tan visibles para todos que están abocados a la desaparición.

¿A quién votar pues? A candidatos que merezcan crédito personal, que tengan una trayectoria profesional y política acreditada y que propongan cosas sensatas antes que promesas incumplibles. En mi caso lo tengo claro desde hace muchas semanas, como plasmé aquí: Carmena para el Ayuntamiento de Madrid y Gabilondo para la Comunidad. Si residiera en Barcelona, Colau para el Ayuntamiento sin duda. Si viviera en Bilbao no tendría problemas para votar al fallecido Azcuna, que fue un gran Alcalde, lo que seguramente explica por qué el PNV promete ganar sólidamente. Eso sí, en ningún caso y en ningún sitio votaría al PP, incluso si la candidata o candidato es presentable política y éticamente. No es sectarismo sino la consecuencia de la convicción de que es imprescindible que el electorado sancione la pésima gestión política y democrática que llevamos padeciendo los últimos cuatro años.

Decía mi abuelo que el pueblo español nunca se había equivocado en democracia. Hace ya años que se fue así que no sé si habría mantenido su sentencia tras la victoria de Rajoy en 2011 pero seguramente sí, por deméritos del PSOE. De lo que estoy seguro es de que no la mantendría si en Madrid y Valencia, particularmente, el PP volviera a ser la opción más votada, salvo si es por escasas décimas por encima de otros tres partidos que superan el veinte por ciento. En tales casos, lo lógico sería que gobernase el segundo más votado con apoyo explícito o implícito tanto de Podemos como de Ciudadanos, en algunos casos con el primero de socio y el segundo de mosca cojonera y en otros al revés. Y en otros casos con el PSOE apoyando al segundo, ya sea Ciudadanos o Podemos.

No soy ingenuo. Parte de lo anterior es un ejercicio de wishful thinking, especialmente en algunos lares donde los caciques locales pondrán freno a las dinámicas renovadoras de la política nacional. Pero realmente no es tan trascendente que en Santoña, un suponer, renueve mayoría el PP con apoyo de Falange, o que lo haga en Marbella. Lo relevante es que el PP y CiU – otro antro de corrupción y falta de sensibilidad social – sean desalojados de sus bastiones y que los que les reemplacen tengan que hacerlo de forma compartida, para prevenir la posible repetición de los mismos males. Justamente anoche escuché a Gabilondo en el Chester predecir que estas elecciones no supondrán el fin del bi-partidismo sino del partidismo, es decir, el fin de la patrimonialización del gobierno y la administración por un sólo partido. Por si tenía alguna duda sobre a quién votar.

Y también le leí a Albert Rivera que no pactarán con el PP si no aceptan las primarias como método. Ojalá no se les olvide una vez pasadas las elecciones. Seguramente no será el caso porque hundirían sus posibilidades para las generales, en las que podrían perfectamente superar al PP, como se deduce del corrimiento acelerado de apoyos que sigue teniendo lugar en Andalucía tras las elecciones. Ciudadanos es centro derecha antes que centro izquierda, está claro. Pero también que España ganaría mucho si se convirtieran en la fuerza principal de la derecha española, ajenos a la corrupción institucional, radicales contra sus propios garbanzos negros y decididos a promover medidas sustanciales de regeneración democrática.

Ciudadanos, Podemos, PSOE, incluso IU cuando la o el candidato lo merezca, pero por favor, que a nadie se le olvide el calvario económico, institucional y ético de los últimos cuatro años a la hora de meter la papeleta en las urnas el próximo domingo.