Sexo y vestimenta

Magallanes

Al ser desterrados del paraíso, Adán y Eva empezaron a sentir vergüenza de que se vieran sus partes sexuales y como  Dios, inconsciente de su futura traición, los había creado sin pelaje ya que el paraíso tenía puesto el termostato en una temperatura agradable, fuera del paraíso empezaron a sentir mucho frío por lo que la hoja de parra no era suficiente vestimenta. Poco a poco, empezaron a rodearse de pieles de animales, ellos y su descendencia. Surgió entonces el problema de cómo distinguir el sexo de otros Cromañones que tenían delante, ya que la experiencia demostraba que no saberlo podía ocasionar malentendidos desagradables. Así la vestimenta empezó a diferenciarse según el sexo.

 

El sexo físicamente menos fuerte se dio cuenta de que la única manera de conseguir rebajar la superioridad del sexo físicamente más fuerte era vistiéndose de forma más aseada, mejor peinada y de forma que se viera que en vez de tener su pecho cubierto por una barba, lo tenía desnudo hasta donde se sitúan unos abultamientos que atraían mucho a los del sexo fuerte y más si se mantenían tapados aunque tampoco demasiado. Surgió así el escote.  

 

Las jóvenes vieron, además, que podían robarles a las más maduras sus hombres, si se ceñían la vestimenta que rodea a la cintura. En efecto, con los años, tanto ellos como ellas perdían una cintura más estrecha que el tórax y el abdomen y la estrechez de la cintura atraía también a los hombres. Surgió así la diferencia en cuanto a ceñir la vestimenta o no hacerlo.

 

Muchos siglos después, una vez reducida la mujer a las labores agrícolas y de manutención de la prole y domesticado el caballo, el hombre encontraba incómodo montar a caballo sin tener algo que protegiera sus partes, de modo que empezó a usar un calzón. Seguramente ello coincidió con el descubrimiento de fibras de origen vegetal que, junto con el descubrimiento de la aguja y el hilo, permitían elaborar una prenda que envolvía amorosamente las pelotas y el pene. Pero el calzón también podía prolongarse como tubo por cada una de las piernas evitando así el roce de la piel con el caballo y, protegiendo, además, del frío mejor que lo hacía la anterior túnica que, al sentarse en el caballo, quedaba arremangada. Surgió así el pantalón.

 

Vemos cómo en el imperio romano los senadores y patricios llevaban túnicas hasta los pies, igual que las matronas romanas, sin embargo, los militares, debajo de sus falditas cortas de flecos, llevaban un pantalón hasta la mitad del muslo. Algún historiador ha dicho que una de las cosas que más rápidamente aceptaron los bárbaros de los romanos fue este pantalón e incluso decidieron prolongarlo debajo de la rodilla, dado el mayor frío de las zonas que habitaban hasta la conquista total del imperio.

 

Pero el imperio oriental o Bizancio resistió el embate de los bárbaros. Hay maravillosos cuadros o mosaicos que muestran la corte de Justiniano y Teodora. Vemos que, en ellos, los hombres siguen utilizando túnicas hasta el suelo, por lo que sólo se distinguen de las mujeres por los peinados sofisticados que llevan ellas.  Incluso el Pope máximo de dicho imperio fue enviado al exilio por haber denunciado que, durante la misa, los hombres no atendían al culto porque los fastuosos peinados femeninos les distraían totalmente. En los cuadros de la Jura de Santa Gadea, se ve todavía a Alfonso VI y al Cid con túnicas que van hasta el suelo más o menos.  Es en el renacimiento cuando el hombre se despoja de la túnica incluso en los actos solemnes. Empieza a llevar una especie de pantalón corto con abultamiento esférico alrededor del abdomen, excepto en la zona correspondiente a sus partes, donde dejaban ver claramente el envoltorio que las cubría. No se sabe muy bien a que se debía este exhibicionismo. Parece ser que algo tiene que ver con que se empezó  a ver al hombre como centro del universo.  Las mujeres maduras, a su vez, resolvieron el problema de la competencia con las jovencitas por su pérdida de cintura estrecha, imponiendo la moda de ponerse unas faldas en forma de paraguas a todas las mujeres. En comparación con esa falda tan abultada, la cintura de todas ópticamente parecía estrecha.

  

Un par de siglos después, vemos cuadros de cortesanos o de músicos famosos, que llevan un pantalón no ajustado -no se ciñen las partes- que se resuelve en unas medias de seda debajo de la rodilla. Lo curioso es que, tratando de ser más elegantes, deciden esconder el trasero detrás de unas alas que son la prolongación de la chaqueta, a la manera de insectos con alas. Las mujeres siguen igual, pero las faldas pasan de ser abultadas sólo por los lados -tipo Austrias- a ser abultadas por todos lados -tipo Borbones-.

