Sanidad: asignatura pendiente (para después de mayo)

 Barañain

 Entre Galicia y la administración central se está librando una pequeña batalla política y judicial  en torno a las medidas de control de gasto que ese gobierno autonómico ha tomado para frenar la factura farmacéutica, tan imponente allí como en el resto de España. La manzana de la discordia es una ley regional que establece un catálogo de los medicamentos que pueden ser prescritos por los facultativos del servicio de gallego de salud,  lo que es visto desde el gobierno central como una invasión de competencias y una afectación al principio de igualdad. Impugnada la ley autonómica, se ha producido automáticamente su paralización. El gobierno gallego se queja de la actitud del  gobierno central: “por una parte nos dice que tenemos que ahorrar, pero cuando ponemos medidas eficaces encima de la mesa, recurre y suspende”.

 El trasfondo es la necesidad imperiosa de contener la factura farmacéutica (que realmente representa en el conjunto de España ¡más del 30 % del gasto sanitario!)   y en ello se empeñan las administraciones central y autonómicas con diversas medidas: limitación en el precio de  los medicamentos, fijación de “precios de referencia”,  fomento de la prescripción por principio activo, en vez de por marcas, incentivación de la prescripción de medicamentos genéricos,  etc.…  Sobre la necesidad de hacerlo y sobre las medidas precisas para ello la coincidencia de criterios y el consenso entre gestores es bastante amplio, más allá del distinto color político de unas u otras administraciones. Pero entre saber lo que debería hacerse y decidirse a hacerlo hay un trecho.

 Y es que cuando el protagonismo es del discurso político puro y duro la cosa cambia.  Medidas similares en la intención a las adoptadas en Galicia, aun con formato distinto, tomadas por gobiernos autónomos gestionados por socialistas se encuentran con la oposición brutal del PP local de turno que no duda en recurrir a los tribunales y en agitar desaforadas campañas mediáticas ante lo que consideran un ataque a la libertad de los médicos. Por eso quienes en estas comunidades son víctimas de tales maniobras se muestran hasta solidarios con sus colegas gallegos –aunque sean de distinto signo ideológico-, y lamentan que los del gobierno central, los “suyos”,  recurran a la artillería gruesa antes de alcanzar un acuerdo sensato con el gobierno de Núñez Feijoo dada la coincidencia de fines que persiguen unos y otros.     

 En Cataluña hay una creciente tensión en el sector a la espera de que se concreten las medidas del duro ajuste al que su actual gobierno convergente va a someter la sanidad autonómica, una vez que se ha anunciado un recorte del 10 por ciento del presupuesto de salud.  También en el País Vasco  también hay amenaza de tormenta inminente, en forma de conflictividad laboral. Aún con una situación económica mejor, en esa comunidad hacer frente a la amenaza que supone la deuda que acumula el sector sanitario que, también allí, parece que se  le ha ido de las manos a su administración, obligará a aplicar medidas “antipáticas”.

 Seguramente no es casual que los rifi-rafes más significativos –por sus implicaciones a largo plazo-, que sacuden el mundo sanitario español ahora mismo se estén poniendo de manifiesto en las comunidades autónomas cuyos gobiernos no dependen de las próximas elecciones de mayo. En las otras, en las que deciden en mayo si revalidan sus respectivos gobiernos hace ya semanas o meses que sus responsables políticos sanitarios (de un signo u otro) optaron por abrir un paréntesis, dejando de tomar decisiones de calado, hasta que pasen las elecciones. Y eso que los problemas no sólo siguen presentes en esas otras comunidades (que son la mayoría)  sino que  a menudo tienen mayor gravedad. Porque la sanidad española se gestiona por las autonomías – aunque siga siendo alto el porcentaje de la población que ignora ese dato y siga creyendo que es competencia sobre todo del gobierno central-,  y en el nivel autonómico parece que no se lleva  tanto eso de “tomar las medidas que, por responsabilidad,  haya que tomar, al margen de su coste electoral”. Al contrario,  impera la gestión cortoplacista y por tanto predomina lo de no arriesgar; a la vuelta de las elecciones, eso sí, sean quienes sean los que en cada comunidad deban gobernar la sanidad saben que tendrán que tomar medidas “quirúrgicas” severas.

