Solemnidad y discurso vacío

Millán Gómez

Alberto Núñez Feijóo ya es el nuevo presidente de la Xunta de Galicia. Fue investido con los votos favorables de los 38 diputados de su partido. Las dos formaciones de la oposición, PSdeG y BNG, optaron finalmente por votar en contra de la elección de Feijóo. Por lo tanto, la legislatura comienza sin la más mínima empatía entre Xunta y la oposición. No en vano, el portavoz del PSdeG y el del BNG fueron duros en sus respuestas al discurso del nuevo líder del ejecutivo autonómico conscientes de que fue el voto progresista el que les impidió reeditar el bipartito el pasado 1 de marzo.

 

En su discurso, Feijóo no propuso medidas concretas en aspectos básicos que necesita la sociedad española y gallega en este momento. No le hemos escuchado propuestas contundentes contra la crisis económica, ni contra el paro, ni contra el urbanismo, ni en muchas otras materias. Sus palabras fueron más propias de un discurso solemne con medidas abstractas para quedar bien pero sin profundizar sobre los problemas que tiene que afrontar el país en los próximos cuatro años. Eso sí, cuando fue interpelado sobre su pasado en la Xunta (porque él no se acuerda pero fue Vicepresidente de la Xunta) no respondió. De hecho, así se lo pidieron sus asesores cuando le entregaron unos folios donde le pedían textualmente que “no hiciese caso” a críticas en este sentido. Estas imágenes fueron retratadas por un diario gallego. Asimismo, esas fotos mostraban que el equipo de Feijóo pedía a éste que no respondiese a las preguntas que la oposición le formulaba sobre Agustín Hernández, diputado del PPdeG y que aparece en las quinielas como próximo Conselleiro de Obras Públicas. El tal Hernández ya ocupó el cargo de Director Xeral de Obras Públicas hasta la llegada del bipartito. Pues bien, adjudicó obras a una empresa de la que posteriormente pasó a formar parte. Casualidades de la vida, ya saben. En los últimos días del bipartito en funciones, Touriño le abrió un expediente por este motivo. Esta contundencia del ya ex – Presidente se le echó de menos durante la legislatura pasada. Parece que la derrota le ha despertado de la siesta. 

 

De las pocas cuestiones concretas de las que habló Feijóo fue la norma aprobada por el bipartito que impide construir a 500 metros del mar para evitar una marbellización del litoral. Según un informe publicado hace escasas fechas por el diario “El País”, esta medida tuvo consecuencias positivas pues, por ejemplo, Lugo es la provincia con menos litoral urbanizado de España. Pues bien, Feijóo, antes de ser investido, ya se reunió con constructores y les confirmó que iba a permitir edificar en aquellas zonas menos urbanizadas. En cambio, mantendrá la moratoria en lugares más masificados. Es decir, apoya crear un problema en zonas donde no lo hay y luego, cuando el conflicto esté servido, impedirá seguir por ese camino. Su decisión tiene una lógica apabullante.

  

En contra de lo que dijo Feijóo, Galicia sí está partida en dos. Las consecuencia de muchos años de gobierno conservador y de seis años de la izquierda en el poder (estos cuatro últimos más el tripartito de González Laxe entre 1987 y 1989) ha provocado que gobierno y oposición parezcan poco menos que irreconciliables. En los próximos años asistiremos a buen seguro a una unidad importante de las dos fuerzas de oposición, lo que volverá a escenificar una nueva alternativa a la Xunta. El discurso duro contra el PPdeG por parte del PSdeG y el BNG esta semana en el Parlamento de Galicia demuestra que son conscientes de los votos los han perdido por el flanco izquierdo de sus votantes, los mismos que no acudieron a las urnas el pasado 1 de marzo como una forma de denunciar el continuismo del bipartito en muchas medidas con respecto al fraguismo.

