Sigue lloviendo

 Barañain

 Sigue lloviendo. Ayer ha llegado el verano, pero por aquí sigue lloviendo. Y no metafóricamente, como en la balada de Maná (a ellos les llovía en el corazón, por un mal de amores), sino muy realmente. Sigue cayendo agua, mucha agua,  de día y de noche (¿pero en España lo pertinaz no era la sequía?), de manera inclemente, inasequible a las evidencias de que los pantanos rebosan y los montes siguen su deshielo, como si la cosa no fuera con ellos (y bien que lo están sufriendo en algunos valles pirenaicos).

 Sigue lloviendo con tanta insistencia que ahora sí que podemos decir en serio que la primavera ha venido (y se ha ido)  y nadie sabe cómo ha sido: ni siquiera El Corte Inglés se ha enterado demasiado.

¡Tanta agua! Vale, ya sabíamos que “andar” se parece mucho a “nadar” pero no suponíamos que eso fuera más que una broma lingüística. Una especie de homenaje del idioma al momento en que nuestros remotos antecedentes evolutivos salieron de las charcas a la tierra firme. Si hasta mi perro se queja de ir trotando continuamente sobre un suelo húmedo que amenaza con hacerle brotar musgo entre sus dedos. Y nuestras articulaciones –las mías y las del perro-, enmohecen.

Sigue cayendo un agua que nos obliga a caminar cabizbajos, como si quisiera aplastarnos sobre el asfalto. Como si la naturaleza se empeñara en que no levantemos cabeza. ¡Total, para lo que hay que ver! Y armados de chubasqueros y paraguas (¿qué es un bilbaíno sin su paraguas?) parece que nos aislamos más de nuestros semejantes. El paraguas actúa como una campana que nos recoge en nuestra ensimismada humedad, una burbuja virtual propicia para que rumiemos nuestro disgusto en soledad.

Maldecir a la naturaleza –esa grandísima hija de puta-, nos permite añadir a la lista a otro enemigo, dispuesto a jodernos la existencia, en impía alianza con los mercados, las primas de riesgo, los banqueros, los olli rehnes y rajoyes. Un enemigo, este sí, fuera de nuestro alcance (salvo que una intercesión antela Virgendel Rocío – a la manera de  nuestra preclara ministra de empleo -, fuera efectiva).

Sigue lloviendo y ni siquiera los éxitos dela Rojayla Rojita nos distraen de las noticias de despidos, EREs y cierres de empresa (que, de tan habituales, no ocupan ya portadas). Las conversaciones en la calle siguen girando en torno al creciente número de escaparates que anuncian “liquidación”, “traspaso”, “cierre definitivo”,  convirtiendo los bulevares en una sucesión de espejos blanqueados (¿de que vendrá esa costumbre de tapar con pinturilla blanca el escaparate arruinado?).

Es curioso, nadie se molesta ya en hablar de los planes del gobierno, como si fuera una pérdida de tiempo especular sobre los cálculos de De Guindos y compañía. Los más sofisticados de nuestros vecinos – ¿los que entienden?-, se permiten el lujo de hablar de las elecciones alemanas, en la convicción  de que una vez que Merkel supere ese trámite, el dinero volverá a brotar como maná salvador. Bendito optimismo.

Pero, de momento, de maná nada, aquí solo brota agua. Algunos de ustedes se asomarán a su ventana y sólo verán cielos soleados. Que lo disfruten. Pero aquí sigue lloviendo y, como ya habrán deducido los más sagaces, no sé si estoy cabreado o es que me estoy deprimiendo. Lo sé, escribo este desahogo por joder, más que nada. Que las penas en compañía se llevan mejor. Ustedes perdonen.