Segundas partes pueden ser mejores

Barañain

No es que uno sea un mitómano, pero formando parte de lo que se consideró la última generación del antifranquismo, cuya educación político-sentimental estuvo tan marcada por el  traumático final de la experiencia socialista chilena de Allende  en 1973 (me gustaría poder decir que “parece que fue ayer” pero es una eternidad el tiempo transcurrido) no podía resultarme indiferente la escena del traspaso de poder en Santiago de Chile del conservador Sebastián Piñera a la socialista Michele Bachelet, con Isabel Allende –flamante presidenta del senado- haciendo de maestra de la ceremonia.

Acostumbrados a los cantos de sirena del izquierdismo con rasgos indigenistas, rayada melodía antiimperialista, gestión  ineficiente  y vocación autoritaria, tan recurrentes en la América Latina, apenas hemos prestado atención a la izquierda democrática (en Chile, pero también en  Uruguay, Brasil, Perú, Costa Rica,…)  que ha demostrado ser la auténtica alternativa a las políticas neoliberales y a la tentación populista, siempre presente en ese subcontinente.

Bachelet vuelve por segunda vez (con más del 60% de los votos) y no puede decirse que sea una sorpresa pues es algo que ya se intuía cuando se despidió al final de su primer mandato –en 2010-, dejando un buen sabor de boca. En  aquella ocasión, abandonó el Palacio de la Moneda con una popularidad del 80%, algo seguramente inalcanzable en otras latitudes políticas. Mucho más deteriorado ha salido el conservador Piñera a quien, sin embargo, es posible que la historia juzgue con benevolencia. Fue el primer mandatario democratacristiano que llegaba al gobierno por elección democrática y que sucediera con tranquilidad –y buenas maneras-,  a  la mandataria socialista era ya un signo de la madurez y estabilidad del sistema político chileno. 

La derecha chilena entrega un país con las cuentas ordenadas,  pero insatisfecho con el modelo. A pesar del descontento, sobre todo juvenil, que marcó los últimos años del gobierno conservador, lo cierto es que la de Chile es una trayectoria exitosa. Según la última edición del informe sobre el desarrollo humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),  Chile se ubica en el puesto número 40 del ranking  mundial, siendo el primero de toda la América  Latina. Las últimas tres décadas Chile ha vivido un progreso constante, de lo que dan fe algunos de los indicadores básicos que integran el IDH: su esperanza de vida creció en casi 10 años, aumentó en más de 3 años la media de escolaridad y el ingreso nacional bruto per cápita creció un 175%. No es poco balance. Pero los hijos del crecimiento económico quieren que la riqueza se reparta mejor.

En esta nueva legislatura la izquierda afronta tres retos básicos: la reforma de la enseñanza, la tributaria y la de la constitución. Para la primera, el mayor problema puede ser  el de las elevadas expectativas generadas tras el potente movimiento de contestación social que amargó sus últimos años a Piñera. El reto es importante. Si en la primera legislatura no se captó la trascendencia de la reforma educativa –o no se sintió con fuerzas para asumirla-,  ahora se proclama el objetivo irrenunciable de priorizar  absolutamente la educación pública, garantizando su calidad y avanzando  “decididamente hacia la gratuidad”. Tras unos años, de potente desarrollo del negocio privado en la educación, Bachelet ha apostado por arrinconar el lucro en  todo el sistema educativo.

La reforma educativa –como toda reforma que se precie en ese ámbito -, implica inyectar más dinero público. Su éxito dependerá en buena medida del que logre el segundo de los pilares de su programa de gobierno, el aumento de los ingresos, con la reforma tributaria.  El panorama es complicado, porque las previsiones económicas a corto plazo  no son estimulantes. No es casualidad que el nuevo ministro de educación no sea un profesional de la enseñanza sino un economista, que ya ejerció como ministro de Hacienda.

Con todo, el objetivo más difícil de conseguir puede ser el de la reforma de la constitución, esa  norma con la que Pinochet quiso dejar todo atado y bien atado, apenas intocada desde entonces (aunque con Ricardo Lagos, ya se hizo una reforma parcial).  El de Chile debe ser uno de los pocos casos en el mundo en el que no se derogó la constitución heredada de un gobierno militar. Y aquí no se trata ya de otra reforma: el programa de Bachelet propone  una nueva constitución que reconozca derechos,  incorpore mecanismos de democracia directa o semi directa, un nuevo sistema electoral y la restitución de la mayoría absoluta para modificar determinadas  leyes importantes. El respaldo que tiene en la cámara no le bastará a Bachelet; tendrá que ganarse apoyos al margen de los de su coalición, pues requiere el voto de  3/5 de ambas cámaras.

Bachelet cree que ahora sí se dan las condiciones para ser más ambiciosos en su proyecto de cambio. No propone más de lo mismo, ni siquiera más de lo que ya hizo en su primera oportunidad, cuatro años atrás. Ella lo define como un “nuevo ciclo”. Si Piñera abanderó la libertad económica, la idea-fuerza del gobierno de Bachelet  es la lucha por la igualdad. Por eso, la presidenta chilena se enfrentará también al recuerdo de sí misma, a la comparación con la ejecutoria de su primera legislatura. Al abordar ahora un proyecto más ambicioso, sin los frenos autoimpuestos  que lastraban su primer mandato, la oposición conservadora la acusará de radicalizarse (¿acaso no integran ahora los comunistas su gobierno?) y de poner en peligro la estabilidad política y económica del país.

 Recordando lo mucho que esperaba de Obama o, sin ir más lejos, de Hollande, y lo enorme de la decepción, uno está tentado de desconfiar de esta segunda parte de Bachelet que tal vez confirme el dicho de que segundas partes nunca fueron buenas.  Pero es lo propio de la izquierda ilusionarse con proyectos que luego se quedan en nada y volver a empezar. En estos tiempos cenizos y desconcertantes que vivimos,  merece la pena apostar a que el refranero se equivoque. Nada está escrito, y menos en Latinoamérica. Al fin y al cabo, como cantaban los Quilapayún en aquellos lejanos setenta, “en Chile, un país tan grande, mil cosas pueden pasar,…”.