Sancho en Pamplona

Lope Agirre

 

Estando solo Sancho Panza, una vez que feneciese su amo y amigo Don Quijote, el de la Mancha, mas no baldón, marchó a Granada, y allí se quedó prendado de unas coplillas que cantaban las mozas y que decían:

 

“Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada

como la pena de ser ciego en Granada”.

 

Le gustaron los versos tanto que las cantaba a muchas horas, por la mañana al despertar y por la noche al acostar, sobre todo. Pero como no era ciego, de cuerpo afuera al menos, porque sabía que no hay peor ciego que el no quiere ver, veía y miraba aquellas maravillas que la naturaleza y el cuidado del hombre habían creado y multiplicado y se asombraba.

 

–Gran ciudad es Granada, la bella. Y gran desgracia ser ciego entre las hermosuras que encierra.

 

Pero como lo bueno, si mucho, cansa, igual que lo malo, en pocas pócimas, un buen día se despertó ahíto de todo, se despidió de las mozas, de la ciudad, de la Alhambra y se marchó. Se encontró en el camino con un hidalgo cincuentón, pobre y deslustrado, mas honrado a carta cabal, según decía, llamado Pedro de la Almunia, por ser natural de una de las muchas almunias que hay en España.

 

–Al Rey la hacienda y la vida se le ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios.

 

Le gustó a Sancho la frase, por ser sencilla, escueta y de grandes posibilidades, y la memorizó, pero, debido a la afición que tenía a trabucarse con las palabras, cambió el sentido de lo escuchado.

 

–Al Rey la hacienda y la viuda se le ha de dar, pero el honor es patrimonio de la humanidad y la humanidad sola está y abandonada.

 

Ambos, a pesar de todo, hicieron juntos y en compañía el camino hasta un lugar que llaman Rioja, tierra de vides y de grano y de mozas con pechos como cántaros.

 

Tomaron posada en Logroño, una casa arreglada y aseada, que daba a la plaza mayor. Salieron a dar una vuelta por las calles de la ciudad y enseguida escucharon un cantar:

 

“En los campos de Logroño siempre anda suelto el demonio”.

 

Se asustó el buen Sancho, porque nada quería saber acerca de demonios, duendes y trasgos y, al día siguiente, muy temprano, tras despedirse de Pedro de Almunia, marchó hacia el este y, anda que te anda, llegó a una ciudad que llaman Pamplona o Iruña, según. Era Navidad y el ambiente festivo era notable. Hizo noche en una pensión situada en una calle cercana a la catedral dedicada a san Nicolás. Al día siguiente, salió a la calle, a conocer la ciudad, y ya desde dicho momento le llamó la atención la profusión de viandas que había en los establecimientos, expuestos para ser degustadas, previo pago de su coste en moneda corriente y de curso legal. Sancho no pasaba estrecheces económicas. Su amo y amigo Don Quijote le había nombrado heredero universal de su hacienda, lo cual quiere decir que, sin ser rico, era pudiente, a la vez que prudente, por lo que nunca llevaba todo el dinero encima, sino debajo del calcetín.

 

Hambriento por las circunstancias del viaje, entró muy de mañana en un figón a desayunar,  y nada más verlo entrar lo sentó el dueño, un señor orondo como un tonel, que hablaba en francés, en una mesa aparte y sin darle tiempo a respirar ni a reaccionar le trajo una ristra de chorizos, de los que llaman chistorra, con un cántaro de vino de la tierra, ligero y de color rosado. Recién acabada la chistorrada, y demediado el cántaro, le trajo el dueño una docena de morcillas junto a un revuelto de hongos. Renovaron el vino, claro. Sancho Panza, que era de buen yantar, no cabía en su gozo y dicen quienes en aquel momento compartían espacio con él que cantaba a viva voz, vítores en honor de la ciudad.

 

–A Pamplona hemos de ir con una media, con una media, a Pamplona hemos de ir con una media y un calcetín.

 

 

Se acabaron las morcillas y desapareció, como por ensalmo, el vino. Pero el dueño, que no cejaba en su intento de ser buen anfitrión, trajo seguidamente una palangana de callos y unas chuletas de cordero, unas cuantas docenas, nada más, y un par de litros de clarete, de la tierra de Cintruénigo, rayana a Logroño. Se sirvió el señor Sancho, comió y bebió y, tras pagar, se retiró a descansar, después de haber apalabrado con el dueño del lugar la comida del mediodía. Al salir lo vieron cantar y dar grandes gritos.

 

–Nos han dejao solos a los de Tudela, por eso cantamos de cualquier manera. Nos han dejao solos a los de Castejón. Arriba la bota, arriba la bota, viva el porrón.

 

Sancho se acostó en su breve cama de la pensión un poco antes del mediodía y cuando las campanas de la catedral dieron las doce ya estaba en el figón, sentado en el mismo banco que la mañana. Trajo el dueño tres conejos en salsa, acompañados de cogollicos de Tudela del Ebro, regado todo con vino de Valtierra, que entraba como agua clara y salía como un torbellino. Se acabaron los conejos y trajo el dueño cinco capones y tres palomas, con más vino. Bebió el señor Panza y comió y a los postres, tres cazuelas de una especie de requesón que llaman “mamia”, se sintió mal, notó que se le quejaba el estomago, órgano que nunca hasta entonces le había ocasionado problemas. Cuando vino el dueño con varios racimos de uva, para desengrasar, lo dijo :

 

–Señor, creo que me duele el estomago.

–Eso es que no ha comido bastante y tiene hambre. Modérese en su queja, que ahora mismo le traigo más.

 

No se atrevió Sancho a contradecir al navarro y siguió sentado. Trajo el dueño, por supuesto, más viandas, un cabrito asado, varios cientos de pajarillos en salsa, unas chuletas de ternera del Baztán, con vino de San Martín de Unx, rojo como el cielo al atardecer. En un momento dado oyó una canción, que cantaba un chiquillo, y que lo dejo melancólico y aterciopelado:

 

“Dale de comer, tabernero, que no hay en la vida peor escena

como la pena de querer comer y no tener panza en Pamplona”.

 

Pensó Sancho que la panza le iba en el apellido y en la vida. Haciendo un esfuerzo, inusual en él, comió Panza lo dado, y bebió lo recibido y aún pidió más, que le trajeron unos embutidos de jabalí y unas manos de cerdo, unas cuantas docenicas, con vino recio de Los Arcos. Pagó y salió a la calle. Unos niños asilvestrados le acosaron con este refrán:

 

“Panza lleva piernas que no piernas panza”.

 

Les echó Sancho unas monedas, para que se alejaran con su cantar a otra parte. Ya era de noche, las calles estaban oscuras y apagadas. Se metió en su habitación y enseguida quedó dormido.

 

Soñó con molinos de viento y con vientos que movían molinos y con ruedas gigantes y gigantes acarreando ruedas molares, también con Don Quijote, quien fuera amo y amigo, que le reprendía por haber caído de nuevo en los excesos del yantar, que son los de vivir y amar.