Ser bestia o no ser: “El cojo y el loco “de Jaime Bayly

Frans van den Broek 

Para quienes estén familiarizados con sus novelas, la única sorpresa que le deparará la lectura de la última novela de Jaime Bayly, “El cojo y el loco”, será el hecho de que por primera vez una novela suya no incluya el destino de algún personaje al que pueda considerarse como un alter ego del autor. Este reconocimiento tiene como presupuesto una intimidad no sólo con las novelas, sino con el escritor mismo, algo que en su patria de origen jamás ha sido difícil, pues Bayly es tan conocido que desde hace un tiempo hasta se le pide que se presente a las elecciones presidenciales, algo de lo que Bayly, de momento, se burla. Dicho de otro modo, entre el autor y el hecho de escribir sus novelas se ha gestado una complicidad que las haría inexplicables si uno de estos factores estuviera ausente.

Jaime Bayly es un periodista peruano que entró en la escena nacional muy pronto, a través de la televisión, sobre todo como entrevistador en programas de corte político. Bayly procede de la burguesía limeña, como tantos intelectuales peruanos, y su apellido traiciona sus raíces foráneas. Sus primeras apariciones lo muestran como un mozalbete aplicado y serio, de porte atractivo e imberbe, algo vanidoso, tratando de impresionar en un medio en el que se pierden no pocas vocaciones. En cierto momento de su incipiente carrera se atrevió a preguntar al también joven Alan García, futuro presidente del Perú, por sus presuntas visitas a una clínica psiquiátrica, y si era cierto que debía tomar litio para estabilizar su personalidad (que sería bipolar tendente a la manía). El atrevimiento le valió su trabajo y el ostracismo durante mucho tiempo, ya que García ganó las elecciones y se embarcó en uno de las gestiones gubernamentales más desastrosas de las que el Perú tenga memoria, un país, como se sabe, proclive a gobiernos insulsos.

García tuvo que irse, sin embargo, exiliarse incluso y esperar su oportunidad en el limbo político. Bayly, en cambio, volvió a la escena, y lo hizo para quedarse hasta ahora y convertirse en uno de los personajes televisivos más queridos y vistos de la televisión peruana, algo que no es en sí mismo un halago, dada la calidad de la misma. Cuando volvió había abandonado la seriedad política y adquirido una nueva personalidad mediática, basada en la de entrevistadores famosos de la televisión americana, pero llevada a extremos que la mojigata moral del norte no permitiría. Se convirtió de pronto en el niño travieso de la televisión, entrevistando no sólo a políticos, sino sobre todo a personajes de la farándula, la cultura, el teatro o la música. Su estilo interrogatorio se hizo fresco, espontáneo, atrevido, indecente a veces, temido siempre por los entrevistados, y lleno de humor y doble sentido. Bayly jugó con el apetito peruano por el sensacionalismo y la sexualidad, y desde entonces, ya hace casi veinte años, no ha dejado de estar presente en la televisión, repartiendo su tiempo entre Miami y Lima. Hoy por hoy su programa se llama “El Francotirador”.

Pero Bayly tenía aún otra sorpresa que dar a sus compatriotas. Sin que se le conocieran mayores méritos literarios, publicó una novela que fue bien recibida por la crítica, pero que para muchos fue sentida como un escándalo. “No se lo digas a nadie” narra la vida de un jovenzuelo de la burguesía limeña, de evidente parecido con el escritor, que se embarca en una subrepticia vida de sensualidad y desenfreno, llena de cocaína y cinismo, al margen de los valores aceptados por su clase, y, para colmo, de sesgo homosexual, o, mejor dicho, bisexual, aunque con preferencia por el mismo sexo. No es difícil imaginar el efecto que esta revelación pudo tener en una sociedad todavía intensamente machista, aunque en inevitable proceso de cambio liberal. Signo de este cambio fue el hecho de que, a pesar de revelaciones tan incómodas, el público peruano aceptó al final las opciones hedonistas de su entrevistador preferido, y siguió visitando su programa. Sus novelas, además, se vendieron en miles y miles de copias; cuántas, no lo sabremos jamás, porque los piratas peruanos se encargaron de producir ejemplares casi perfectos que se ofrecían y ofrecen por las calles sin temor a ley de derechos de autor alguna.

