Sobre los castigos a los más pequeños

Alfonso Salmerón

¿Puedo hacerle una consulta sobre mi hijo? Verá, es muy desobediente y rebelde y resulta, que cuando más lo castigo, menos caso me hace. Ya no sé qué hacer. Nos tiene desesperados. ¿Qué edad tiene su hijo? Acaba de cumplir tres años y es un buen nene, pero a veces es insoportable. Lo enviamos al cuarto de pensar, pero ni por esas.

De esta manera podría empezar una de las muchas consultas que hacen los padres que acuden a diario a nuestra consulta. Preguntas acerca de cómo actuar ante la conducta rebelde de sus hijos, especialmente en edades comprendidas entre los tres y los cuatro años aproximadamente.

Normalmente, intento no dar consejos de una manera directa. Al menos, en un principio. Siento decirlo así, pero yo no tengo la varita mágica, como tampoco existe un manual universal para todos los niños. Yo sólo puedo ayudarles a pensar, a comprender mejor a su hijo, a que éste le entienda a usted, a que se comprendan y tengan una relación rica y provechosa para el desarrollo emocional de su hijo y a lo largo de la vida, que les haga sentirse dichosos como padres y cuidadores.

Si superan esa frustración (algunos, se despiden educadamente tras la primera sesión para seguir buscando por esos mundos cibernéticos el santo grial de la educación perfecta) empezamos a hablar y a crear un clima de confianza que permite ampliar espacio mental en unos padres angustiados, que se sienten inseguros y cuestionados a la hora de educarlo.

¡Qué difícil es ser padres hoy! Seguramente lo ha sido siempre, pero hoy sin duda, también lo es, y de manera diferente. La falta de tiempo para estar con los hijos, las exigencias de un mercado laboral cada vez más exigente, la nebulosa de incertidumbre en el futuro, la inestabilidad de unos modelos culturales líquidos, inestables y variables, entre otras muchas causas, han provocado el derrumbe de un sistema más o menos estable, que más o menos funcionaba, de generación en generación durante años, con gran variabilidad ideológica y cultural pero con el denominador común de la experiencia transmitida de padres a hijos.

Como contrapartida a un estilo de vida que no deja lugar para reflexión, en la consulta intentamos crear un espacio para las palabras y los silencios en el que nos encontremos, los padres, sus hijos y el terapeuta para colaborar juntos en el abordaje del problema. Lo que les propongo a los padres, es de hecho, que establezcamos una relación, a partir de la cual, poder pensar acerca de su hijo.

Una relación de intercambio mutuo, que nos ayude a plantear hipótesis y permita acercarnos a la comprensión de lo que le sucede a sus hijos en el que el terapeuta aporta conocimiento teórico sobre del desarrollo infantil, y la familia sus experiencias y vivencias concretas de cada día.

Y a partir de ahí, anclados en el aquí y el ahora de la relación terapéutica, vamos a tratar de encontrar un significado a su comportamiento. Antes de actuar, que sin duda habrá que actuar, vamos a tratar de comprender que nos está diciendo el niño o la niña con su comportamiento.

Todo eso está muy bien, nos dirá el padre o la madre angustiado, o la maestra o maestro desesperados que lo han intentado casi todo parta tratar de conseguir que nuestro protagonista les haga caso. Pero, le repito la pregunta, ¿Debo castigar al niño?

Bien, es cierto, admito que puede parecer que me voy por las ramas. Voy a tratar de ser más precios.Para empezar, hay que tener cuidado con las palabras. Las palabras son armas muy poderosas que utilizadas de manera incorrecta pueden hacer mucho daño. En ese sentido, la primera acepción del término castigo para el Diccionario de la Lengua de la RAE, dice:

“castigo :- Pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta”.

Estoy convencido de que cuando nuestros padres castigan a sus hijos, o los profesores a sus alumnos, no lo hacen en el sentido de imponer una pena por un delito cometido, si no bajo la creencia de que el castigo va a ayudar a su hijo o a su alumno a enmendar o corregir su acción inadecuada.

