Sentido de la responsabilidad

Millán Gómez

El juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco ha determinado que existen indicios de una “cooperación gubernamental venezolana en la ilícita colaboración entre las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y eta”. Con todas las reservas que se pueden tener sobre este tema, la noticia ha desatado un polvorín notable. Que un gobierno democrático ampare y colabore con una organización terrorista es un insulto a la inteligencia y una de las peores gestiones que puede realizar. Y mucho más cuando se produce entre dos países hispanos y teóricamente hermanos como son España y Venezuela. Hay que tener mano izquierda en este tema pues no podemos obviar la presunción de inocencia pero algo huele a podrido cuando el presunto cooperador con organizaciones terroristas, en este caso Venezuela, se cierra en banda y no quiere dar explicaciones. Si Caracas considera que estos indicios no tienen base alguna que lo argumente. Debe defenderse de estas acusaciones pero enrocarse en el victimismo no sirve para restaurar su reputación. Es más, hurga en la herida y aumentan las sospechas.

El Gobierno español está en la obligación de exigir explicaciones a Caracas. Lo contrario sería una irresponsabilidad. Si “exigir responsabilidades” es un concepto cuyo significado denota un mayor autoritarismo en el Caribe que en España no impide que el Ejecutivo español tenga que demandar una respuesta honesta y rápida del gobierno venezolano. Si las palabras formuladas en un primer momento no son las adecuadas pues perfecto. Que cambien las formas pero no el fondo. No nos liemos en tortuosos debates semánticos que no conducen a nada que no sea irnos por los cerros de Úbeda y perpetuar un asunto que, en caso de que ambos gobiernos actúen con sensatez, no significaría nada más que un problema con solución. Para ello, ambas partes deben actuar con sentido de la responsabilidad. Esto es, el Gobierno español solicitar una respuesta formal y el ejecutivo venezolano argumentar su posición y defenderse de los indicios investigados por la Audiencia Nacional en la persona de Eloy Velasco.

Las relaciones internacionales exigen de gran mano izquierda. Moncloa tiene capital humano más que suficiente para tratar este tema con seriedad, sin nocturnidad ni alevosía. Sólo falta que lo utilicen. Pero, por favor, no continuemos con el mayor problema de este Gobierno en los últimos tiempos: la constante contradicción interna entre algunos de sus miembros. Asimismo, la derecha mediática debería aprender que estos conflictos forman parte del gaje del oficio político. Responder de forma bravuconada y altiva no conduce nada. Bueno sí, a colocarnos en un rincón de la historia, allí de donde nos quería sacar, por lo visto, el profesor de Georgetown.

Tampoco se entiende que Izquierda Unida (IU) diga que Venezuela no tiene por qué dar explicaciones puesto que “no hay pruebas ni indicios”. Yo pensaba que en un Estado de Derecho quien tiene que determinar las pruebas y los indicios es el poder judicial pero ayer Llamazares nos ha actualizado. Le agradecemos el gesto. ¡Qué equivocados estábamos! Ahora se entiende por qué una formación que actualmente tiene todo en su mano para ganar adeptos no consiga presentarse ante la sociedad como una alternativa al socialismo. Cuando uno le ríe las gracias a un presidente legítimo (que quede claro) pero con actitudes más propias de dictadores que de demócratas es que algo funciona mal.

La política es el oficio de resolver los problemas de los ciudadanos y mejorar su bienestar. La solución a mucho de los problemas pasa, a veces, por el camino más fácil y directo. La Justicia considera que hay indicios de un delito que si realmente se confirma es motivo más que suficiente para romper las relaciones bilaterales entre dos países que deberían ser hermanos y caminar juntos en muchas materias pero no a cualquier precio. Quien en democracia se niega a dar explicaciones demuestra que tiene un sentido muy limitado de la transparencia que debería caracterizar la gestión pública. Mal actúan también quienes salen a la palestra pública raudos y veloces para presentarse ante el pueblo con una defensa a ultranza de cuestiones indefendibles y, en cambio, miran para otro lado cuando realmente tienen que dar un puñetazo (metafóricamente, se entiende) en la mesa. El Gobierno tiene que exigir explicaciones (que utilice el vocabulario de la forma menos dañina posible y respetando las variedades lingüísticas), Venezuela tiene que responder con seriedad y sentido de la responsabilidad e Izquierda Unida actualizarse pulsando F5. La desafección política viene también determinada por quienes se empeñan en introducirse por el laberinto del Minotauro cuando en muchas ocasiones la línea recta es la solución más útil.