Salud Pública y extrema derecha

Lluis Camprubí

En un reciente artículo en la publicación European Journal of Public Health, titulado “Political parties matter: the impact of the populist radical right on Health”, los autores explican el impacto que puede tener la extrema derecha en la salud pública y en las políticas de salud. Un impacto que, como es sabido, puede ser tanto por colaboración institucional con partidos de la derecha democrática, como por la difusión y aceptación e sus ideas por parte de otros.

Los autores centran su análisis en dos factores: a) las fuerzas de extrema derecha desdibujan las preocupaciones y debates sobre la salud pública, salud y bienestar (y por lo tanto les quitan relevancia) y en cambio prefieren poner el foco en cuestiones clásicas de su agenda, como son migración, criminalidad y seguridad; y b) su demarcación del “nosotros/ellos” basada en criterios nativistas, identitarios y/o nacionales les hace basar sus propuestas políticas (especialmente en las redistributivas) en criterios excluyentes de partes de la población (sabemos que en salud pública esto tiene impacto tanto para la población excluida como para el conjunto). Apuntan que aunque retóricamente algunas fuerzas de la extrema derecha populista consigneen (de forma diferente según el país) acerca de un enfoque de “chovinismo del bienestar” (donde prometen políticas de bienestar para su “nosotros”) en su traducción práctica -cuando están en posiciones de co-gobiernos- éste acaba siendo un “neoliberalismo exclusionario” (recortes generales, con más intensidad en los sub-grupos de “ellos” tanto para las políticas sanitarias como para las demás sociales).

Sabiendo de los “Determinantes Sociales de la Salud” y que “la salud está en todas las políticas” los dos elementos apuntados por los autores son claves para analizar el potencial impacto negativo sobre la salud colectiva.

Sin embargo, aquí no se acaban las amenazas a la salud pública. Para ello, debemos abordar el carácter dual de la extrema derecha.

En primer lugar como posición extrema en el continuo del eje izquierda-derecha. En este sentido, mirando en sus programas podemos descubrir propuestas políticas incrementalmente más anti-redistributivas y anti-igualitarias, así como especialmente anti-regulatorias y anti-protección, en contra de las mayorías y del interés general (desde fiscalidad, a políticas de vivienda, o a la protección ambiental). Estas medidas tienen un efecto negativo en la salud de la población, con un efecto más marcado en los grupos más vulnerables, como señala ampliamente la literatura.

Pero en segundo lugar, hay que tener presente su singularidad, su carácter único y diferencial respecto a las fuerzas democráticas-liberales. Lo vemos en su concepción, valores y cosmovisión: a) anti-pluralista y de un populismo anti-elitista, b) autoritaria y contraria al estado de derecho y a la separación de poderes, y c) de un nativismo confrontativo, generador de odio y acompañado de repliegue nacionalista/identitario. Su voluntad de reducir/anular el pluralismo político y social, así como la acción de las instancias mediadoras, de los organismos científico-técnicos y de los contrapoderes sociales e institucionales, y a la vez su fomento del ejecutivismo-presidencialismo para llevar a cabo su agenda sin frenos ni límites son el escenario perfecto para que tanto emergencias y crisis de salud pública como retos sostenidos no sean convenientemente abordados. En este sentido, la defensa del ”Rule of Law” (del Estado de Derecho, sus garantías y su separación de poderes) debería ser una trinchera fundamental. Además, el hecho que a partir de su demarcación interesada confronten con una minoría creada y delimitada es tanto un riesgo para la cohesión de la sociedad como para políticas sociales y de salud universales. Finalmente, su identitarismo/nativismo/nacionalismo confrontativo es tanto un factor dificultante para abordar retos en salud continentales o globales -del conjunto de la humanidad- conectados con la salud, como facilitante para la peor amenaza para la salud pública, la guerra.

En paralelo, dos elementos específicos merecen especial atención.