Por tanto, ateniéndonos al significado exacto de la palabra castigo, mi respuesta ahora es más clara: no, en absoluto soy partidario de castigar, esto es, de imponer una pena a nuestros hijos o alumnos, entre otras cosas porque nuestros hijos no cometen delitos ni faltas, nuestros hijos hacen lo que pueden y saben para transmitirnos lo que necesitan y dependen absolutamente de nosotros.(recordemos que estamos hablando de niños entre 3 y 4 años)

Ahora bien, que no esté de acuerdo con los castigos, no quiere decir que no se deban poner límites. Más bien, todo lo contrario. El límite, la contención, el establecimiento de un espacio. por definición, es algo absolutamente necesario para el desarrollo psicosocial del niño, y su ausencia es causa segura de enfermedad. No hay nada que desasosiegue tanto a un niño pequeño, como la falta de límites. La falta de límites llevada al extremo es, si me apuran, una modalidad de maltrato infantil.

Dicho de otra manera, para que a lo largo de su desarrollo, el niño pueda internalizar la noción de límite, es absolutamente imprescindible que esos límites hayan sido establecidos previamente y desde edades muy temprana por sus cuidadores. Llevado a la expresión más temprana, el establecimiento de unos hábitos regulares de cuidado, alimentación y sueño es la primera expresión de límite en el sentido de delimitar la experiencia vivida, darle un canal para la expresión de la necesidad y proveer de una respuesta adecuada y precisa a la misma.

Es algo en lo que no puedo detenerme en exceso aquí, pero del que hay sobrada literatura al respecto. Lo que quiero decir es que educar, en el sentido de acompañar a los pequeños de la tribu a lo largo de su desarrollo en ese tránsito maravilloso desde la más absoluta dependencia a las más cotas de autonomía personal más elevadas que es la vida, conlleva el establecimiento de límites. Esto es, acotar la realidad para hacerla digerible y asumible por el niño, dando las explicaciones oportunas que éste pueda asumir según su edad. Pero eso, nada tiene que ver con el castigo. Decirle que NO a un niño, cuando ese no tiene una función protectora para su propio desarrollo, un NO transmitido con determinación y seguridad pero con todo el cariño y con el tono de voz adecuado, no es castigarlo, ni mucho menos. El castigo es la respuesta desmesuradamente enfadada de los padres, subsiguiente a la insistencia del niño en salirse con la suya.

La gran dificultad de padres y cuidadores estriba en transmitir ese no con afecto sin entrar en el bucle que en no pocas ocasiones genera el enfado del niño. Que el niño se enfade es completamente comprensible. Él no puede comprender que aquellas personas a las que más quiere y de las que depende completamente le denieguen algo que anhelan y desean fervientemente, ya sea un juguete, una chuche o dormir con su mami. No están cognitivamente preparados para comprenderlo todavía. Que los padres, lo hagamos, de manera desmesurada, no. Los padres y educadores no podemos responder de manera furiosa a la furia que nos dirigen los niños.

Porque si hay algo que todavía desorienta más ese niño, hasta hacerlo entrar en ese bucle diabólico, es el enfado airado y furioso de sus padres No sólo no quieren darme lo que tanto deseo, podría estar pensando el niño, sino que además me quitan lo más necesito del mundo que es su amor.

Sin embargo, que fácil es decirlo y qué difícil hacerlo, sobretodo en esas edades tempranas. ¿Por qué nos enfadamos los padres y cuidadores? Fundamentalmente, porque no comprendemos, la espiral de ansiedad de ese momento, la rabia y la violencia con la que nuestro pequeño o pequeña nos ataca y dirige a nosotros nos aturde completamente. Nos sentimos tocados. Cuestionados como padres y adultos. Desafiados, e incluso retados, según la historia personal de cada uno de nosotros, y la mayor o menor psicopatología que arrastremos.

Ante eso, la pausa y el pensamiento. La empatía y la comprensión. Ponernos en la piel del pequeño, dejar nuestra rabia y nuestro enfado provocado por los avatares de un vivir extenuante para otro momento y lugar. No hay varitas mágicas. Desconfíen de los consejos todo a cien y las recetas universales. No existen. Su hijo y su hija son únicos. Sólo el ejercicio de amar y pensar, de tratar comprender y comprendernos les va a ayudar. Sólo el hábito de pensar en lo mejor para el otro antes de actuar sirve. La paciencia. Equivocarse muchas veces, tantas como sean necesarias. Escucharlos, dejarnos enseñar por esas pequeñas criaturas e intentar hacerlo cada día un poquito mejor. Dejar a un lado, el orgullo y la vergüenza, el amor propio y saldar las cuentas pendientes con nosotros mismos. Y escucharnos, escuchar al niño y la niña que todavía habita dentro de nosotros para que nos ayude a entendernos con nuestros hijos.

Nadie dijo que fuera fácil, pero sin duda, merece la pena intentarlo.