Señas de identidad

Arthur Mulligan

Un día después del fallecimiento de Juan Goytisolo la lectura   de un artículo necrológico sobre su figura por parte de  Mario Vargas Llosa  para el diario El Paìs  me produjo el desagrado que acompaña la crítica desabrida hacia lo que amamos sobre todo cuando viene desde  una sólida posición y te deja sumido en el desamparo de la insignificancia. 

Como buen necrólogo, Vargas Llosa se atreve a vaticinar los estados de ánimo del fallecido con un « creo que su pro­pio fi­nal re­vol­to­so, en­re­da­do y tra­gi­có­mi­co no le hu­bie­ra dis­gus­ta­do» ,  dicho con el tono y desparpajo de una especie de  Virgilio que acompaña a Goytisolo en la intimidad de sus últimos momentos.

Más adelante no deja de admirar su obra menos brillante, siempre con un punto de condescendencia para una obra aseada y darle ( darnos )  los siguientes estacazos en donde más duele, en la parte que  los lectores aficionados a su obra consideramos su mejor aportación literaria y moral: «En Se­ñas de iden­ti­dad, Rei­vin­di­ca­ción del con­de don Ju­lián, Juan sin Tie­rra, Mak­ba­ra y otros li­bros (sic) , in­ten­tó rein­ven­tar­se li­te­ra­ria­men­te, en­sa­yan­do una pro­sa re­bus­ca­da y li­túr­gi­ca, de lar­gas sen­ten­cias y es­truc­tu­ras ga­seo­sas, en las que las in­cier­tas his­to­rias pa­re­cían pre­tex­tos pa­ra una re­tó­ri­ca sin vi­da. Creo que se equi­vo­có y es pro­ba­ble que de esos li­bros im­po­si­bles só­lo que­de el re­cuer­do de las im­pre­ca­cio­nes con­tra Es­pa­ña, re­cu­rren­tes y atra­bi­lia­rias.»

A pesar de todo, en especial la indelicadeza celosa del autor de “Pantaleón y las visitadoras”, estas críticas no pudieron ni borrar la sugerente portada de  aquella edición de “Señas de identidad” en la colección Biblioteca Breve de Seix Barral en la que aparecen superpuestas las  fotos  de un joven encorbatado -a modo de ficha policial- inscritas en la silueta de la península ibérica, ni mucho menos variar  un milímetro el interés que despertó su lectura; con todo, no me mueve tanto el interés por la valoración crítica y comparada de ambos autores cuanto la significación que adjudico a esta admirable obra en un momento en el que se trafica por el hampa nacionalista con  identidades unívocas, redondas y en una sola dirección.

Juan Goitysolo consideraba que con esta obra comenzaba su edad adulta y confesaba su intención de «devolver a la literatura algo distinto de lo que recibiste. Sin la idea de novedad no hay obra verdadera, y yo no había roto con el canon literario».

Contrariamente  a lo que piensa  Vargas Llosa, su obra anterior, la del “realismo voluntarioso, transparente y bien trabajado”, no significaba más que la decencia correspondiente a unos medios de información que no podían expresarse en su momento. Ahora bien, el libro no es un ensayo. Es la reflexión de un protagonista que toma conciencia de la violencia extrema de una realidad esquizofrénica y el esfuerzo y la energía individual para restablecer la deseable y desgastada  poesía de la vida, que incluye el respirar la neutralidad de lo cotidiano y dar la espalda a los intentos de asfixiarla con adhesiones inquebrantables, como las solicitadas por el nacional catolicismo entonces (y un catalanismo montaraz ahora, añadiríamos nosotros).

Aunque Juan Goytisolo se ha retratado en sus novelas y artículos, es en sus Memorias donde se describe mejor: «Castellano en Cataluña, afrancesado en España, español en Francia, latino en Norteamérica, nesrani en Marruecos y moro en todas partes, no tardaría en volverme a consecuencia de mi nomadeo y viajes en ese raro espécimen de escritor no reivindicado por nadie, ajeno y reacio a agrupaciones y categorías».