 Pero el libro no sólo contenía revelaciones inusuales en el panorama literario peruano por su abierta sexualidad, sino ataques feroces y sostenidos a la burguesía de la que procede su autor. El padre del protagonista es presentado como un bruto sádico y racista, que llega a matar a un indio con su carro en la carretera central, sin que le importe el hecho en lo más mínimo. La madre es una cucufata del Opus Dei, asténica y neurótica, y los padres de la iglesia no dejan de molestar sexualmente a sus jóvenes fieles en cuanto pueden. En conjunto, el libro ofrece una imagen lamentable de las clases dominantes peruanas y también de la clase política (en una famosa escena, un senador de la patria se arrodilla en un servicio de algún club chic, para que uno de los jóvenes amigos del protagonista le pase algo de cocaína), y deja un sabor escéptico en la boca, aunque también el aire libertario y descreído de las nuevas generaciones, más preocupadas del placer que de las ideologías, y menos dispuestas a la brutalidad que sus predecesores. 

Varios libros han seguido a esta novela, pero la fórmula del primero se ha mantenido, esto es, la creación de un personaje similar al autor que atraviesa diferentes peripecias por los pasillos vitales de las clases privilegiadas y que vive su sexualidad homófila con desparpajo, pero no sin contradicciones. Esta fórmula ha sido criticada, a mi parecer justamente, por su repetitividad y carácter obsesivo, pero ha sabido dejarnos libros memorables donde lo personal se enhebra hábilmente con lo político, como en “Los últimos años de La Prensa”, a mi entender su mejor libro hasta la fecha.

 Este último libro representa, pues, un desvío de este patrón creativo, aunque conserva muchos elementos comunes a toda su obra. Hacer un análisis literario de la novela es quizá menos interesante que detenerse un momento en un par de cuestiones suscitadas por su lectura. El cojo y el loco son los apodos que tienen dos jóvenes de la burguesía limeña –la manzana no cae tan lejos del árbol, si se quiere- a quienes el destino ha tratado mal, muy mal incluso. Poner apodos es una costumbre que tiene que remontarse a los comienzos de la humanidad, pero en ciertas sociedades la costumbre está más arraigada que en otras. En Perú es una costumbre común, y suele venir con mucha desconsideración y hasta crueldad. Cualquier defecto físico le hace a uno acreedor de un apodo que nos lo recuerde. El chato será el apodo con que personas pequeñas serán estigmatizadas de por vida, o el chancho se aplicará a quienes hoy se llaman personas con obesidad. Manchitas puede usarse para una persona con vitíligo, o cara de marte para quien ha sufrido un acné devastador. Los hay peores, pero valgan los ejemplos. El cojo, por tanto, no es sino el apodo que el autor impone a un personaje que nació con una pierna ocho centímetros más corta que la otra, hayan lo que hayan hecho sus padres para remediarlo. Y el loco es el nombre que amerita un personaje al que se le va la cabeza, probablemente con algún mal psíquico congénito o hereditario, quien habla tan rápido que no se le entiende y está, a todas luces, majara. La novela narra sus historias paralelas, que sólo se cruzan en un breve y cómico momento crucial de sus vidas, pero sus destinos están ambos marrados por la invalidez. Nacidos con cucharas de oro en la boca, son víctimas del ostracismo por sus familias, quienes se avergüenzan de su mera presencia. Al cojo incluso lo mandan al extranjero a un internado, y es sodomizado por marineros borrachos en el trayecto de ida. El loco crece en una hacienda de un pariente, agobiado por sus urgencias sexuales y la inactividad.

