Si Euskadi ganara la Eurocopa

Lope Agirre

 

Estamos, es un decir, a finales de junio del 2012. 

 

 

La Eurocopa, organizada por los estados soberanos, es otro decir, de Polonia y Ucrania ha sido un gran éxito deportivo. Según los comentaristas de la Cuatro, que este año tras un gran alarde de inteligencia, sigamos diciendo, han adoptado como lema “Queremos y Podemos”, el torneo ha estado salpicado de interferencias políticas que han empañado (sic) la noble y sacrificada labor deportiva. La selección de España pasó a cuartos, tras derrotar a Portugal, para gran tristeza de los gallegos y del Gran Wyoming. Y la selección de Euskadi, también, tras vencer, holgadamente, como bilbaínos, a la de Cataluña. Fue tal la humillación, cuatro goles en contra y ninguno a favor, y la sensación de ridículo consiguiente, que en las Ramblas de Barcelona, grupos incontrolados de nacionalistas catalanes, es un suponer, enarbolando senyeras se manifestaron frente al palacio de la Generalitat, pidiendo la dimisión inmediata del seleccionador Guardiola, y exigiendo que Txiki Begiristain fuese nombrado, con permiso de los vascos y sin intención de ofenderlos, seleccionador nacional de Cataluña, grande y libre. Carod Rovira, herido en su amor propio, prometió no volver a tocar tierra euskaldún y amenazó, en caso de que los vascos y las vascas celebraran su triunfo, con romper Galeusca, tres en uno. Javier Madrazo, consejero de deportes del Gobierno de Ibarretxe, prometió convocar un referéndum, para saber si la victoria, contra los siempre hermanos catalanes, era digna de celebración y júbilo, o más bien de tristeza y duelo. Terció el seleccionador nacional Iribar que, en una alocución pública y emitida en directo por ETB, rogó a la afición que no se regocijase demasiado por la derrota de los catalanes, y que reservara su alegría para el próximo encuentro contra la selección de Kosovo, en las semifinales. Aunque no trascendió, ni se hizo público, los jugadores que marcaron contra la selección de Cataluña, López Rekarte, dos, y Gabilondo, otros dos, fueron discretamente apartados del equipo y enviados, en misión diplomática, a Palestina, con la excusa de entrenar a su selección.

 

 España en las semifinales venció a Alemania, como era de suponer, con un gol del asturiano Villa y otro de Torres. Cesc Fabregas falló un penalti; Xabi Alonso, oportunamente, se lesionó. Euskadi también venció a Kosovo, con un gol marcado por Orbaiz. En Pristina izaron la ikurriña junto a la enseña nacional. Los dirigentes kosovares decidieron otorgar la Cruz del Mérito Deportivo a los componentes de su selección y, en un memorable acto realizado en su Parlamento, con luces y taquígrafos, nombraron a Euskadi país amigo, hermano, primo y lo que haga falta. Las selecciones de Euskadi y de España (la del estado, según la prensa nacional vasca) llegaron a la final.

 

Mariano Rajoy, nada más tener noticia del futuro partido, invitó a todos los españoles (ciudadanos del estado, según la prensa vasca) a animar a su selección colgando banderas españolas constitucionales (sic) en las ventanas y balcones de todos los hogares, e incluso en el corazón (más sic). Zapatero, con su habitual parsimonia, afirmó, tras el Consejo de Ministros extraordinario celebrado para informar sobre el éxito deportivo de la selección, que, gracias a la Constitución y a la libertad que todos los españoles (sic) nos hemos dado, podíamos ser testigos de uno de los mayores acontecimientos deportivos posibles, prueba de la riqueza cultural y deportiva de la nación, y de la pluralidad que la caracterizaba. Jiménez Losantos, en su sermón diario en la catedral de la Almudena, insistió en la idea de que España estaba rota, hacia tiempo, gracias a Gallardón (sic) y a Zapatero. También rogó, en un momento no exento de emoción, que la CIA impidiera la celebración del partido, alegando que la victoria de la selección de Euskadi, hipotética y nunca deseada, ni posible, faltaría más, podría acarrear daños irreparables a la estructura mental de los españoles de bien y a Rouco Varela y a la Conferencia Episcopal. 

