Sentimientos

Marta Marcos

Tengo la imperiosa necesidad de ordenar los sentimientos que se me han juntado desde hace un año, año y medio, desde la declaración de la tregua de ETA, desde el atentado de Barajas, y desde la ruptura, digamos oficial, de ese alto al fuego. Trato de mantener la cabeza fría, y el corazón caliente, para lograr un poco de perspectiva, y pensar con un poco de sentido sobre el terrorismo, sin olvidar la cercanía con las víctimas y con los perseguidos.

 

El otro día, cuando tuvo lugar el atentado en Bilbao, del que, por fortuna, el escolta salió vivo y sin heridas de gravedad, caí en la cuenta de que, por desgracia, junto a los sentimientos de horror, pena, y, en este caso, alivio, se manifestaron con toda su crudeza, sentimientos de hastío, aburrimiento, y, en el caso de las declaraciones de los políticos, indiferencia. Es posible que tuviera el día tonto, no lo niego, pero no puedo por menos de plantearme de qué manera particular me afecta el terrorismo, sobre todo en estos últimos tiempos.

Esperanza: eso sentí cuando la declaración de ETA de alto al fuego. Una esperanza con cierta mezcla de escepticismo, pero esperanza, a fin de cuentas. El deseo de que nadie más sufra lo que han pasado tantos fue, en aquellos momentos, más poderoso que las reticencias ante el hecho de encontrarnos con fanáticos que perdieron hace tiempo toda capacidad de razonar y de empatía con los que piensan diferentes.

 

Desconcierto: ante las primeras manifestaciones de desacuerdo con el proceso de paz, ante los rumores, un tanto disparatados, de que se había cedido ante las pretensiones de los terroristas. Hubo una época en la que me parecía que todo el mundo sabía algo que nadie me había contado. Se empezó a difundir la idea de la rendición y pronto se dio por sentado, de forma más o menos interesada, entre determinados sectores sociales. En realidad, la fuente de la que bebían muchos era el diario Gara, lo cual no deja de tener su miga.

 

Desasosiego: ante las acusaciones de traición a todo el que se mostrara más o menos entusiasmado ante lo que podría haber sido una oportunidad de acabar con un quebradero heredado de la dictadura. De repente, todos lo que dijeran, aunque fuese de manera muy prudente, que merecía la pena intentarlo, aunque eso no implicase, ni mucho menos, ceder ante pretensiones absurdas sobre una presunta Euskal Herria, se convertían automáticamente en sospechosos de simpatías filoetarras.

 

Tristeza: por el atentado de Barajas, por el fin de la tibia esperanza, y por no ver el final de todo este podrido asunto que tantas vidas ha costado ya.

 

Indignación: por las muchas calumnias que se vierten, las muchas tonterías que se dicen en relación al Presidente del Gobierno. Casi todos los ataques van dirigidos a él, y se han llegado a decir verdaderos disparates. En fin, parece que algunos inasequibles al desaliento no van a dejar que el hecho evidente de que el proceso terminó porque el Gobierno no cedió a las pretensiones de los terroristas les estropee una buena burrada.

 

Hastío: esto no tiene arreglo, las posiciones se encuentran, en muchos casos, en enconadas entre los propios demócratas, el lehendakari desvaría, el único dirigente razonable, al menos en apariencia, del PNV tira la toalla, y los oportunistas brotan como setas.

 

Por lo demás, el hecho mismo de que el atentado estuviera dirigido contra un escolta, me ha hecho pensar, una vez más, en todos los van escoltados en el País Vasco. Es un aspecto del conflicto que siempre me ha impactado mucho, y que da idea de que, en cierto modo, los terroristas han logrado imponer la sensación de que están en todas partes, de que en cualquier momento podrán cumplir con su objetivo. Tengo la impresión de que esa sensación de omnipresencia va a resultar muy difícil de eliminar por completo.

 

Sin embargo, y pese a las malas noticias, todavía existen razones para la esperanza. A los terroristas les resulta cada vez más difícil atentar, su apoyo social disminuye, y hasta ahora (crucemos los dedos, toquemos madera), apenas han podido salirse con la suya. Respecto a esto último, es cierto que no sabemos por cuanto tiempo. Pero los indicios parecen apuntar a un debilitamiento general de una banda que se encuentra en las últimas. Habría que saber cuánto podrá durar su agonía.

 

En fin, y si me permiten la cursilería (total, está todo el mundo de puente), confío en que algún día pueda sustituir toda la lista anterior por una sola palabra: felicidad.