Sobre “mi cuerpo es mío”

Alberto Penadés

Leo hoy una encuesta de GAD3 publicada en ABC sobre el asunto del aborto y parece un buen momento para pensar en algunas cosas del repertorio de argumentos que se han escuchado en estos días. Dejando aparte la muy ridícula forma que tiene de titular el ABC (“la mitad de los votantes socialistas no respaldan la ley de plazos de Zapatero”) la cuestión no es trivial. Lo que se pregunta  en la encuesta es por la preferencia entre “una ley del aborto que busque el equilibrio entre los derechos de la mujer y los del no nacido” y “una ley de plazos sin ninguna limitación”. Ante esto,  solo la mitad de los votantes socialistas (y algo menos de un cuarto de los votantes del PP) defienden una ley de plazos “sin limitación”. La falta de límites frente al equilibrio de derechos.  Entre 2002 y 2008 el CIS preguntaba, en encuestas a jóvenes menores de 30 años, si en el aborto debía decidir únicamente la mujer interesada o la sociedad podía imponer límites; visto de este modo,  entre el 55 y el 60% rechazaban los límites. Cómo se pregunte siempre es importante, aquí tal vez más. Es un hecho fácilmente comprobable que nuestras intuiciones morales varían en este asunto dependiendo de los supuestos en los que pensemos, como en cualquier decisión difícil. La última vez que se preguntó en el CIS (2008), el doble de personas lo consideraban correcto si había riesgo de malformación de cuantas lo consideraban correcto en caso de penurias económicas. Es lógico y, a partir de ahí, es fácil formular preguntas para que parezca que los españoles prefieren una ley de supuestos, como es fácil formular preguntas para que parezca lo contrario. Que algunos medios de opinión conservadores celebren una ley de supuestos frente a una de plazos a mí me choca, pero bueno (típicamente, una ley de supuestos permite abortar, en algunas condiciones, en plazos muy avanzados, algo que personalmente me produce mucho rechazo).

Pero voy a lo que voy. En este asunto me parecen defendibles  las dudas y una posición escéptica ante los razonamientos claros y tajantes.  Por si acaso, digo ya que defiendo una ley de plazos, como la que hay, por esa misma razón, porque no sé juzgar bien las circunstancias y lo correcto en cada caso.

La idea de registrar el cuerpo como propiedad privada, una ocurrencia de una artista, o el lema de “en mi coño mando yo” como argumento relevante, a mí me resultan simplemente extravagantes. El cuerpo como propiedad tiene cierta tradición intelectual “de derechas”; algunos, yendo hacia atrás hasta John Locke, lo consideran la primera propiedad a partir de la cual se justifica la propiedad privada de lo que hago con mi cuerpo (el producto de mi trabajo). Esta línea la hizo célebre John Nozick, el  famoso “anarquista de derechas”. Pero me parece un sinsentido, tanto para argumentar sobre la propiedad privada como sobre el aborto.

Hacemos poco caso a un consejo muy sencillo de John Rawls en cuestiones de filosofía moral y política: formular lo que él llamaba juicios reflexivos. Estos juicios se mueven desde los principios a las consecuencias, exploran las que se siguen, revisan entonces el juicio si no de éste se siguen consecuencias poco atractivas, pero si me lleva a modificar demasiado algunos juicios básicos vuelvo entonces a las consecuencias y trato de ver si puedo cambiar mi punto de vista sobre las mismas, y así sucesivamente. En realidad esto es una descripción aproximada del sano juicio moral, que debería estar  en conversación con otros juicios, representados a menudo por otras personas de nuestro entorno si tenemos la suerte de tener interlocutores, o por nuestra capacidad de razonamiento en su defecto.

Sin embargo, en este asunto es fácil encontrar juicios muy poco reflexivos. Por supuesto entre los antiabortistas, donde el apoyo en dogmas religiosos hace que esto sea de esperar, pero también entre quienes no lo son.  Así, es fácil que en el mismo entorno intelectual se defienda que el aborto es un derecho irrestricto de la mujer, que el feto no tiene derechos, que es parte de su cuerpo, etc., y al mismo tiempo indignarse ante el  “feminicidio” que resulta del aborto selectivo en algunas partes del mundo, notablemente en China y la India.  Igualmente, se defiende la auto-propiedad del cuerpo de las niñas de 16 años cuando se trata de abortar, pero se cuestiona cuando se trata de ponerse prótesis mamarias (típicamente, en el primer caso se habla de mujeres y en el segundo de niñas, a edad igual).  Este tipo de disonancias para mí no se diferencian mucho de quienes defienden que un cigoto es un ser humano con alma pero no aprecian la necesidad de darle sepultura en Sagrado cuando “muere”.  Tener una idea demasiado clara del asunto a veces te lleva a tener que juzgar otros asuntos de una forma muy extraña. En mi opinión, es mejor entonces revisar algunos juicios y estar menos seguro de lo que decimos para poder así acomodar de forma coherente nuestras intuiciones.

En mi opinión, por eso, se haría un mejor servicio al bienestar de las mujeres, y a la posibilidad de que interrumpan sus embarazos en condiciones previsibles y aceptadas por todos (o casi), si nos dejáramos de astracanadas y reconociéramos que es precisamente por la dificultad del caso por lo que queremos una ley de plazos, más bien que de supuestos (y “expertos”) que juzguen casos.

Estoy seguro de que muchos pensarán que el hecho de que el, por otra parte, modernísimo viejito que preside el Uruguay se manifieste “contrario” al aborto puede explicarse por razones de edad, sexo y cultura. A mí me parece una persona sincera que dice que considera que el aborto es legítimo como un mal menor que el que se trata de evitar, porque no regularlo conllevaría mucho sufrimiento.  ¿Por qué tendría este hombre que convencerse  de que el aborto es un derecho derivado del control del propio cuerpo? De  ahí se siguen tantas cosas raras que prefiero mil veces su sentido común.