 

 Tanto el PSdeG como el BNG se encuentran inmersos en un proceso de renovación. A día de hoy no han elegido quién va a dirigir los designios de ambos partidos. Entre ambas formaciones, quien mejor ha reaccionado ha sido el PSdeG. Apenas un par de días después de la dimisión de Touriño, el cabeza de lista en las últimas autonómicas por la provincia de Ourense y ex – Conselleiro de Medio Ambiente, Pachi Vázquez, apareció como el principal y quizás único candidato a liderar a los socialistas gallegos. Su carisma en la provincia y su capacidad para hacer frente al presidente de la Deputación de Ourense, Xosé Luís Baltar, le fortalecen de cara al Congreso del próximo sábado en Pontevedra donde se confirmará quién relevará a Touriño al frente del PSdeG. A pesar de que Vázquez aún no sea el líder oficial del partido sí que cubrió el vacío mediático en el poder e impidió que los socialistas realizaran una travesía por el desierto excesivamente larga. En estos momentos, no hay ninguna candidata alternativa a Vázquez pero se baraja el nombre de Gonzalo Caballero, sobrino del alcalde de Vigo y ex – Ministro, Abel Caballero, quien incluso se ha enfrentado a su tío. Normal que luego diga el PP que la izquierda rompe el modelo tradicional de familia. Normal.

 

 El portavoz parlamentario del PSdeG para la próxima legislatura sí está confirmado. Se trata del anterior viceportavoz socialista en el Parlamento de Galicia, Xaquín Fernández Leiceaga. Cuenta con el apoyo mayoritario del partido y su capacidad política y de oratoria está más que demostrada. Además, Leiceaga militó en el BNG hasta 2003 lo que supone implícitamente que el PSdeG continúa apostando por ir de la mano del BNG para volver a la Xunta. Ya dijo Pachi Vázquez que “quien no considera que la alternativa es con el BNG tiene un problema”.

 

 Por su parte, en el BNG todo está en el aire. Lo único que se sabe es que el portavoz parlamentario Carlos Aymerich repetirá en su cargo. Aymerich es además uno de los tres candidatos a Portavoz Nacional del partido. La elección a este cargo se dirimirá el próximo 10 de mayo, mientras que el candidato a la Xunta se confirmará el próximo año. Los nacionalistas están actuando con una tranquilidad un tanto desconcertante porque, utilizando el argot deportivo, parece que están por delante en el marcador.

 

 Actualmente existen tres candidatos: el propio Aymerich representando a los llamados “Quintanistas” y que cuenta con el apoyo de numerosos cargos públicos del partido; la lista de la UPG, fuerza hegemónica del partido, está encabezada por Guillerme Vázquez, ex – diputado en el Congreso y actual Concelleiro de Seguridade en Pontevedra; y, en tercer lugar, existe una lista donde se encuentran representadas varias formaciones dentro del partido lideradas por “Encontro Irmandiño” de Xosé Manuel Beiras y que cuenta con el apoyo de “Esquerda Nacionalista” y el carismático Camilo Nogueira. Podemos decir, pues, que las dos primeras opciones representan el BNG oficial, mientras que la tercera en discordia es, tal y como ellos mismos se autocalifican, “el BNG que no está representado en el Parlamento”.

  

Aymerich es un gran orador y un político bastante válido. El problema que tiene es que quien corta el bacalao son los comunistas de la UPG liderados por Francisco Rodríguez. Según apuntan desde el propio partido, una entente entre la UPG y los “Quintanistas” es lo más probable. Esto supondría que el fantasma de la escisión volvería a hacer acto de presencia, muy especialmente por parte de la facción de quien llevó al nacionalismo de la total invisibilidad política hasta colocarla como la principal alternativa al fraguismo, Xosé Manuel Beiras. Pero con la UPG hemos topado y el sentido de la democracia de “U” deja mucho que desear. En caso de que la UPG se hubiese escindido estaríamos hablando de otro BNG. Seguro.

 

 Nos encontramos, por lo tanto, ante una situación política sumamente complicada. Resulta complicado barruntar posibles acuerdos entre Xunta y oposición ahora mismo. Un esfuerzo de las tres partes por aunar esfuerzos es más que necesaria. Feijóo tiene ante sí la oportunidad de mejorar los problemas de los gallegos y ojalá que haga realidad su deseo de “no retomar el pasado y deshacer lo que hicieron bien sus predecesores”. Que así sea. La solemnidad y las ambigüedades tienen que dejarse a un lado y dedicarse a gobernar convirtiendo las promesas en realidades.