Silencio absoluto

Millán Gómez

La omisión por bandera. Ése parece ser el programa del presidente electo del Gobierno de España. Mariano Rajoy Brey ha hecho mutis por el foro y desconocemos sus intenciones. Dicen sus colaboradores que está trabajando intensamente. Bien, no esperábamos otra reacción oficial. No nos los imaginábamos anunciándonos que realmente está descansando, jugando al tute y practicando papiroflexia. Él, que con tanta razón nos dijo que las reformas urgían en el tiempo, ha hecho de la lentitud y la pasividad el rasgo predominante de sus primeros días como presidente electo de este nuestro país. Conocemos pocas pero algunas propuestas por filtraciones a los medios de comunicación. De su propia voz, nada. Incluso no sabemos si le ha cambiado. Quizás ahora se haya reconvertido en Tom Waits.

La sociedad española le ha dado “confianza absoluta”, como perfectamente definieron varios diarios el lunes poselectoral, pero no manga ancha. Si bien va a poder poner en práctica la gran mayoría de sus propuestas, va a recibir análisis variopintos fruto de un nuevo Congreso más fraccionado. El escepticismo social es la nota predominante. Su presunta vagancia es vox populi. En este país tan cainita es complicado sacudirse las etiquetas y él, como líder político, debe saberlo y actuar en consecuencia. Se ha ganado esa fama de forma meritoria. En su mano está el despegarse de su estereotipo y hacer callar a los dudosos con medidas contundentes y concisas. El “como Dios manda” no es suficiente. Y que la Iglesia me disculpe.

 El panorama económico no ha mejorado. No hemos alcanzado el nirvana ni vivimos ya en el oasis. La manida “confianza” no ha llegado, aunque sea intangible. La tranquilidad a los “mercados” llegará, en tal caso, cuando alguien se dirija a ellos con credibilidad, clarividencia y sensatez. No dudo de la bonhomía de Rajoy, porque considero que la transmite, pero sí de sus “certezas”, concepto que él utilizó con frecuencia y de modo correcto. Así a todo, el intercambio de poderes intuyo que se va a realizar en la más estricta normalidad. Zapatero ha demostrado tener sentido de Estado y una educación impecable. Dudar en este ámbito es ciencia-ficción. Ramón Jáuregui es también ejemplar y lo suficientemente respetado en el PP como para que este aspecto quede fuera de debate.

 Quienes no parecen digerir la derrota son los veteranos dirigentes del PSOE. Que Rubalcaba pretenda optar a la Secretaría General y, se entiende, a la candidatura en 2015 suena, como poco, irrespetuoso a quienes le han dado la espalda tan contundentemente. Cierto es que Chacón es joven, pero también debería hacerse mirar sus resultados en Catalunya. Cuantos más candidatos haya, mejor. El programa debe ser lo principal, pero no se produce ninguna tragedia si hay que enfrentar ideas. Al contrario. Cada candidato tendrá sus matices y, una vez presentados todos, se buscarán los máximos consensos posibles. Orientar el dilema hacia el precedente de 2000 es la única nota positiva para el PSOE. Allí venció un sorprendente e ilusionado Zapatero, quien no despreció el pasado pero supo abrir un futuro en el seno del partido. Lo mismo tiene que suceder más de once años después. Poco demócratas son quienes son incapaces de escuchar lo que el electorado dictaminó hace casi dos semanas y quienes han vilipendiado a su principal valedor durante la última década. La culpa no es unipersonal sino colectiva. Por algo, los partidos lo conforma un nexo común de ideas con diferentes caras.