Sarkozy, ese hombre

Marta Marcos 

Resulta francamente complicado haber vivido en este viejo continente europeo en los últimos tiempos sin haber oído mencionar ese nombre: Nicolas Sarkozy, el político de moda. Pocos desconocen su cara: poseído de un frenético don de la ubicuidad, nos lo encontramos en todas partes, venga o no a cuento. En apariencia poca cosa, más bien feo, con una sonrisa un pelín desagradable, despliega una energía que deja sin argumentos a la alicaída oposición socialista y que parece hipnotizar a propios y extraños: es complicado encontrar en los medios de comunicación una crítica en condiciones al actual presidente francés. Ganó las elecciones francesas hace poco más de 100 días, y pareciera que llevase de Presidente toda la vida. ¿Chirac? Y ese señor, ¿quién es? ¿Royal? ¿Royal? ¡Ah, sí! Se presentaba a presidenta también, ¿no es así? Si en su momento Sarkozy consiguió que se le considerase como un recién llegado a la política, logro meritorio, si tenemos en cuenta su paso por varios ministerios, entre ellos el de Interior, ahora ha logrado que parezca casi el único político que existe en Francia.

De Sarkozy se pueden decir muchas cosas. Me centraré en un puñado, en aquello que más me desconcierta, y, para qué negarlo, incluso me inquieta. En primer lugar, me pregunto si tanta actividad se traduce en algo real y efectivo, o si es todo pura imagen, puro teatro ante los medios de comunicación y ante los ciudadanos franceses. En cualquier caso, la jugada de momento le sale bien, pues es muy popular en territorio galo. En realidad, tras su verborrea no aporta grandes novedades. En política interior, se basa en la dureza contra los inmigrantes, y en medidas como la expulsión, como ya puso de manifiesto en sus tiempos de ministro del Interior, cuando estalló la rebelión de los barrios de extrarradio y ciudades periféricas de París. Se limitó a decir que todos eran chusma y como tal había que tratarlos.En economía, liberalismo del de siempre. Durante la campaña electoral, clamaba que los franceses tenían que trabajar para ganar dinero, sin mencionar en ningún momento un fenómeno real y creciente en muchos países, entre ellos Francia: muchos que trabajan a jornada completa no logran ganar lo suficiente para vivir con dignidad. Por otra parte, muchos analistas apuntan a que de momento no ha tomado ninguna iniciativa en materia económica de calado.

En Europa, ha apoyado la idea de una reforma de los tratados que no le obligara a convocar un nuevo referéndum, con lo cual la Unión seguirá avanzando mientras los ciudadanos están ahí de adorno y poco más. En las relaciones con Estados Unidos, en cambio, sí que ha marcado un giro respecto a su antecesor en el cargo, con un acercamiento al amigo americano.

Una muestra de ese acercamiento son sus vacaciones veraniegas, que ha pasado en el otro lado del charco. Esto nos lleva al segundo aspecto que deseaba destacar de tan llamativo personaje, y es el hecho de que parece no preocuparle pedir sobriedad a los franceses, trabajar y trabajar, al tiempo que escoge el máximo lujo y esplendor para sus días de descanso. Ya sucedió algo parecido nada más ser elegido presidente, cuando embarcó por unos días en un yate de mil estrellas, y ha ocurrido ahora, en agosto. A Sarkozy le gusta vivir bien.

Por último, están sus relaciones con los viejos dinosaurios del Partido Socialista Francés. Ha hecho fichajes de gran calado: Bernard Kouchner, que fue fundador de Médicos Sin Fronteras, Dominique Strauss-Kahn, y más recientemente, Michel Rocard, que fue primer ministro con Miterrand. Es como si un hipotético presidente del Gobierno del Partido Popular fichara como altos cargos, por ejemplo, a José Borrell, o a Juan Carlos Rodríguez Ibarra.

Maliciosos analistas como el politólogo Sami Naïr vincula el abandono de estos figurones de las filas socialistas con la necesidad que tienen de buscarse la vida hasta su jubilación. El que fuera miembro del comité de campaña de Segolene Royal no lo dice exactamente con esas palabras, pero la idea viene a ser esa, si no le he interpretado mal.

En cualquier caso, es como si no importaran las ideologías, las diferencias entre unas opciones políticas y otras. Total, hablar de izquierda y derecha está pasado de moda. Al final, lo que cuenta es el salvase quien pueda, y el arrimarse a la sombra que más cobija. El hombre de moda es Sarkozy, como muy bien se ocupa él personalmente de recordárnoslo a todas horas, y si él existe, ¿qué importa todo lo demás?

Mientras tanto, el Partido Socialista Francés está desconcertado, sin saber hacia dónde mirar: se le van los figurones, se pelean unos contra otros, y los menos mayores, promesas políticas en torno a los 40 años, tratan de buscar nuevas ideas que ofrecer a los ciudadanos. Tal vez una de las consecuencias más preocupantes del huracán Sarkozy sea esa sensación de que se está arrinconando a la oposición.

El actual presidente francés será noticia durante mucho tiempo. Ya veremos cómo evoluciona su política, y cuánto durará esa luna de miel que mantiene tanto con la mayoría de los franceses como con el grueso de los medios de comunicación. Entre tanto, llevará a cabo una política de hombre de derechas que seguramente llevará a plantear a más de uno si efectivamente diferenciar entre conservadores y progresistas está pasado de moda.