Sistema de bienestar (II)

Frans van den Broek

Fernando miró a su alrededor, de súbito presa de un sentimiento de vago desconsuelo. El no podía imaginarse lo que había sido la vida de Rafiri, sólo sabía de ella los hechos externos, algunos de sus comentarios al respecto. ¿Quizá este desconsuelo era común a los hombres y los hermanaba? En cualquier caso, la intensidad con que lo habría sentido Rafiri tampoco le era imaginable de verdad, pues al lado de la de Rafiri su vida, por más que se quejara, era un paseo dominical por el Malecón de Miraflores en una tarde de sol y fresca brisa marina. 

Repasó alguno de los hechos de la vida de Rafiri en su mente, hechos que había reconstruido de las conversaciones algo atolondradas con él, mientras una colega se levantaba de su escritorio y buscaba conversación con la colega de al lado sobre algún tema trivial. Nacido en Kabul, cuando la ciudad era hermosa y floreciente, y el país gozaba de paz y cierta democracia en una familia acomodada, Rafiri había podido asistir a buenos colegios y a la universidad, graduándose de ingeniero electrónico. Su padre había tenido admiración por el pensamiento progresista de occidente y había sido un intelectual con tendencias izquierdistas moderadas. Quizá por esta razón el padre mandó a Rafiri a Moscú a perfeccionar su carrera. En cierto momento, sin embargo, había sido reclutado por el servicio de inteligencia afghano, ya tras la llegada del régimen comunista, y sus estudios tomaron en Moscú otra dirección, ligada al servicio. ¿Cuándo y cómo había decidido dedicar su vida a defender la causa del socialismo internacional de esa manera? De sus palabras pudo Fernando deducir que había sido entrenado por la KGB y que luego de unos años había vuelto a Afghanistán y ocupado un puesto en el ministerio del interior. ¿Qué habría hecho exactamente, cuál habría sido su función real? De nuevo, a Fernando no le había dicho nada claro, sólo insinuado cosas, soltado frases medio incoherentes.

-Tú sabes, tienes que hacer cosas, porque no se puede de otra manera, cosas … -buscando sus palabras, frotándose la frente, con la mirada inquieta- … pero había de todo en Kabul, había progreso, y no como ahora con esos barbudos enfermos, retrasados mentales. Los americanos, siempre con sus narices en todas partes. Todo se jodió. Y aquí estoy, sin trabajo, estirando la mano, lleno de problemas, sin familia, fumando como loco y bebiendo demasiado vino. 

Sus palabras venían como arrastradas por un lodazal, por un huayco, había pensado Fernando al escucharlas. Sus manos, inquietas sobre la mesa, se enlazaban y separaban con gesto despacioso, cansado. Rafiri no había esperado a que le preguntaran nada para ponerse a contar su historia, aquellos retazos confusos de vida que lanzaba para liberarse de ellos, quizá porque le quemaban o porque sentía que nada hacían allí adentro entremezclándose sin concierto y en la esperanza tal vez de que alguien pudiera ordenárselos, darles forma, quizá hasta belleza, como los patrones decorativos en la mezquita de Mazar-i-Sharif que pasa por sus labios en cierto momento con reverencia distante, con nostalgia, hechos de tantas líneas distintas, tantas curvas y que sin embargo forman una unidad maravillosa. De allí provenía originalmente su familia. A Kabul habían emigrado por el trabajo del padre, ahora muerto por los talibanes. De toda su familia sólo habían escapado él y un par de tíos lejanos. El había tenido que presenciar la ejecución de su hermano y de su padre, no sin haber sido sometido a días de tortura. De su madre y hermanas no sabía nada y las suponía muertas, porque sino se hubieran de algún modo comunicado.

 Fernando escucha a sus colegas comentando el último programa de Seks voor de Buch, sensacionalista producción holandesa en la cual toda forma de sexualidad era discutida, mostrada, admitida. ¿No tenían parte, siquiera una mínima parte de razón los talibanes y los fundamentalistas al considerar a la sociedad occidental en franco estado de decadencia y degeneración? A Fernando la contemplación de esos programas le causaba repulsión, incomodidad, a la vez que curiosidad. Su educación conservadora en el Perú debía ser, la que tantos problemas le había causado. ¿Dónde estaba el verdadero equilibrio entre una sensualidad desenfrenada y la disciplina espiritual? Rafiri ciertamente no se había inclinado por lo segundo, como lo comprobaría durante sus pocas conversaciones y encuentros.

