Semillas de rencor

Sicilia

En la segunda mitad de la década de los 90, John Singleton, director negro americano de cine independiente, describió en la película del mismo título de este artículo, cómo la exclusión o vulnerabilidad social hacía presa fácil a algunas personalidades de ideologías simplistas y extremas, pudiendo transformar a jóvenes aparentemente normales en víctimas y simultáneamente, en instrumentos del odio racial. En los Estados Unidos son más constantes las consideraciones acerca del equilibrio delicado que hay que mantener en una sociedad con gente proveniente de diferentes etnias o culturas. Se les atribuye pues, cierto tiento a la hora de manejar potenciales conflictos.

Sin embargo, la realidad se giró para morder en  la tragedia de Tucson del pasado fin de semana. No es la primera vez que en Estados Unidos experimentan situaciones similares, no es la primera vez que un perturbado armado carga contra una multitud. En los últimos cuatro o cinco años, sin escarbar demasiado en las hemerotecas, puede recordarse la matanza perpetrada por un  soldado médico de origen árabe en Fort Hood, o la masacre causada por un estudiante de origen coreano en la universidad donde estudiaba. Remontándonos algo más en el tiempo, Timothy Mc Veigh voló en Oklahoma un edificio federal en los 90 causando en torno al centenar de víctimas.

Asimismo, tampoco es la primera ocasión en la que se perpetran agresiones contra personalidades políticas prominentes. También a vuelapluma pueden citarse los casos de  los hermanos Kennedy, Martin Luther King Jr. y Ronald Reagan.  En Europa no hemos podido escapar del horror magnicida: Olof Palme, Anna Lind, e incluso puede ser incluido en esta categoría Silvio Berlusconi, sufrieron atentados a manos de perturbados con diferentes consecuencias. 

Todos los hechos anteriores tienen en común el hecho de que su causante fue una persona inestable mentalmente, un excluido, un “loco solitario” que trata de ajustar cuentas con algo o con alguien, llevándose por delante a personas comunes de su entorno. No es infrecuente que cuando se trata de magnicidios se encuentre imbricado en la casuística del asesino la pertenencia o la adscripción ideológica a grupos  extremistas.  Inestabilidad, infelicidad y fomento del odio son combinaciones potencialmente peligrosas.

Sin embargo, el crimen de Tucson tiene una lectura más inquietante que todos los demás casos citados.  Haciendo abstracción de la personalidad del sujeto, esta vez el viento en las velas no se lo proporciona únicamente la cacareada lectura de libros de Nietzsche, o del Mein Kampf (todos unos clásicos de “Biblioteca Psicópata”), ni tampoco su pertenencia a grupúsculos más o menos coloristas de tiente racista o similares.

El problema y la diferencia macabra entre James Earl Ray, Timothy Mc Veigh, Sirkham-Sirkham y otros, respecto de Jared Loughner, es que no le ha hecho falta  acudir a fuentes recónditas para verse inmerso en un clima que condena, deshumaniza y denigra a un grupo determinado hasta niveles aberrantes. Ya no. Solo tenía que oír determinadas y muy exitosas cadenas de radio y televisión, o escuchar a respetados y prominentes próceres nacionales para recibir una dosis de contenidos presuntamente intelectuales y presuntamente políticos de un alcance destructivo repetidamente menospreciado.

Es evidente que Loughner es un loco, pero por desgracia también debería ser evidente que sus contenidos ideológicos no son minoritarios. Cuando la radicalidad y el extremismo se hacen norma, y tienen hermosa respetabilidad y acomodo social, ¿pueden seguirse llamando “radicalidad” y “extremismo”? En Estados Unidos se llaman Tea Party, y les va de maravilla.

Es alarmante que la aberración y el exceso se hayan hecho cotidianos, y que la intolerancia y el odio en la manera de comunicar sean blasones que lucir, en lugar de baldones de los que avergonzarse. Dicen que posiblemente el atentado de Tucson sirva para llamar a la reflexión acerca del qué se dice y el qué se alienta, ojala sea verdad.

Sin embargo, esta tendencia no es algo que pertenezca en exclusiva a la sociedad americana. Dentro de la vida pública nacional, para desgracia nuestra, el mismo germen se ha instalado y ha crecido poco a poco y de manera incesante desde hace unos años.

A raíz del 11-M, Pilar Manjón declaró en la comisión del Congreso delante de un Zaplana que leía ostensiblemente el periódico, y al salir fue increpada por algún elemento con la frase terrible “meteros a vuestros muertos por el culo”. En medios públicos de gran tirada se acusó en voz alta al PSOE de haber colaborado en la organización de los atentados. Con respecto al terrorismo etarra, lo que se ha oído y leído es tanto y tan grave que si se viera cambiando fechas, países y autores de las declaraciones, sería casi novelesco e imposible de creer. Asimismo, no ha habido problema en acusar de uso ilegal y sistemático de las instituciones del Estado en temas como Sitel o Gürtel, y como remate y estrambote, puede verse cualquier día Intereconomía o Telemadrid para darse una buena ración de insensatez.

Porque es insensatez, ante todo y sobre todo insensatez, y luego, al fondo y rascando con buena voluntad, se encuentra un fondo, un poso, un disfraz o un aroma de crítica política. Como en los cigarrillos, lo que menos contiene es tabaco.

La reflexión a realizar, aquí y en Estados Unidos, corresponde a los que usan y abusan, en este caso son sinónimos, de esta manera de comunicar y de esta manera de vivir.

La moderación y el ponderar lo que se dice, el pensarlo dos veces, el respeto a la condición humana del adversario, no son únicamente valores estéticos, son herramientas fundamentales en la convivencia. No es nuevo, en La Mancha hay un dicho popular desde generaciones que reza: “hace más una mala lengua que el cuchillo de un verdugo, el cuchillo mata a uno, una lengua mata al mundo”.

 A veces parece mentira que lo obvio se haya vuelto lo radical, mientras que lo radical se ha vuelto, desgraciada y trágicamente, cotidiano. Señores, usen la cabeza, que aunque los hechos siempre son complejos, la mente humana es un misterio y la locura siempre existe, queda a los cuerdos responsabilizarse del humus en que todos germinamos.