 

Llega la Revolución Francesa y hay un cambio radical en la moda. Anteriormente a la revolución, los hombres pobres (los sans culots) no se ponían medias por debajo de la rodilla dejando al resto de la pierna al descubierto. Poco a poco fueron aumentando la longitud de los pantalones -lo que hoy se llama pantalón estilo marinero- y, naturalmente, al ser guillotinada la aristocracia, la nueva burguesía naciente, por si las moscas, adoptó la vestimenta del pueblo. Surgió el problema de si el pantalón debía ser ajustado, mostrando bien el paquete, o no, como anteriormente. Prevaleció el criterio exhibicionista, la misma actitud que en el Renacimiento. Pero el recuerdo de la media de seda permanecía en el subconsciente. La solución fue meter el pantalón al final de la pierna dentro de unas estupendas botas que podían llegar casi hasta la pantorrilla. Los hombres, además, experimentaron una extraña necesidad de cubrir su cuello con ropa hasta la mandíbula y esto se notaba sobre todo en el abrigo, cuya solapa se prolongaba también hasta la mandíbula, de modo que de perfil era casi imposible detectar quien era el que iba dentro del abrigo. También se produjo una gran revolución en las mujeres. Sí, en efecto, imitando a las mujeres de clase baja dejaron de llevar faldas abultadas, pero he aquí que decidieron vestirse como las mujeres de la antigua Grecia, por eso de que la democracia la inventaron los griegos, subiendo la tradicional cintura estrecha hasta debajo de sus pechos, a manera de vistoso sostén. Un maravilloso ejemplo de todo esto, lo tenemos en el inmenso cuadro de la famosa coronación como emperador de Napoleón.

 

Pasó el tiempo y en 1848 se produjo, en todas las ciudades importantes de Europa, un segundo movimiento revolucionario. Fue un coletazo agónico en contra de la fatalidad histórica y  fue vencido. Cambió de nuevo la moda en las mujeres, que empezaron a llevar faldas abultadas y bajaron la cintura a su lugar físico. No ocurrió lo mismo con los hombres que ya no se desprendieron del pantalón. Poco a poco, además, dejaron de llevarlo ajustado y empezaron a llevarlo ancho y, finalmente, con pinzas que disimulaban todavía más al paquete. En las mujeres, empezó a ponerse de moda que el abultamiento trasero fuese mucho mas pronunciado que en las demás partes que rodean la cintura, dificultando que pudieran sentarse cómodamente. En las casas nobles se  habilitó un “rest room” para que las mujeres pudieran descansar desabrochándose el corpiño de esa moda tan estricta.

 

Llegó el Siglo XX y las mujeres abandonaron los abultamientos falderos. Las prostitutas empezaron a llevar faldas ajustadas al cuerpo, extendiéndose la moda al resto de las mujeres. Durante la guerra mundial del 14, las mujeres tuvieron que ocupar los puestos de trabajo de los hombres y actuar de enfermeras resultando que las faldas que llegaban hasta los pies no les permitían moverse con soltura y rapidez y, terminada la guerra, las mujeres empezaron a llevar falda hasta por debajo de la rodilla solamente.  

 

En la segunda mitad del Siglo XX empieza la revolución mas grande de la historia, concretamente la incorporación lenta pero sin pausa de las mujeres a todos los puestos de trabajo tradicionalmente destinadas a los hombres. Aunque ya habían empezado a utilizar pantalones antes, en el XIX la famosa escritora francesa George Sand es un ejemplo conocido, es a partir de dicha incorporación que empieza a ser normal que las mujeres vistan pantalones y lo hagan incluso más frecuentemente que la falda. En cualquier vagón de metro en las horas punta se puede ver que la mayoría lleva pantalones. Si bien en las películas de los años 50 vemos que el pantalón lo llevan  suelto en la entrepierna – Ava Gardner en Mogambo – , posteriormente se ajustó alrededor de todo el muslo al mismo tiempo que los pantalones acababan en  pata de elefante. A los hombres también se les intentó ceñir la entrepierna como si no tuvieran paquete, lo que resultaba muy incómodo.

 

La progresión laboral de las mujeres finalmente alcanzó a los cargos políticos y, además, se dictaron leyes para acelerar su ocupación de los mismos… Exceptuando Evita Perón, Indira Gandi, la Thatcher o Golda Meier, la mayoría han pasado a utilizar pantalones diariamente. Y finalmente, muchas han roto el protocolo que señala que en las ceremonias solemnes deben utilizar falda larga. Teresa Fernández de la Vega y Carme Chacón son dos ejemplos de ello.  

 

Ahora bien, la vestimenta de las mujeres sigue manteniendo un gran diferencial con la vestimenta del hombre, no solo por el escote y la cintura ceñida sino por la multiplicidad de colores y dibujos, con más adornos y trapos que los de la vestimenta de los hombres. La mujer, aunque puede ocupar todos los puestos del hombre, sigue queriendo ser atractiva para este. Desea atraerle no solo por su inteligencia, simpatía y capacidad profesional sino también con su vestimenta, peinados, escote y cintura. Así, las mujeres del primer gobierno socialista de ZP decidieron mostrar que no solo eran ministras de gobierno, sino que también eran distintas a los hombres y posaron todas juntas elegantemente vestidas para la revista Vogue. Fue algo muy original y muy criticado, como diciendo “si queréis ser iguales a los hombres en el trabajo tenéis que vestiros con sobriedad”.  Posteriormente apareció Rosa Díez en la portada de la misma revista, vistiendo traje de noche y luciendo aparatoso peinado, como si estuviera esperando a un caballero que la llevara a un baile de gala, probablemente en cumplimiento de un sueño de juventud no satisfecho. Más lanzada todavía que la anterior ha sido Soraya Sáenz de Santamaría que ha posado reclinada descalza vestida con traje de noche escotado y mostrando sus atractivas pantorrillas. No se sabe si en este caso habrá habido un deseo juvenil de emular a la maja vestida de Goya. En cualquier caso, todas ellas están en su derecho de mostrar sus encantos femeninos y de posar como les plazca.