Semanas cruciales para Europa

LBNL

A finales de la semana pasada, los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea trataron en Bruselas  tres cuestiones vitales para el futuro de Europa, a corto, medio y largo plazo: el terrorismo yihadista, Ucrania y Grecia.

Los ataques de Copenhague del fin de semana ilustran – por si hiciera falta – la intensidad de la amenaza yihadista, que no es nueva – como bien sabemos en España desde el 11-M – pero que se ha recrudecido significativamente en los últimos tres años, desde el inicio de la guerra civil en Siria, y especialmente desde su extensión a Irak y la emergencia del ISIS, una escisión de Al Qaeda.

Es un problema que no tiene solución a corto plazo pero que sí puede contenerse de forma mucho más efectiva si las fuerzas de seguridad europeas son capaces de coordinarse más eficazmente. Se trata de que funcionen a nivel europeo con la misma coordinación que las diferentes fuerzas de seguridad de cada país a nivel nacional. Es indignante que tenga que morir gente para que se den pasos tan obvios como compartir la información sobre sospechosos y, desde luego, condenados por yihadismo. Lo cierto es que no se hace. Además, es necesario mejorar también en otros ámbitos, como la prevención, para evitar que los inmigrantes árabes de segunda y tercera generación se vean fuertemente empujados hacia la marginalidad, o la cooperación anti terrorista con algunos países clave – Turquía, Arabia Saudita…

Lo de Ucrania es otra cosa. Es ya evidente que Rusia, que Putin, ha lanzado un órdago para conseguir por las malas lo que por las buenas no ha podido: que Occidente no se extienda al antiguo territorio soviético (con la excepción de los tres bálticos, que ya están integrados). Entre el primer acuerdo de Minsk y el segundo que, in extremis, Merkel y Hollande le arrancaron a Putin el jueves pasado, la línea de cese el fuego se ha desplazado considerablemente hacia Kiev. Los separatistas han ganado terreno y, pese al incumplimiento de Minsk I, la UE ha optado por tratar de congelar el conflicto donde está, dándole una nueva oportunidad a la diplomacia. Son escasas las esperanzas de que el frágil alto el fuego que entró en vigor este fin de semana vaya a mantenerse. Por si acaso, la UE mantiene todas las sanciones sobre Rusia, hoy aumenta la lista de rusos y pro rusos sometidos a sanciones individuales y está decidida a aplicar sanciones económicas a Rusia todavía más fuertes si también se salta Minsk II a la torera. No son palabras huecas. Rusia tiene capacidad de resistir, pero no por demasiado tiempo. Otra cosa es que Ucrania esté todavía peor, siempre al borde de la quiebra pese a los ingentes paquetes de ayuda macro financiera que Occidente no deja de prestarle.

La amenaza es de órdago – nunca mejor dicho – y si bien no es de recibo tratar a Rusia como a un país cualquiera – porque no lo es y tardará mucho en llegar a ser un país normal – tampoco cabe consentir que ponga fin a los principios que han preservado la paz en Europa durante las últimas décadas. No se puede consentir la invasión de un país vecino y la anexión de parte de su territorio. Las espadas están en alto y nos va mucho en ello. Lamentablemente dependemos de Putin que, de momento, está encantado con su alta popularidad en casa y cree poder capear el temporal de las sanciones, fuertemente incrementado por la bajada del precio del petróleo.

