Siria de nuevo

LBNL

¿Han perdido la cuenta de las víctimas mortales? Los más informados sabrán que son ya más de 90 mil los muertos según Naciones Unidas. Algo así como todo un estadio Bernabeu o Camp Nou sembrado de cadáveres. ¿Heridos? No creo que nadie sea capaz de llevar la cuenta. Sí la llevan de los refugiados y desplazados internos. Refugiados son los que han salido del país por piernas, con lo puesto, para salvar la vida “invadiendo” Líbano, Jordania y Turquía. Desplazados internos son los que han tenido que dejar sus casas e instalarse en algún otro lugar dentro de Siria. Un mero matiz, porque viene a ser lo mismo. Varios millones de personas viviendo de la ayuda internacional en forma de comida, tiendas de campaña, mantas y demás enseres básicos para sobrevivir, mientras esquivan los tiros, bombardeos y ataques cada vez más indiscriminados y descontrolados.

Nada nuevo bajo el sol, desafortunadamente. Son ya muchos meses, en realidad un par de años, de guerra cada vez más salvaje. Las iniciativas diplomáticas han ido sucediéndose sin ningún éxito y aquí las hemos comentado, sin demasiadas esperanzas y con muchas incertidumbres y contradicciones sobre las alternativas.

Incertidumbres que parece compartir la opinión pública española a juzgar por los datos del barómetro del Instituto Elcano según los cuales un 57% está a favor de una intervención internacional para parar la carnicería aunque la mayoría está en contra de una participación de tropas españolas en la misma, principalmente por los altos riesgos que conllevaría. Oyess, la cosa está fatal, habría que hacer algo, pero que lo hagan los otros, que Siria está muy lejos y es muy peligroso, pero oyess, algo habrá que hacer. Y luego, cuando “alguien” (al estilo de la mano invisible que supervisa DC) haga algo, ya llegará el momento de exigir que lo haga como cada uno de nosotros desearíamos que se hubiera hecho, sin nuestra participación activa, por supuesto.

Bastante tiene el españolito medio como para ser capaz de opinar con mayor coherencia y fundamento sobre algo tan complejo como la crisis siria. Mirando el barómetro desde un ángulo positivo, lo bueno es que la gravedad de la crisis que nos asuela no lleva a la mayoría de los españoles a desentenderse de una tragedia completamente ajena. Porque lo es. Si algo parecido estuviera teniendo lugar en Marruecos, sería el primero en sostener, con convicción basado en argumentos objetivos, que nos iría la vida en parar la sangría. Pero Siria no deja de ser un país pequeño, sin petróleo, bastante marginal en el mundo árabe actual y desde luego en la comunidad internacional, tanto que en las últimas décadas se ha caracterizado por convertirse en satélite de la teocracia de los mulás iraníes, lo cual es de por sí bastante significativo de su aislamiento más absoluto.

Ya pueden morir muchas más decenas de miles de sirios y seguir creciendo los millones de refugiados que la probabilidad de que el drama nos acabe repercutiendo directamente en forma de inmigración o ataques terroristas es ínfima. Entre otras cosas porque “Occidente” no está sosteniendo al régimen contra el que luchan los “yihadistas” voluntarios que llegan desde Europa. Así que no es mala señal que sean muchos los españoles que se preocupen lo suficiente sobre una tragedia tan ajena como para desear una intervención internacional.

Me cuento entre ellos si bien yo sí estaría a favor de que España participara en la misma, pese a los riesgos. Ahora bien, ¿qué tipo de intervención internacional? ¿Invadir a las bravas para derrocar al régimen y poner paz entre los sirios? A las bravas desde luego que no. Sólo con la autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que, nos guste o no, es lo más parecido que tenemos a una autoridad internacional legítima. Y ya sabemos que Rusia, y en menor medida China, se oponen haciendo gala de su derecho de veto. Entre otras cosas porque les timamos en el caso de Libia, convenciéndoles de que no vetaran la imposición de una zona de exclusión aérea, cuyos límites la OTAN rebasó a su conveniencia hasta que conseguimos acabar con Gadafi. No es que me importe Gadafi, al contrario, me alegro mucho de que haya acabado con un perro. Pero cuando timas a tus socios indispensables no es de extrañar que a la siguiente no se fíen demasiado.

