Sindicatos nacionalistas…¿o nacionales?

José Manuel Rúa

La constatación de que en el Estado español existen sindicatos circunscritos a determinadas realidades nacionales, como ELA-STV en Euskadi o la CIG en Galicia, y que forman parte de las organizaciones de trabajadores mayoritarias en su ámbito de actuación no supone motivo alguno de controversia. El problema viene al definir dichos sindicatos como “nacionalistas”, olvidando que la clave de su éxito no reside en un discurso más o menos aderezado de planteamientos políticos de carácter nacionalista, sino en su implantación como sindicatos nacionales. Y es aquí donde se hace necesaria establecer la diferencia conceptual entre “nacional” y “nacionalista”. De lo contrario, no entenderemos porqué en ámbitos nacionales como Cataluña no encontramos sindicatos mayoritarios definidos como “nacionalistas” y sí en cambio como “nacionales”.

Históricamente el sindicalismo ha constituido el instrumento predilecto de los trabajadores para contrarrestar la competencia individual que caracteriza la sociedad industrial. Gracias a las instituciones colectivas democráticas (sindicatos, partidos políticos, asociaciones lúdicas y culturales…) las clases populares han disfrutado de mediaciones ante el poder político institucional que han ayudado a su vertebración social. La razón de la existencia de un sindicato vendría dada por una explicación tan clásica como sencilla, según Marx: Los obreros se coaligan cono el fin de situarse de alguna manera sobre un pie de igualdad respecto al capitalista en lo que se refiere al contrato de venta de su trabajo[1]. El sindicalismo y la lucha del movimiento obrero para realizar sus aspiraciones podemos insertarlas dentro de un contexto más amplio como sería la lucha por la hegemonía, una lucha que dentro del imaginario gramsciano queda magníficamente sintetizada por las palabras de Néstor Kohan cuando afirma que: Hegemonizar implica, dentro de su laboratorio mental, dirigir a los aliados (mediante el consenso y el establecimiento con ellos de todo tipo de alianzas, compromisos, transacciones y acuerdos) y ejercer coerción sobre las clases enemigas[2].

Pero toda lucha se desarrolla en un terreno de juego, un escenario, no se da en el vacío o en un marco abstracto; y la lucha por la hegemonía no escapa a esa premisa. La lucha por la hegemonía es una lucha ideológica, un enfrentamiento entre diferentes visiones del mundo y/o proyectos políticos y sociales. El objetivo de los grupos sociales no sería otro que hacerse con el poder, mediante una práctica dónde se combina pacto y confrontación, en palabras de Gramsci:“Un grupo social puede y hasta tiene que ser dirigente ya antes de conquistar el poder gubernativo (esta es una de las condicionas principales para la conquista del poder), luego cuando ejerce el poder y aunque lo tenga firmemente en las manos, se hace dominante, pero tiene que seguir siendo también <<dirigente>>”[3]. Los tres escenarios principales donde se desarrolla la lucha por la hegemonía serían las instituciones estatales, la sociedad civil, y los sistemas rituales y simbólicos. En estos espacios es donde se fijan las reglas del juego, unas reglas que actuarán en beneficio de unos actores sociales y en detrimento de otros. Los sindicatos se situarían dentro del campo de la sociedad civil. En este espacio también encontraríamos los partidos políticos, las iglesias, los medios de comunicación y el mundo asociativo en general, todas ellas instituciones colectivas que representan y defienden los intereses materiales y culturales de los diferentes grupos sociales. Estos escenarios se sitúan dentro de un marco nacional, y es aquí dónde Gramsci liga el combate por la hegemonía con la nación: Cuando un grupo social […] logra construir y alcanzar la hegemonía, la clase en cuestión se vuelve <<nacional>> (dentro de los límites del EstadoNación), es decir que universaliza sus estrechos intereses corporativos[4].

Llegados a este punto podemos preguntarnos cómo se relacionan los conceptos de nación y sindicalismo dentro la lucha por la hegemonía. Para responder a esta pregunta, primero nos convendría echar una ojeada al mundo de la política para establecer las posibles analogías. Dentro de este ámbito, un partido nacional sería aquella organización que, siguiendo a Miquel Caminal, “parte del hecho de la nación y que delimita su ámbito territorial en los límites nacionales dentro de los cuales desarrolla su proyecto político y los principios ideológicos que lo sostienen”[5] . Esta definición comportaría dos características; por un lado la organización asumiría el carácter identitario de la nación política, y por el otro reflejaría la pluralidad ideológica de la propia nación. El hecho de ser partidos nacionales no implica necesariamente que nos encontremos ante partidos independentistas. Los partidos nacionales pueden dar respuestas diferentes al encaje de la nación dentro del marco estatal e internacional (autonomismo, federalismo, independentismo…). Tampoco podemos equiparar los partidos nacionales a partidos nacionalistas. A diferencia de los partidos nacionales, los partidos nacionalistas tendrían como prioridad la plena realización de los derechos nacionales, implicando al conjunto de la población en un proyecto de desarrollo nacional situado por encima de las diferencias sociales e ideológicas propias de toda sociedad contemporánea.