Pero más allá de las circunstancias personales del autor y de su voluntad de indagar en los recursos técnicos y expresivos que mejor convengan a su arte, algo común a figuras como Marsé, Benet y Martín -Santos, se sitúa el hecho esencial de su rebelión contra el azar cuando afirma que «crecer en la España de la posguerra puede considerarse equivalente a nacer con una discapacidad».

Rebelarse contra un comunitarismo coincidente en último término con el nacionalismo, necesita la ruptura de la narración uniforme y dominante con los únicos instrumentos del lenguaje de artista que al renovar sin cesar sus formas para adecuarlas a la complejidad de las relaciones que describe, logra a través de las muchas y distintas voces  recomponer y liberar  la conciencia que se ocultaba en la rigidez del formato precedente, como en mi opinión sucede en este pasaje de la novela , cuando observa a sus compatriotas en París:

« Los recién llegados de la primera capa venían deslumbrados por el mito enteramente fabricado de París y el llamativo barniz de la anémica cultura francesa, ávidos de amores, experiencias y lecturas y, como el propio Álvaro en la época de su encuentro con Dolores, dividían sus horas libres entre las retrospectivas de la Cinémathèque ,  la representaciones para estudiantes del T.N.P.  y las conferencias sobre arte y literatura de la Sorbonne , enamorándose de todas las muchachas rubias del Quartier Latín  y de la Cité Universitarire, felices de vivir en un lugar en donde el amor era cosa posible, pasmados de la profunda libertad e independencia de la mujer francesa ( o alemana o escandinava ) , esforzándose en articular de modo correcto un idioma cuyos clásicos devoraban en serie en su deseo de colmar rápidamente las lagunas de una cerril  formación ultracatólica, hasta el día fatal en que descubrieran a costa de sí mismos el viril orgullo racial del hombre español, aterrados de pronto por la escandalosa infidelidad de la mujer francesa ( o alemana o escandinava ) que olvidaba de la noche a la mañana las encendidas promesas de amor y los juramentos eternos para caer- cosa inconcebible- en brazos de un estudiante italiano con pinta de marica o de un sólido y negrísimo becado oriundo del Togo o el Camerún,     dejándolos sumidos en un abismo de celos , amor propio herido y despechada amargura y abriéndoles bruscamente los ojos acerca de la verdadera índole de la mujer francesa  (o alemana o escandinava ) , tan distinta de la seriedad y fortaleza característica de la hembra hispana,  descubrimiento que arrastraba consigo la desmitificación de los restantes valores y ponía a la sociedad francesa en bloque en el banquillo de los acusados».

“Señas de identidad” envejece bien, como corresponde a las grandes novelas que lo son, entre otras cosas, porque continúan exhalando ese indefinible perfume que al envolvernos transforma nuestra capacidad sensorial, mejorándola.

Su radical individualismo y su insobornable verdad nos hacen mejores.

Confundir la obra con el autor es propio de chismosos, algo que jamás soportó el gran Marcel Proust  y  creo que, inexplicablemente, es en lo que cayó el autor de la excelente Conversación en la Catedral, quien tiene todo el derecho a juzgar los desvaríos políticos o existenciales de un autor sin comprometer la honestidad de la crítica para con su obra , pecando de ligereza.

Y es que en el momento político presente, cuando la tendencia general es defender desde el poder las identidades colectivas y de la que Cataluña sería una manifestación  extrema, rescatar los valores de la literatura y por extensión de todo arte , algo que con frecuencia  requiere la colaboración personal de un proyecto autónomo por parte del lector o espectador, ayuda a templar gaitas y poner en cuestión , por ejemplo, la forzada tendencia de considerar lenguas propias de los ciudadanos incluso  aquellas que ni tan siquiera hablan.

 

 

 

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