Por último, Grecia. Aquí no hay actores externos. Es un problema puramente intra europeo. Puede que Grecia no debiera haber entrado nunca en la Unión Europea o en el euro, pero lo cierto es que lo hizo. Si de aquí a final de mes no recibe una inyección adicional de varios miles de millones de euros, no podrá hacer frente al pago de 6.000 millones que vence a mediados de marzo. En principio iba a recibir algo más de 7.000 millones este mes, pero el Gobierno de Tsipras y Varoufakis se ha negado a hacerlo porque no están dispuestos a aplicar las reformas que la UE le exigiría en contrapartida. Ya no piden una quita de la deuda total pero si la conversión de al menos parte de la misma en bonos ligados al crecimiento. Es decir, pagaremos más o menos rápidamente en función de cuánto crezcamos. Entre tanto, seremos mucho más duros que cualquier Gobierno anterior en atajar el fraude fiscal, la corrupción, el clientelismo y otros muchos males de la sociedad griega. Además, promoveremos activamente el crecimiento económico. Todo ello permitirá gastar menos y crecer más y por tanto pagar la deuda, lo que hoy está más que en duda. Ahora bien, para formular una propuesta concreta y negociarla con los acreedores europeos, hacen falta unas cuantas semanas, quizás unos pocos meses, y por tanto es necesario un crédito puente que permita evitar el impago de la deuda.

La reunión del Eurogrupo de la semana pasada terminó sin acuerdo. Vuelven a reunirse hoy. Entre medias, los jefes de Estado y de Gobierno prefirieron no tocar el tema. Excepto Tsipras, que expuso sus argumentos convincentemente. Los adalides de la austeridad no dan muestras de ceder. Al contrario, el BCE cortó la financiación a los bancos comerciales griegos al dejar de aceptar como garantía sus títulos de deuda griega. El BCE no tiene obligación de aceptar las garantías que no considera como tales, pero es evidente que la decisión es política – algo inaceptable dado el mandato exclusivamente tecnocrático del Banco – porque la deuda griega no sería menos segura si la UE aceptara extender un crédito puente y negociara con calma.

Lo lógico sería que se alcanzara un acuerdo que evite la catástrofe. Catástrofe para ambos. Si Grecia hace default, se hunde, tiene que imponer un “corralito” y se vería obligada a reimponer la dracma para poder seguir funcionando. Dada la magnitud de sus deudas, igual no le iría mal, porque podría empezar de cero, eso sí, sin muchos amigos, especialmente entre sus acreedores europeos, que le seguirían exigiendo el pago, en euros. La situación sería mucho más compleja que cuando el default argentino porque los tenedores de la deuda griega son principalmente sus socios en la UE. Son por tanto los que más tienen que perder con un impago griego. En concreto, España perdería los 34.000 millones que le ha prestado a través de la UE y el FMI. Peor aún, España tendría que aportar varios miles de millones de euros para reponer el capital del MEDE – el instrumento de la Unión que financia los rescates. Es decir, 34 mil a provisionar y unos 8 mil a apoquinar. Eso sin contar con los 50.000 millones prestados por el BCE, que también son de todos y también se verían amenazados. Porque si Grecia tiene dificultades para devolver la deuda dentro del euro, mucho más estando fuera y funcionando con dracmas fuertemente devaluadas. 

Lo del terrorismo yihadista no tiene solución a corto plazo, pero se está y se seguirá mejorando en el combate contra la amenaza. El pulso con Putin depende fundamentalmente de si se aviene a entrar en razón. Lamentablemente la hipótesis más probable es que la situación se enquiste, con Rusia manteniendo un grado de inestabilidad razonable en Ucrania, suficiente para impedir a esta lanzarse en brazos de Occidente pero de baja intensidad, para que los europeos que más pierden con las sanciones aboguen por ir retirándolas. Lo de Grecia es mucho más urgente y aunque no hay sangre en la mesa, el daño al proyecto europeo puede ser definitivo. La UE es un proyecto político, en el que se entra pero para el que no hay viaje de vuelta. Al menos de momento. Si Grecia sale, o se hunde dentro de la Unión sin ayuda de sus socios, luego podrían salir Chipre, Eslovenia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, etc. Razones han dado y volverán a dar. Nuestros líderes deberían ser plenamente conscientes de lo que está en juego. Lamentablemente no estoy seguro de que lo estén a juzgar por algunas cosas que escucho al estilo de “ya cederán en cuanto sientan la presión de los mercados”…

Como decía, semanas cruciales para el futuro de Europa. Atentos.