 

El partido se celebró, como se sabe, a pesar de la presiones, en el Estadio Olímpico de Varsovia. Fue nombrado árbitro el colegiado internacional Pratxanda, ayudado en las bandas por los insignes Cicuta y Civitas. Su actuación, neutral en todos los sentidos, favoreció el juego y el buen entendimiento entre los jugadores. Aunque dominó la selección de España, la primera parte acabó con empate a cero. La segunda parte adquirió otro cariz. Los chicos de Iríbar salieron con mucha fuerza; al igual que los Del Bosque. Ambas selecciones tuvieron sus oportunidades. Güiza falló un gol cantado, jaleado y bailado en la plaza de Colón, y Aramburu hizo lo mismo ante Iker Casillas. Pero faltando un minuto para la conclusión del partido, una falta realizada por Marchena a Etxeberria, propició un saque que, desde la bota de LLorente, fue directamente a la red. Fue el gol de la victoria. Bilbao era una fiesta. Los periodistas españoles (estatales, en la terminología vasca), no conformes con la derrota, proclamaron que nada de ello hubiera pasado si fuera Reina el portero, y no Iker, de nombre vasco y vaya a usted a saber qué tipo de complicidad tenía con la selección de Euskadi (sic).

 

El lehendakari Ibarretxe, lleno de alegría e ilusión desbordante, tanto que anegó Ajuria Enea y siete edificios más, proclamó siete días de júbilo en toda la Comunidad, prorrogables a siete semanas y media. ETA, en un comunicado enviado a los diarios Gara y Egunkaria, anunció una tregua durante los días de la celebración, y sin que sirviera de precedente. Madrazo propuso la convocatoria de un referéndum por ver si se nombraban a los jugadores de la selección “ciudadanos de honor”, con derecho a piso de protección oficial. Azkarraga, consejero de Justicia en el gabinete de Ibarretxe, declaró que ya era hora de proclamar la independencia. Arnaldo Otegi propuso que el día de la victoria de Euskadi contra la selección estatal, fuese denominada “día de la patria”, o sea Aberri Eguna. Javier Madrazo declaró que convocaría un referéndum para que la ciudadanía vasca se definiera con respecto a dicho objetivo, loable y sano (sic). Patxi López, en rueda de prensa, afirmó que se alegraba de la victoria de la selección vasca y se entristecía por la derrota de la española, pero que ambos equipos jugaron bien y que las aficiones dieron un claro ejemplo de pundonor y deportividad (sic). Maria San Gil, en declaraciones a Onda Cero, afirmó que se veía venir, que la victoria de la selección vasca era consecuencia de la política de apaciguamiento realizada con los nacionalismos. El presidente Zapatero felicitó al lehendakari por su triunfo y a los jugadores por haber hecho vibrar de emoción a los ciudadanos y ciudadanas de toda la España plural y polifacética, en un partido inolvidable y no exento de dramatismo. Bandas de seguidores de la selección vasca, es un suponer, armados con ikurriñas, incendiaron varias estafetas de correos y tres estancos. Jiménez Losantos, desde su púlpito en la catedral de Toledo, instó a las autoridades mundiales a anular el partido y a borrar todo recuerdo del mismo. Pedrojota, en El Mundo, culpó del desastre a que no jugara Raúl, icono de la buena España, y a que Esperanza Aguirre no fuese seleccionadora nacional. Mariano Rajoy proclamó que era un día triste, y pidió a los españoles de honor que cubrieran sus cabezas de ceniza, se vistieran con arpillera y peregrinaran a Covadonga, donde comenzó todo, porque era el momento de duelo y quebranto. Del Bosque fue obligado a presentar su dimisión, y los diarios deportivos cuentan que Javier Clemente puede ser el nuevo seleccionador nacional.  

 

El partido lo vieron trescientos millones de vascos, o descendientes de vascos, en todo el mundo. Todo un éxito, para la Cuatro.