Sobre emprendedores, ayudas y parasitismo social

Albert Sales

Luis pasó 5 años durmiendo en la calle. Parte de los recuerdos de aquella dura etapa de su vida siguen nublados por el alcohol y la depresión. Como tantos otros, encadenó la pérdida de su empleo con una ruptura de pareja, un proceso de ruptura de los vínculos con familiares y amigos, la erosión de la propia autoestima, sucesivos intentos frustrados de poner en marcha pequeños negocios… Tres años después de que su empresa echara el cierre dormía una noche tras otra entre cartones.

Diez años después, Luis se siente rehabilitado de su alcoholismo y vive en un piso gracias al apoyo de una entidad social y a un largo periplo por los albergues para personas sin techo de la ciudad y de lograr el apoyo de los servicios sociales para recibir una Renta Mínima de Inserción (RMI) de algo menos de quinientos euros al mes. Con estos ingresos, consigue con mucho esfuerzo pagar su parte del alquiler del piso, mantener los suministros básicos, y llenar la nevera. No son pocas las horas dedicadas a buscar empleo. Luis ha intentado “volver al mercado laboral” en su antiguo ámbito de trabajo – él es programador informàtico – y en otros muchos. Siempre sin éxito. A pesar de su impecable aspecto, su expresión amable, sus capacidades comunicativas… ¿dónde encuentra un hombre de cincuenta y tantos que lleva más de una década desempleado una oportunidad?

Los obstáculos para lograr oportunidades laborales no han acabado con su esperanza de salir de la situación de pobreza crónica en la que vive. Hace poco más de un año inició un proyecto de auto-ocupación en una incubadora de negocios. Ha estado trabajando para crear su propia microempresa de instalación de redes informàticas con el asesoramiento de una agencia apoyo a emprendedores. Hoy, el plan de negocio ya es una realidad. La pequeña infraestructura de funcionamiento está a punto, algunos clientes dispuestos a establecer una relación estable… y Luis vive el momento con el vértigo de saber que el día en que se dé de alta de autónomos dejarà de ingresar la RMI. Pasará de “cobrar” quinientos euros mensuales al cero absoluto. Con unos ahorros que no le permiten pagar el alquiler más allá de un mes. A sabiendas de que, si el negocio sale mal, volver a acceder a una prestación pública puede llevar años.

Vidas como la de Luis ponen contra las cuerdas los discursos que imponen las soluciones individuales a problemas estructurales. ¿Cómo reinventarse cuando se cae en una situación de pobreza y de exclusión social? ¿Cómo emprender cuando no existen bases materiales que ofrezcan una mínima red de seguridad? ¿Qué lugar queda para la ética del trabajo cuando el mercado desprecia sistemáticamente a una proporción creciente de personas? ¿Perpetúan las ayudas sociales situaciones de dependencia? ¿O es la falta de apoyo estructural lo que condena a una parte creciente de la sociedad a la exclusión?

NOTA: Todo lo que se cuenta de Luis es absolutamente real. Todo, excepto su nombre.