Sobre la autoridad

Lope Agirre

Algo grave está pasando en este país, cuando los profesores piden, hasta desgañitarse, que se les considere “autoridad pública”, algo que Esperanza Aguirre les ha concedido en su predio-corte-cortijo de Madrid. Si ahora piden autoridad es que consideran que no la tienen, y si no la tienen ahora es que alguna vez la tuvieron y la perdieron. La pregunta es: “¿Qué sucedió, para que perdieran la autoridad?”.

Creo, sinceramente, que la respuesta no es sencilla. Antes, cuando Franco mandaba, los maestros tenían, además de autoridad, que es algo que corresponde a quien tiene la función social de enseñar, poder, mucho poder, y una vara para demostrarlo. Los buenos maestros no necesitaban pegar. La autoridad que, como un aura, desplegaban sobre sus alumnos era como una luz paralizante y atrayente. Recuerdo a los muchos buenos maestros que hemos tenido los Agirres, con cariño. Nos pasábamos horas viéndoles hablar y gesticular. Ser buen maestro no es fácil. Hace falta algo más que ciencia. Algo más tenían, claro, los buenos maestros que recuerdo. Y si los recuerdo es porque ese algo más me confiaron. Recuerdo que don Antonio Machado recordaba al maestro don Francisco Giner de los Ríos:

           “Su corazón repose

           bajo una encina casta,

           en tierra de tomillos, donde juegan

           mariposas doradas…”

Machado fue profesor. León Felipe, también. Es necesario mirar hacia atrás y contemplar, sin nostalgia, todo lo que aquella generación de perdedores a la postre, hizo en favor de la cultura y de la política, concebida como ejercicio humano, participativo y democrático. La cultura humanizó la política, y, ésta, atrajo a la cultura a la calle y a los mercados, la hizo descender de su pedestal, y las ideas tomaron tierra y se mancharon.

Los malos maestros pegaban y castigaban, igual que los malos padres, igual que los malos maridos, novios, amantes, igual que los malos policías. Hace poco leí en una novela de género que un buen policía es aquel que no necesita pegar, ni torturar, ni violentar situaciones para conseguir lo que quiere, la confesión del crimen. Si la policía pega y la gente, el público, no sólo se alegra, sino que pide un poco más, es que nos hemos acostumbrado a la violencia, como medio para conseguir los fines. Pero hablar de la violencia es hablar de la realidad. Otra cosa es regodearse con el espectáculo de la violencia, como sucede en muchos programas de televisión. En tiempos de Franco la violencia estaba institucionalizada y bendecida. Si uno iba a casa diciendo que el profesor le había pegado, era probable que recibiera de nuevo “jarabe de palo”, como se le llamaba. A veces era el padre el que iba adonde el profesor y le decía, como excusándose. “A mi hijo le puede pegar, seguro que lo tendrá merecido”. Ahora los profesores se quejan de que los alumnos les pegan, les insultan, les hacen la vida imposible. Y si van a quejarse a los padres, ellos son los primeros en defender a los hijos. “Algo habrá hecho usted, señor profesor”. A veces, hay también quejas en ese aspecto, son los padres los que golpean al profesor, “para que aprenda”.

Una vez, el Agirre de aqueste blog, fue a un instituto, perdido en tierras fronterizas, a dar una charla sobre Gabriel Aresti, maestro de poetas. A los alumnos, la verdad sea dicha, les interesaban más las tribulaciones del club de fútbol local, que las verdades del poeta. La charla, por tanto, resultó un auténtico desastre, desde el punto de vista comunicativo. Como un profesor les afeara su conducta, con el argumento de que había que respetar a quien venía de fuera, para enseñarles algo que ellos desconocían, uno de ellos, el líder supongo, respondió que los profesores, y también los poetas, vivían gracias a los impuestos que pagaban sus padres, por los que éramos sus asalariados, y mejor haríamos en callarnos la boca. Era la primera vez que escuché dicho argumento, pero no ha sido la última. He visto padres airados afear la conducta de buenos profesores, por haberse atrevido a suspender a sus hijos, con el siguiente argumento: “A usted le pago yo, por eso hará  lo que le diga”. Para dichos padres el oficio de profesor, uno de los oficios que mayor responsabilidad conlleva, queda degradado al de criado, siervo de la gleba. Las sociedades capitalistas postmodernas crean dichos engendros, el concepto de ciudadano se trastoca y se convierte en el de cliente. Y el cliente tiene razón, siempre, aunque nada sepa sobre pedagogía.

El problema es más grave de lo que parece. Entra dentro del conflicto que enfrenta a lo público y a lo privado dentro de las sociedades actuales. Porque, según los datos, cuando se habla de problemas de autoridad nos estamos refiriendo a los que existen en la escuela pública, no en la privada. El servicio público es un servicio universal, y no particular; es un servicio dirigido a todos, sin distinciones. En el ámbito privado, la autoridad se ejercita y se hace valer de otro modo. Tiene también que ver con el concepto de ciudadanía, o con su defecto. En este blog se ha escrito, atinadamente, sobre el tema. Tiene que ver con la transición de una sociedad pobre y limitada en recursos a otra opulenta. Ha llegado antes el dinero que la educación, y eso se nota, vaya. Nos hemos metidos de hoz y coz en la sociedad de consumo, sin ponernos a pensar que la educación no es un objeto de consumo, que es algo más.

Pero también creo que los propios educadores han hecho dejación de su autoridad, y utilizo el término no en el sentido fáctico, sino simbólico. Y creo que desde el poder se ha apoyado esa dejación. La prueba es que la figura del médico no ha perdido ni un ápice su autoridad, ni su prestigio. Pero claro un médico es un médico, cuida de los cuerpos. Y un profesor cuida de las almas. Pero, ¿a quién le importa?

Sin embargo sólo la educación puede hacer ciudadanos capaces de intervenir e impulsar políticas más justas y más solidarias. Y quien lleva, por ahora, la antorcha de la educación es el profesor.