Suceden muchas cosas en esta breve novela, pero todas se dirigen hacia el fracaso final de ambos. El cojo se ha convertido, a raíz de su invalidez y sus experiencias dolorosas, en una bestia dispuesta a vengarse y a nunca más dejarse joder. El loco sólo quiere que lo dejen en paz, y no se acomoda a ningún arreglo social conocido, aunque logra casarse con una gringa a la que ha impresionado con su fabulosa verga en un encuentro en el río de la hacienda donde vive. El cojo se ha hecho adicto al ejercicio, las motos y las armas, además de al trago, al sexo mecánico y a no hacer nada. Se pelea con su padre varias veces, con violencia incluida, pero se enamora también de una mocosita dulce y virginal, a quien termina violando de forma sádica. Sin embargo, por esos giros estrambóticos de la novela, la mocosita decide servirle y amarle, dado que Dios le ha deparado ese destino aciago como un signo de su abnegación y capacidad de sacrificio. El loco descubre un día que su propio padre se quiere follar a la gringuita, y los encuentra en pleno acto de felación, por lo que se harta, deja a su familia, roba un banco y se larga a la sierra peruana a vivir como un eremita y olvidarse del mundo, sólo para ser encontrado por una pareja de chalados holandeses que lo toman por un semidios indio. Ambos, como dije, acaban mal, pero le dejo al lector el placer de descubrir cómo.

El tono de la novela es adecuado a su tema, y combina el estilo narrativo terso que se le conoce a Bayly de otras novelas con el lenguaje procaz de la burguesía limeña más despreciable. El libro está escrito, en realidad, en peruano, aunque con algunas concesiones a su lector hispanohablante en general. Ciertas palabras y frases, y sus muchas asociaciones y connotaciones, el tono con que suelen pronunciarse y la historia de su aparición, son intraducibles, y me imagino que el lector peruano gozará más de esta novela que el español. Los personajes ejemplifican ciertos valores atávicos de la clase alta, machista y racista, y convencida de su superioridad, y totalmente inescrupulosa. Pero también los valores de una generación más joven a la que los frenos de la religión ya no estorban. Varias escenas de la novela tienen lugar en la iglesia, como cuando el cojo se mete en ella con su moto para impresionar a su futura esposa. Aunque el humor negro sabe sostenerse, acaba por cansar, por lo que la decisión de hacer una novela corta es acertada. El humor y las peripecias de los personajes llevan a la novela a la inverosimilitud, que se compensa por el carácter esperpéntico de toda la obra. El lector entiende muy rápido que se trata de una caricatura de un orden social corrompido por valores contradictorios y opresivos. Pero si el humor cansa, el lenguaje cansa aún más. El uso constante de malas palabras, de frases brutales y de interjecciones e insultos, acaba por restarles efectividad. Al final da la impresión de un juego adolescente tratando de espantar a los burgueses. Y esto entronca con lo que dije al inicio sobre la complicidad entre su audiencia y el autor, algo necesario, pero peligroso, si uno se entrega solamente al juego de espejos que esto puede representar.

 Porque este es el problema de la narrativa de Bayly. Mientras que nadie puede negar su buen temple narrativo, su creatividad y humor, uno termina preguntándose cuándo se va a cansar Bayly de hacerse el niño malo e irreverente. Por suerte, esta última novela, repito, no trata de sí mismo deferidamente, aunque no evita quedarse en su terreno más familiar, el de la burguesía limeña. Algunos temas son valiosos y merecen una aproximación humorística, pues suelen llevarse a la literatura con solemnidad y moralismo, como el de la invalidez. Y todos sabemos que los valores de la clase alta limeña y sus vástagos no han desaparecido ni van a desaparecer, por la sencilla razón de que son modos desagradables de la conciencia humana, aptos a volver en nuevas encarnaciones. Por ello, la novela tiene un valor allende sus fallas, y además se lee con facilidad. Le asegurará al lector una tarde o dos de entretenimiento. Pero no es para almas sensibles, ni para quienes crean que el sadismo, el dolor o la brutalidad deben usarse con mesura y balanceados por un contexto que los haga significativos. Es de esperarse que Bayly encauce su energía narrativa a empresas que estén mejor estructuradas en este último sentido.