Solipsistas, solitarios, solteros, solos

Sicilia 

Dice la Biblia “no es bueno que el hombre esté solo” -de la mujer no dice nada-, dice Lorca algo de “mi soledad sin descanso”, se dice aquello de “al fin solos”, o lo de “yo me entiendo y bailo solo”, o “mejor solo que mal acompañado” -esta frase deja al menos abierta la opción a acompañarse bien-. Se habla de la soledad como opción, como paraíso de libertades y se habla de la soledad como caldo de cultivo ideal para  rumiaciones, manías, depresiones y cosas peores.

El ser humano es social, nuestras identidades se conforman atendiendo al entorno, necesitamos a los demás aunque sea de vez en cuando, algunas veces los sufrimos -véanse atascos de tráfico, fiestas populares masivas o reuniones de vecinos-, y en muchas ocasiones, afortunadamente, también se disfruta de la compañía o de ver gente. ¿Qué tiene esta cosa con tan conspicuo doble filo? A ello desde la teoría y la praxis han dedicado mucho tiempo psicólogos, psiquiatras, sociólogos, médicos, filósofos, literatos, eremitas, fareros y serenos, por citar algunos ejemplos.

Desde el punto de vista de la economía pueden decirse también varias cosas en torno a este asunto. La microeconomía tiene una formulación muchas veces en términos estrictamente individuales, suponiendo que cada uno hacemos lo que hacemos atendiendo únicamente a nuestras preferencias y escogiendo lo que nos permiten las restricciones del entorno.

En este terreno, una de las contribuciones más vistosas y conocidas en su tiempo fue la de Gary Becker, premio Nobel en 1992. Según el enfoque de Becker, desde emparejarnos, trabajar fuera de casa o tener niños lo hacemos todo calculadora interna en mano. Siempre sale a cuenta no estar sólo aunque sea para compartir los gastos de tener un frigorífico o una tele para varios, en lugar de para uno. La soledad es cara; es, según este enfoque, un bien de lujo. Si esto mueve a perplejidad, deberían ver la manera que tiene dicho autor de tratar la discriminación por razón de sexo o raza en el mercado laboral. Arden las gradas a veces cuando se cuenta.

Por bien estructurado y provocador que resulte esta línea de pensamiento, y por mucho que le dé un aire a veces incluso de inquietante verosimilitud a procesos que se suponen deberían estar presididos por los más nobles sentimientos que hay en el ser humano, lo cierto es que ya los datos nos apuntan que son muchas otras las facetas u otros los caminos de eso que se llama “vivir solo”.

Lo primero es que se trata de un signo de los tiempos. En 1991 en nuestro país, los hogares formados por una sola persona eran un 13% del total. Diez años después, estos alcanzaban un 20%, y a la espera de lo que diga el censo de 2011, todo parece apuntar a que la trayectoria es ascendente. Sólo de 2005 a 2010, el porcentaje de hogares formados por un solo individuo podría haber aumentado 3 puntos porcentuales.

En la parte positiva puede hablarse de lo que se ha dado en llamar el fenómeno “single”, soltero en inglés. Suele hablarse de este segmento de población como más consumidor per cápita (a la fuerza, por aquello de una casa, una tele, un coche), como más demandante de bienes y servicios relacionados con el ocio y la cultura y, en resumen, como una veta a explotar y explorar por los expertos en marketing de las más diversas compañías. Son raritos, peculiares, diferentes y tienen interesantes manías.

En términos fiscales, este segmento de solteros, siempre y cuando tengan trabajo, constituyen un autentico tesoro. No cargas familiares y mucho consumo significa que se deduce poco del IRPF, hacen una demanda de servicios públicos menor (sobre todo de sanidad y educación) y pagan un buen pellizco de su renta en impuestos indirectos, y si encima fuman…

Probablemente si se hiciesen balanzas fiscales o se estimase su tipo medio tributario, saldría que son contribuyentes netos a las arcas públicas. Vivan pues los solipsistas, solteros y solteras de cartera suelta.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Mostrando todo lo que  tiene tras de sí la cifra de hogares formados por un solo miembro, salta enseguida a la vista que en torno a la mitad está conformado por personas no activas. Casi exclusivamente por personas mayores de 65 años. Llama la atención además la desigual conformación por sexos de los hogares individuales. Si hablamos de la población hasta los 65 años, la mayor parte de estos hogares los conforman hombres, pero a partir de los 65 años, los hogares habitados por mujeres solas triplican a los hogares habitados por hombres solos.

Dicho un poco a vuelapluma, si un hogar individual es de menos de 65, lo más probable es que lo ocupe un soltero, o divorciado; si un hogar individual es de más de 65 años lo más probable es que lo ocupe una viuda.

Viendo este aspecto de la “soledad”, la perspectiva es mucho menos festiva y halagüeña que en el caso de los “single”. Por cuestiones demográficas y de modo de vida las mujeres en ese segmento de edad, por media, han trabajado menos, cotizado menos y, por tanto, dependen de pensiones menores o incluso no contributivas. De ahí que cuando hablamos de indicadores de pobreza relativa, esto es, de cuánto porcentaje de la población está por debajo del 60% de la mediana de renta, encontremos que una parte importante de las personas que viven bajo este umbral son precisamente estas mujeres mayores.

La cara de estos indicadores de pobreza es, por un lado, hogares con hijos a cargo y un solo progenitor y, por otro, viudas que viven solas. Supervivientes  natas. No es necesario decir que el saldo fiscal de estos hogares no es previsiblemente tan halagüeño como en el caso del segmento de los alegres solteros. Ni falta que hace. Y son la mitad, la mitad de los hogares unipersonales son gente mayor. Vaya, aquí no hay mundo single, ni marketing, ni consumo masivo. Aquí hay demanda de servicios sociales, de sanidad, de dependencia. Aquí hay soledad como problema, y no como elección. Aquí hay sabor un poco amargo.

A la vista está que este paseo diletante por las cifras relacionadas con vivir solo o acompañado nos proporciona, como tantas otras veces, lo mismo que ya estaba en el acervo popular, o también lo mismo que nos proporciona el darle un par de vueltas a la cabeza al hecho de si vivir solo es bueno o malo.

A saber, que la soledad solo está bien cuando se elige; si no, es una autentica castaña. Es bueno que de vez en cuando, aplicando los instrumentos de la economía, oigamos cosas que nos podemos creer.