Una vez hemos explicado qué entendemos por partido nacional, al hacer el salto del mundo de la política al mundo sindical surge una pregunta: Podemos continuar haciendo uso del término <<nacional>> como característica definitoria de un sindicato? La respuesta que daríamos sería afirmativa. Adaptando la definición de partido nacional al sindicalismo nos encontraríamos que un sindicato nacional debería surgir de una realidad social específica y desarrollar su proyecto dentro de esta realidad. La realidad social específica sería la nación, que al constituir un espacio con relaciones políticas, sociales, económicas y culturales diferenciadas, dibujaría el escenario dónde surgiría y se desarrollaría el sindicato. En la medida que el sindicato recibiera el respaldo mayoritario de los trabajadores y definiera el programa reivindicativo, así como los métodos de presión y negociación del movimiento obrero de la nación, podríamos afirmar que esta organización de trabajadores habría obtenido la hegemonía dentro de su ámbito de lucha: el mundo sindical. Además, podría hacer las funciones de instrumento de los trabajadores para disputar el combate por la hegemonía en el conjunto de la sociedad, colaborando con otras organizaciones y movimientos sociales partidarios de impulsar cambios en las correlaciones de fuerzas políticas. De esta forma, del mismo modo que el partido nacional, el sindicato nacional sería un reflejo y a la vez una herramienta transformadora de la realidad nacional.

Y aquí reside la clave del éxito de ELA-STV en Euskadi, CIG en Galicia o CCOO en Cataluña. Independientemente de sus declaraciones más o menos nacionalistas en términos políticos, el apoyo que reciben por parte de los trabajadores no responde fundamentalmente ni a un acto de patriotismo ni a una cuestión ideológica (para este tipo de cosas ya están los partidos políticos), sino a su práctica sindical. Son sindicatos mayoritarios, es decir, sindicatos nacionales, porqué están arraigados dentro del mundo laboral de sus respectivos marcos de actuación. Si no lo estuvieran, dejarían de cumplir su función principal: defender los intereses de los trabajadores. Y si un sindicato no realiza dicha función se convierte en un instrumento inútil y, por lo tanto, sólo le queda desaparecer, y ante eso no hay declaraciones políticas ni proclamas ideológicas que lo salven. Un sindicato no se convierte en mayoritario o en “nacional” por reproducir en el mundo del trabajo programas políticos “nacionalistas” o de otro tipo: un sindicato necesita “estar” y “representar”, tal y como nos recuerdan las palabras del ex-dirigente de Comisiones J. L. López Bulla: “Un partido se puede improvisar de la noche a la mañana, incluso obtener unos resultados electorales dignos […] pero un sindicato no. Un sindicato necesita mucha memoria colectiva acumulada y esa memoria colectiva no quiere decir tiempo, sólo, ni principalmente. Quiere decir el ejercicio del conflicto, el ejercicio de la representatividadpero por qué? Porqué el hecho social se caracteriza por una democracia próxima, una democracia vecina. Si yo todos los días te veo en el mismo trabajo, si yo todos los días te pido un favor, si yo todos los días te veo en la cafetería, si yo todos los días te veo en los innumerables centros de concentración de la fábrica fordista que hace que en un metro cuadrado estemos trabajando 50.000 personas, y como el ruido de las máquinas es tan grande no nos oye la policía, parece que estoy contigo desde el nacimiento de los tiempos[6].


 

[1] Marx, Karl; Engels, Friederich. El Sindicalismo. Teoría, organización y actividad. Barcelona: Laia, 1976. Pág. 71.

[2] Kohan, Néstor. “Gramsci i Marx. Hegemonía y poder en la teoría marxista”. En Utopías. Nº181/182. Vol III, 1999. Pág. 356-357.

[3] Gramsci, Antonio. Antología. Madrid: Siglo XXI, 1974.  Pág. 486.

[4] Kohan, Néstor. Pág. 357.

[5] Caminal, Miquel. Nacionalisme i partits nacionals a Catalunya. Barcelona: Empúries, 1998. Pág. 49.

[6] Entrevista con J. L. López Bulla (23-I-2004)