Sobre héroes y deudas

Lope Agirre  El oficio de corresponsal da para mucho, sobre todo si se posee buena memoria, algo que no está al alcance de todos los seres, ni a merced de todas las edades. Uno hace el esfuerzo de atraerse la memoria, pero la memoria se ejercita en alejarse y a veces lo consigue y a veces no. Aquel corresponsal que estuvo en París recordaba perfectamente el momento en que Emilio Romero, periodista o lo que fuere, se encontró con Cipriano Mera en una tugurio de Montparnasse. Mera que había dirigido una división de ejército en la guerra civil española trabajaba de albañil, como otros compatriotas. El corresponsal cuenta que Emilio Romero, reconociendo al viejo anarquista, le dijo: –Usted, señor Mera, que ha sido general, podría vivir honorablemente con una pensión digna sin tener que trabajar de albañil.
– ¿Y la conciencia, qué? –debió de responder Mera, que yo no estaba allí para confirmarlo.
 Cipriano Mera vivió humildemente hasta el final de sus días. Era, sigue siendo, un héroe, pero no sabía que lo fuese, porque durante toda su vida actuó según le dictaba su conciencia, sin buscar otro regalo añadido que la propia satisfacción del deber cumplido. Hay quien tiene conciencia y quien no; hay quien la usa y quien, por no usarla, la tiene limpia e inmaculada. Es lo que tiene la conciencia, que se mancha enseguida. Cuesta lavarla y, aun tratándola con mucho alcohol, sale la suciedad que delata el maltrato dado. Hay buenas y malas conciencias, de primera y de segunda mano, compradas en no se qué bazar o rastro. En fin. Hay también conciencias que se alquilan, dependiendo de la ocasión.  Ser héroe, en la actualidad, no es algo que nadie escoja, ni que se  aprenda en la escuela, sino más bien uno es escogido para ello, por las circunstancias o por otros estímulos. No tiene esa aureola mítica de la Antigüedad, cuando los héroes eran menos que dioses y más que simples humanos; ni ese sesgo romántico del artista que desea serlo, por lo que su elección es deliberada y estética fundamentalmente; ni ese sello pragmático del héroe realista que lo invierte todo en la bolsa de valores, incluyendo su vida o la de los demás. Los héroes modernos aparecen en momentos intensos, dramáticos y extremos y dan lo que nadie espera que den, hasta la vida si es preciso. Este héroe no es completamente consciente de sus actos. Si lo fuese no sería héroe. Sería otra cosa. El héroe es un fantasma, la proyección de las frustraciones de los demás, debido a la inanidad de la vida, a la cobardía, al cálculo, al qué más da. El héroe actúa porque esa es su convicción, pero siempre lo hace en el sentido que le señala la sociedad. Si actuara sin pensar en los demás, sólo en sí, tampoco sería héroe, o lo sería de otra forma. La literatura norteamericana nos trae ejemplos de estos seres solitarios e individualistas, un tanto crepusculares, que no aceptan su destino y se rebelan, no para redimirse o para cambiar la sociedad que los rodea, sino por puro instinto de supervivencia. Son los outsiders. Son marginados y lo saben. A algunos los redime la muerte; a otros, el olvido. La poesía postmoderna está llena de héroes que se sienten derrotados sin haber jamás presentado batalla, náufragos sin haberse hecho a la mar océano. Narcisismo puro, vacuidad elevada a categoría literaria, escritura sin vida. La nada estulta, estulticia de la nada. La sociedad admira a los héroes, no porque sean el ejemplo a seguir, sino porque le señalan las fronteras de la humanidad, sus límites, sus luces y sombras. Gracián señalaba las tres características del héroe: santo, sano y sabio. Traducido a nuestra época; el poeta, el atleta y el filósofo, aunque sea sofista, o sopista, que vive en el sofá y de la sopa boba. Los héroes son seres extraordinarios en una sociedad donde lo ordinario es ley y costumbre cotidiana; seres abnegados y sacrificados en un mundo donde el sacrificio es siempre ajeno o imaginario, como el llanto, donde el esfuerzo no se valora y la sabiduría no tiene peso.  Si el héroe comienza a pedir o a exigir el pago por su sacrificio, dedicación y abnegación, entonces los representantes de la sociedad sonríen, se frotan las manos y lo aceptan. Saben que las deudas hacia los héroes no se pueden pagar, por ser actos gratuitos, pero desde el momento en que se les pone precio el héroe deja de serlo y se convierte en ese ser anodino y triste que deambula por nuestras ciudades, cuya conciencia se compra y se vende al precio del mercado. El héroe se ha convertido a la grey del rey. Ya no será  ni más santo, ni más sano, ni más sabio que los demás. Se le paga, en cuerpo de metal o en valores espirituales, o sea fomentando su vanidad. Se le da fama, dinero o prebendas. Es la victoria de la normalidad sobre la excepción. La fama es una forma de represión. A quien se le ha concedido fama, se le ha desprovisto de personalidad y, sobre todo, de libertad; se ha atado su ego (ese animal depredador que habita en nuestro interior, como bien sabe Permafrost) a la noria de la novedad. Ya no puede decir lo que quisiera y a todo momento tiene que demostrar que está donde está por meritos propios, con lo cual no hace más que acrecentar sus defectos y señalar su debilidad.  – ¿Y la conciencia, qué? Pues muy bien, anestesiada, dormida y melancólica.

51 pensamientos en “Sobre héroes y deudas

  1. Baso de leche..no confundir con vaso de leche…son dos “cosas” completamente distintas…¿?

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