 El año 2010 se “salvó” en cuanto a los objetivos económicos, a duras penas, gracias al ajuste decidido por el gobierno de Zapatero con el famoso recorte del 5% en las retribuciones entre otras medidas (también fueron importantes las referidas a la factura farmacéutica).  Ese recurso está ya agotado: las retribuciones no pueden volver a tocarse. No será por ahí por donde se pueda dar las necesarias nuevas vueltas de tuerca.  Son cambios en elementos estructurales del sistema los que inevitablemente habrá que abordar para que las cuentas salgan en 2011. Y de nuevo, seguramente, en 2012. Será inevitable seguramente acometer procesos de concentración de recursos, de rediseño de estructuras, de reestructuración de la asistencia y de los recursos humanos con que se presta, etc. Asistiremos, sin duda, a reorganizaciones  de unidades asistenciales, a reducciones de plantillas, incluso a cierres de centros asistenciales,….  Los responsables  de las haciendas,  los presidentes de los gobiernos,  los consejeros de sanidad,  los gestores, todos sin excepción, lo saben de sobra. Pero ahora no toca hablar de ello.

 “¡Ojala no ganemos!” seguro que se dicen, medio en broma medio en serio, algunos consejeros de sanidad autonómicos  aterrorizados ante el panorama que se les viene  encima tras la renovación del gobierno respectivo en mayo.  Y si ganan, fantasearán con la posibilidad de asumir, en el nuevo gobierno regional,  una cartera más bien tipo “coros y danzas”, sin la conflictividad que necesariamente va a acompañar a la gestión de la sanidad pública en todas partes. Y da igual si el consejero que cuestión es del PSOE o del PP. O si hasta ahora ha ejercido de gobierno o de oposición. Unos y otros saben que entonces, pasado mayo, ya no cabrán demoras ni podrá nadie seguir jugando a hacerse el despistado. 

 Y el resultado será doloroso, al margen del éxito que se consiga con ese ajuste quirúrgico, porque apenas se está haciendo pedagogía al respecto; es decir, salvo excepciones no se está preparando  a la gente ni,  de entrada, al amplísimo colectivo de personas y  entidades que integran el sector sanitario -con toda su complejidad y multiplicidad de intereses-,  sobre lo que toca hacer. Es duro transmitir a los ciudadanos  que la situación financiera de la sanidad es dramática. Por supuesto,  el mundo sanitario es consciente, aunque sea de un modo difuso,  de “la que está cayendo”, se intuye  que el sector no podrá seguir gestionándose igual, se da por supuesto que habrá que tomar decisiones … pero se confía siempre en que sean otros los afectados por tales decisiones. Y, peor aún, se mantienen muy extendida la creencia de que, tras la crisis, las cosas volverán a ser como antes. Vana ilusión.

 Lo cierto es que,  en España, ni uno sólo de la docena de factores que determinan el gasto sanitario está controlado. Por eso nadie esperaba nada del “pacto para la sanidad” que murió en el Congreso de los Diputados sin pena ni gloria, sin haber llegado a nacer. Y es que, como comentaba un muy reputado experto en sanidad, “no hay trigo en el granero y en democracia jamás se ha pactado nada sin pan bajo el brazo”.

 Algunos parecen que se empeñan en hacer anti-pedagogía, como esos dirigentes que repiten el mantra de que “no se trata de gastar menos sino de gastar mejor”, como queriendo tranquilizar al personal sobre el alcance del ajuste necesario. Pero nadie dentro del sector sanitario, con un mínimo nivel de conocimiento y responsabilidad, ignora que se trata tanto de gastar mejor como de gastar menos. No podemos permitirnos ya seguir creyendo (o seguir difundiendo esa falsa ilusión) que podemos gastar lo mismo. En la sanidad española -como en otros ámbitos del sector público-,  hubo otros momentos difíciles en épocas pasadas en los que hubo que hacer gestión de “contención de costes”. Y no se hizo mal. Hay experiencia en eso, está grabado en el “genoma” del sector. No la hay, sin embargo, en reducir los costes, que es otra cosa. La sanidad nunca ha dejado de crecer. La cuestión es si sabrá decrecer.

 Aún no ha aflorado toda la deuda que acumula la sanidad. Y la que está puesta encima de la mesa ya es apabullante. En realidad, la perspectiva para el conjunto de nuestro sistema sanitario se parece bastante a la de “suspensión de pagos”. Esto es lo que hay: una muy dura asignatura pendiente.