El primero es su negacionismo activo del cambio climático y su combate militante contra las políticas de mitigación/adaptación. Sea por actuar potencialmente como mediación de las industrias generadoras de las emisiones, o porqué abordar retos que son del conjunto de la humanidad desmonta su agenda, el caso es que pueden generar una dificultad añadida a la urgencia de la lucha contra el cambio climático, del cual sabemos cada vez más sus impactos directos e indirectos sobre la salud humana.

El segundo elemento es respecto a uno de los mayores logros de la salud pública, las vacunas. Es conocido el cuestionamiento, siembra de dudas, y combate de la obligatoriedad de la vacunación por parte de muchas fuerzas de extrema derecha, y de hecho abruma en algunos casos su insistencia, priorización de la cuestión y la cesión de sus altavoces a los grupos anti-vacunas. Para poder confrontar este hecho, lo primero debe ser entender el porqué de este alineamiento. Una primera capa explicativa responde al hecho que muchos de los partidos de extrema derecha son refugio, imán y paraguas privilegiado para todos aquellos sujetos y grupos oscurantistas, esotéricos y conspiranoicos, donde pueden resultar complementarias las visiones de distintas élites ajenas al “nosotros de la comunidad imaginada” como causantes de todas las desdichas. Un segundo factor explicativo es la pulsión anti-ilustración y anti-ciencia (de la que no es funcional a su servicio) inherente al proto/para/post/neo-fascismo. La ilustración y la ciencia, así como la acción de la élite científico-técnica, pueden ser un componente importante del desmontaje y deslegitimación de su sistema ideológico y su proyecto, así como un freno a sus planes de acción. Y una tercera capa explicativa, más en el terreno de la hipótesis ya que no resulta fácil su demostración, es su uso instrumental. El camino al poder de las fuerzas de extrema derecha pasa por la polarización y la confrontación social en sus coordenadas, y el cuestionamiento de los consensos fundamentales y del contrato social de las democracias liberales. Generar polarización social ya de por sí es un objetivo suyo (aunque sea respecto a un hecho teóricamente alejado de su agenda central), y resulta doblemente eficaz si cuestiona y siembra dudas sobre un sólido pilar del sistema, con el efecto de replicación del descrédito (con segmentos sociales que ya no creen ni confían en los elementos fundamentales) sobre los demás elementos claves, con la consiguiente pérdida de legitimidad.

Es pues una necesidad de la salud pública y civilizatoria confrontar y combatir a la extrema derecha. Resulta preocupante que por acción deliberada dinamitadora o degradativa puedan desnaturalizar el estado-nación democrático y la UE. Es urgente evitar que tanto su discursos y propuestas calen en otros actores políticos y sociales como que, a través de la colaboración institucional, alcancen espacios de poder. Ya se ha visto la sinrazón de aquellas voces que normalizaban su presencia y relativizaban su riesgo, argumentando que las constricciones políticas y los contrapoderes se encargarían de domesticarlas. Se está viendo como estas fuerzas en distintos lugares, o bien proceden a la laminación de los contrapoderes o al uso en su beneficio para ir expandiendo su capacidad política e influencia.

En una ponencia reciente, situaba algunas ideas para combatir estas fuerzas reaccionarias, antipluralistas y autoritarias. Resumidamente, argumentaba que la lucha debía ser en todos los frentes: en la batalla de las ideas (también en el no asumir pulsiones de repliegue nacional/identitaria, que nunca son electivas); en la organización popular; en plantear alternativas políticas atractivas y mayoritarias y a la vez disponer de una agenda no subordinada a la suya; en hablar más de los temas propios y no de los suyos; en el uso de los poderes del Estado de derecho para su contención; y en el aislamiento y su no normalización institucional.

En este último aspecto hay varios riesgos. El primero es que algunas fuerzas democráticas, especialmente aquellas que se sitúan más opuestas a la extrema derecha en alguno de los ejes, vean como una oportunidad de crecimiento propio la polarización entre ambas. Lo que puede ser una cierta ganancia táctica es un riesgo cierto para la democracia. A la vez es inquietante pensar que algunas de sus propuestas, que hace tiempo eran marginales, ahora son adoptadas o asumidas como a tener en consideración por parte de algunos partidos conservadores (vistas simplemente como una cuestión de más grado/intensidad respecto a la derecha democrática, olvidando el carácter singular de la extrema derecha). Esto hace que en algunos casos se planteen colaboraciones institucionales.