 Fernando escribe su perfil introductorio, que le sale mejor, más templado y burocrático, y pasa a llenar las otras partes del reportaje de manera más mecánica. Experiencia laboral, nivel de holandés, situación familiar. Al llenar esta última entrada, con la simple respuesta de ‘soltero’, se detiene a pensar. Esto era falso, pero no había una palabra para describir a quien se había ido a vivir con una holandesa, tenido tres hijos y separado sin remedio, sin poder saber ahora ni siquiera dónde estarían ni su ex-compañera (supone Fernando que así la llamaría) ni sus hijos, a quienes no veía en cuatro años. No podía poner divorciado, porque nunca había estado casado. ¿Qué cosa eran pues Fernando y Rafiri, ambos alejados irremediablemente de sus parejas de muchos años? Solteros. Debiera decirse algo así como ‘resolterizados’, para indicar que hubo una vida marital de por medio, que hubo amor, intimidad, confianza, procreación, educación de los hijos, discusiones, peleas, separación, depresión, desesperanza. Soltero solamente sonaba como jovencito visitador de discotecas o adulto incapaz de conseguir una pareja, o cualquier cosa, menos tener un fracaso a cuestas, una piedra de la que quizá uno nunca se llegaría a liberar.

 Porque cuando Rafiri había comenzado a hablar una de las primeras cosas que había mencionado fueron sus hijos, los años sin verlos, la desgracia de no saber ni siquiera dónde estaban ahora, en cualquier pueblo perdido de Holanda, al lado de su madre, a quien ahora detestaba. Fernando había podido entender que Rafiri se había casado con una holandesa muy hermosa y muy inteligente, estudiante de economía entonces e interesada en los avatares exóticos del mundo, aquello que ocurría más allá de Europa y América, en suma. Esta mujer se había prendado de su apariencia oriental, de su cuerpo robusto y atlético, de su vida aventurera, de su capacidad de hablar varios idiomas. La holandesa hablaba, además, ruso, por haberlo estudiado para intercambios estudiantiles o algo así. Según Rafiri los primeros años habían sido muy buenos, por lo que muy pronto acabaron viviendo juntos en la casa que tenía en Hilversum la holandesa. Pero entonces empezaron los problemas, a la par que los hijos. Rafiri le dijo a Fernando que en esa ciudad adormilada, sin trabajo y demasiado tiempo libre, se empezó a volver loco. Recurrió al alcohol, empezó a fumar varios paquetes al día y Fernando dedujo que empezó a surgir la violencia. Dedujo también que tal vez hubo algunos otros estimulantes aparte de los mencionados y supuso que sus experiencias en Afghanistán como agente del servicio de inteligencia no habían contribuido a amansar cualquier tendencia agresiva que hubiera tenido, antes bien al contrario. ¿Tenía Rafiri sangre en sus manos, había tenido que torturar a gente, que salir en operaciones especiales? Lo único que pudo sacar de su cliente fue que había hecho cosas y que la guerra había sido terrible y que los mujaheddines aún aparecían en sus pesadillas, así como los helicópteros, los misiles, las bombas, la destrucción de un país.

 Con el tiempo debió Rafiri de hacerle algo físico a su pareja, porque la mujer se largó un día de su casa y a él vino a buscarle la policía. Fernando recuerda su rostro compungido y tenso al tratar de decirle que todo había sido una exageración, que lo habían acusado falsamente de maltrato físico, que hasta habían dicho que violentaba a sus hijos, a sus hijos, a quienes adoraba, cómo podría hacerles algo. Fernando sabía de la inclinación de la ley a creer a las mujeres en primera instancia, pero no dudó jamás de que Rafiri había pegado a su mujer. No quiso pensar en qué le habría hecho exactamente, para no perder la objetividad profesional, aunque le faltara.

 Pero fuera lo que fuese que había hecho Rafiri, se había visto desprovisto de la custodia de sus hijos, la mujer se había ido con protección de la ley a otro sitio, y Rafiri tenía prohibido acercarse a la familia. Y no sabía dónde estaban, en todo caso, ni le era posible averiguarlo. Cómo se había salvado de la cárcel no le resultó del todo entendible a Fernando, aunque suponía que en el flexible sistema judicial holandés Rafiri habría tenido que hacer trabajo social, tal vez. O la mujer se había contentado con librarse de él, no sabía.