Sobre la amistad en tiempos de incertidumbre

Lope Agirre

La historia de Isaak Babel, autor de Caballería Roja, ilustra de alguna manera la verdadera naturaleza del régimen soviético. Poco después de publicar el citado libro, los defensores del orden, en la literatura lo tacharon de ser “un libro insultante contra el glorioso Ejercito Rojo”. Tan sólo Máximo Gorky salió en defensa de Babel. Los demás, incluso los que pasaban por ser íntimos, miraron a otro lado, asintieron y callaron, aunque no fuera en ese orden. Babel, asimismo, enmudeció. “He inventado un género nuevo, el silencio”, escribió, presintiendo quizá, que el silencio es lo que queda, tras el peso de los seres sobre la tierra. En mayo de 1939 fue hecho preso. Luego se supo que la orden de arresto se redactó treinta y cinco días más tarde. Al año siguiente fue juzgado. El juicio duró veinte minutos. Durante la misma el autor confesó que había cometido crímenes contra el estado soviético, que había tenido contactos con enemigos troskistas, que supo de un complot en contra de Stalin, pero que no lo denunció. También denunció, en un alarde dignidad, que era falso todo lo que había confesado. Lo fusilaron la misma noche, en el patio de la Lubianka. Su mujer se enteró quince años después del suceso.

 

La muerte no es lo más grave en esta historia. Lo peor es el olvido, la situación de abandono, la inquina, el desprecio que se extiende sobre los ejecutados, la desafección de los amigos. La acusación de que Babel se había puesto en contacto con agentes troskistas hunde sus raíces en esa charca. Babel era muy amigo de A. K. Voronsky, crítico literario. Fue acusado de “agente troskista” y deportado. Babel fue de las pocas personas que lo ayudaron, consolaron y visitaron.

 

El destino del poeta Osip Mandelstam parece que transcurre por una vía paralela. El 13 de mayo de 1934, unos agentes de policía, se presentaron en su apartamento y, tras, romper armarios, abrir cajones, y extender su contenido por el suelo, buscaron entre los papeles un poema que había dedicado a Stalin. Lo curioso y llamativo del caso es que dicho poema lo había leído ante un pequeño grupo de amigos.

 

Isaiah Berlin, en sus Impresiones personales, cuenta que, un mes después de la detención de Mandelstam, fue el propio Stalin quien llamó por teléfono a Boris Pasternak, para preguntarle si estaba presente cuando se leyó el poema. Stalin sabía de antemano los nombres de los participantes en la velada poética. Pasternak sabía que Stalin lo sabía, por lo que intentó eludir la respuesta y comenzó a halagar a su interlocutor. Stalin conocía a Pasternak, sabía de sus dotes como orador, por lo que lo interrumpió en seguida. Preguntó entonces si Mandelstam era un maestro: Pasternak intentó eludir de nuevo la respuesta, y se adentró en consideraciones metafísicas. Dudó sobre la respuesta oportuna en aquel momento, sobre la naturaleza de las palabras que podían acusarlo o, también, liberarlo de toda responsabilidad pasada y futura. Stalin no se dejó enredar por las meditaciones dubitativas y cartesianas de Pasternak. Volvió a preguntarle si había estado presente o no cuando Mandelstam recitó su poema, y Pasternak calló. “Si yo hubiera sido amigo de Mandelstam, lo habría defendido mejor”, dijo Stalin, y colgó el receptor.

 

Mandelstam murió en un campo de trabajo, cerca de Kolyma, de hambre, según testigos. Su viuda, Nadezda Mandelstam, en el libro titulado Contra toda esperanza, se lamenta del silencio que los envolvió desde el momento en que sus vidas dejaron de pertenecerles, desde que fueron señalados como “enemigos” y condenados. La primera señal, cuenta Nadezda, fue que el teléfono dejó de sonar; la segunda, que los amigos cambiaban de acera para no verse obligados a saludar; la tercera, que los fueron echando de todas partes.

 

A estas alturas dudo mucho que Stalin hubiera defendido a Mandelstam mejor de lo que hizo Pasternak. Muchos amigos suyos fueron abandonados a su suerte o deportados y asesinados. Escribe Milan Kundera en Un encuentro: “Lo que más me llamó la atención en los grandes procesos de Stalin es la fría aprobación con la que los hombres de Estado comunistas aceptaban la condena a muerte de sus amigos”.

 

No era amistad, por supuesto. La verdadera amistad no está sometida al albur de la ideología, ni se rompe o resiente por desavenencias políticas. Sin embargo, amigos que fueron dejan de serlo. Quizá hay en el ser una pulsión terrible y destructora, que nos obliga a hacer lo contrario de lo que queremos hacer, o, sabiendo lo que es bueno, nos obliga a aceptar lo malo, con la excusa de la necesidad.