Si bien debe criticarse y alertar de estas posibles colaboraciones entre derecha democrática y extrema derecha, también es cierto que cada fuerza política y social democrática debe hacer todo lo posible en sus manos para que no se normalice a la extrema derecha ni se le dejen parcelas de poder, lo que significa aislarlos y contribuir a (re)construir y asegurar cuando proceda el cordón sanitario. Ello implica pues cuando se requiera, por parte de las fuerzas progresistas, colaborar y buscar una aproximación compartida con las fuerzas liberales y conservadoras (en cada uno de los países de la UE y en la UE en su conjunto) sobre las cuestiones centrales, la preservación del pluralismo y la democracia y si procede, sobre la gobernabilidad. Si el escenario es la posibilidad que una fuerza de extrema derecha alcance espacios de poder y/o de condicionamiento del poder, esa pasa a ser la contradicción principal, de manera que evitarlo debe ser entonces la prioridad

3 pensamientos en “Salud Pública y extrema derecha

  1. Lo de nativismo es el segundo día que lo leo en menos de 24 horas y no sé qué me quieren decir.
    También habría que decir que en las izquierdas hay importantes núcleos esotéricos y antivacunas.
    A pesar de eso gran artículo, necesario, importante y que apunta a un gran debate. Contra esas derechas agenda social.

  2. Comparto muchas de las preocupaciones del articulista y de los argumentos que las sustentan , pero ¿ por qué circunscribirlas sólo o de manera preferente a la extrema derecha ? ¿ qué pasa con los demás ? No me refiero al otro extremo sino a los extremistas de todo género , muy informados pero , en general , mal informados, incluyendo el fanatismo provacunas que se manifestado ocasionalmente y de manera perversa, por ejemplo , en las recomendaciones de extensión a los hombres de la vacuna contra el virus del papiloma humano ( VPH ).
    La tentación de rebelarse contra el mainstream occidental no solo anida en los corazones de comunidades religiosas del tipo de los amish o de El Palmar de Troya sino también en los de aquellos ensoberbecidos por el culto a su independencia ilustrada con poco lustre.
    De momento las tasas de seguimiento de los programas de vacunación en España es muy alto y los movimientos anti han fracasado , tal vez por carecer de líderes , financiación o ambas cosas a la vez.
    Preocupa más en la sanidad pública la unificación de los calendarios de las distintas administraciones, algo muy nuestro , y no tanto las resistencias a la validez científica de las vacunas , a pesar de los escasos efectos secundarios que produce en personas inmunodeprimidas o alérgicas a determinadas partes de su composición.

    Hace poco más de una década se desató una verdadera polémica a partir de la publicación de un estudio que relacionaba una vacuna que reciben los niños de forma habitual con un nuevo síndrome que era combinación de síntomas gastrointestinales y autismo. La vacuna en cuestión era la famosa “triple vírica” (MMR), que nos protege del sarampión, las paperas y la rubeola.

    El trabajo que inició el debate, elaborado por el gastroenterólogo británico Andrew Wakefield, se publicó en “The Lancet” en octubre de 1998. Como era de esperar, el artículo provoco temor en muchos padres que, confiando en las pruebas presentadas por Wakefield, comenzaron a mostrarse reacios a vacunar a sus hijos. El mensaje era claro: la triple vírica provocaba autismo.
    El Consejo Médico General del Reino Unido demostró que Wakefield actuó “deshonesta e irresponsablemente“, “mostró un cruel desprecio” por el sufrimiento de niños y jóvenes al someterles a pruebas innecesarias, “abusó de su posición de confianza” y “provocó el descrédito de la profesión médica“. Fue inhabilitado.
    En la Camilo José Cela le hubieran dado un sobresaliente cum laude.

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