Dado la legitimada reconocida en el derecho internacional de las organizaciones internacionales del estilo de la OTAN y la Liga Árabe, cabría hacer una interpretación un poco alambicada del derecho internacional para considerar legítima una intervención de la OTAN a petición de la Liga Árabe. No sería la primera vez que la OTAN interviene sin una autorización expresa del Consejo de Seguridad. Ahí está el precedente de Kosovo, sin ir más lejos. El problema es que la Liga Árabe no se pronuncia con tanta claridad y, más importante, que la OTAN no está por la labor. Recuérdese que en el caso de Libia no actuó la OTAN como tal sino algunos de sus miembros, dada la reticencia alemana a sumarse al empeño colectivo.

Así las cosas sólo me vienen a la cabeza dos “soluciones” mínimamente factibles. La mejor sería, sin duda, que la Liga Árabe asumiera su responsabilidad regional y pidiera autorización al Consejo de Seguridad para constituir una fuerza de interposición árabe que pusiera fin a los combates y coadyuvara a una solución política. Es dudoso que Rusia se atreviera a vetarla. El problema es que la Liga Árabe es un desastre y, además, nunca se ha embarcado en algo parecido. Es una pena porque, sobre el papel, sería la opción más lógica y menos dañina. Claro que en la Liga Árabe son todos suníes y tal y como se ha puesto la cosa de sectaria entre sunitas y alawitas (una escisión chiita) en Siria, es difícil imaginar que sus tropas pudieran resistirse a la tentación de tomar partido y mantenerse como una verdadera fuerza de interposición. Es en todo caso la opción preconizada por el nonagenario Presidente de Israel, Shimon Peres, que será muchas cosas pero de tonto no tiene un solo pelo.

La otra opción que me viene a la cabeza es mucho peor, pero lamentablemente mucho más factible. El drama no tiene solución a corto plazo. Los combates se han extendido por todo el país y lo que antes tenía una pequeña posibilidad de triunfar en forma de primavera árabe, pasó a convertirse hace ya tiempo en una lucha sin cuartel entre facciones variopintas a cual más sectaria y extremista, tanto dentro del régimen de Asad como en la oposición. Dado que no somos capaces de poner punto y final a la sangría –bloque del Consejo de Seguridad, falta de compromiso suficiente para enviar tropas propias, incapacidad de la Liga Árabe…- lo único factible es contenerla. En este contexto, la única opción que se me ocurre es la acción por un agente interpuesto, es decir, Israel.

Israel es enemigo declarado del régimen baazista desde su establecimiento hace ya demasiadas décadas, y todavía más en vista de su alineamiento progresivo con los mulás iraníes. Ahora bien, Israel no las tiene todas consigo sobre los riesgos que implicaría la caída del régimen. Echándole un vistazo superficial a la atomizada oposición armada sobre el terreno, la caída de Asad podría convertirse en un pasar de Málaga a Malagón. De ahí que Israel no pase ocasión de confirmar que no pretende intervenir directamente, excepto en lo que concierne a los envíos regulares de armamento destinados a Hezbulá en Líbano, que ya ha bombardeado tres veces en los últimos meses.

Dada la creciente connivencia del régimen Asad con Hezbulá, que ha enviado varios miles de combatientes propios para ayudar a Asad, sería relativamente sencillo para Israel encontrar las excusas necesarias para embarcarse en una campaña prolongada de castigo a las instalaciones militares sirias, que tendría el efecto de nivelar un combate, en un momento en el que el régimen sirio está convencido de tener la situación sobre el terreno bajo su control.

No se trataría de que Israel interviniera directamente y menos con tropas sobre el terreno, más allá de las que ya tiene desplegadas en el Golán sirio. Pero sí de que impusiera una zona de exclusión aérea en la práctica, bombardeando las pistas y los hangares de aquellos aeropuertos sirios desde los que despegan los aviones del régimen que van a masacrar a los “rebeldes”. La oposición no podría necesariamente imponerse sobre el terreno pero al menos sus combatientes estarían menos a la intemperie que hasta ahora.

Sí, ya se, es una opción muy controvertida. Israel no es neutral como ilustra su anexión –no reconocida por la comunidad internacional- de los Altos del Golan. Pero la creciente simbiosis entre el régimen y Hezbulá le da una coartada perfecta para realizar más ataques preventivos que, por una parte debiliten a Hezbulá en su interés propio y, de otra, contengan la amenaza sobre los “rebeldes”.

Si alguien tiene una solución mejor, que la aporte. La que acabo de describir es, para mí, la menos mala.