“Salen partidos como setas”: la eclosión del multipartidismo en un nuevo contexto de comunicación y de crisis

Senyor_J

En las próximas elecciones catalanas del 25 de noviembre, existe la posibilidad de que el elevado número de fuerzas políticas presentes en el Parlamento de Cataluña se mantenga o incluso se amplíe. Recientemente, las elecciones vascas ha refrendado la pluralidad de sus instituciones, mientras que en Galicia una nueva fuerza política, ANOVA, suma su grupo parlamentario a los tres existentes anteriormente. Tales escenarios generados en un contexto de crisis total parecen poner en cuestión dos principios fuertemente arraigados en la sabiduría electoral convencional: el carácter necesariamente bipartidista del sistema electoral y el éxito de las llamadas al voto útil. Ninguno de ambos elementos está teniendo una significativa importancia en este contexto y ni siquiera las fuertes llamadas de CiU a poner tras la bandera de la consulta de autodeterminación aseguran ahora mismo su mayoría absoluta.

¿Qué fue, pues, del amor al bipartidismo y del voto útil? Empecemos por lo básico: lo fundamental para un elector o electora es que la decisión electoral repercuta positivamente en sus intereses y preocupaciones. En otras palabras, el voto útil es aquel que reporta alguna utilidad según las percepciones del que lo que ejecuta y eso tiene importantes implicaciones. Una, que las utilidades son muy variadas. En este sentido, hay quien apoya al que gobierna por su grado de acuerdo con las políticas que desarrolla y hay quien busca una alternativa, por su grado de desacuerdo. O hay quien considera útil apostar por partidos minoritarios para pluralizar la vida política y hay quien considera útil apostar por los mayoritarios para disponer de gobiernos fuertes. Otra implicación es que las mismas utilidades pueden generar decisiones diversas. Hay quien piensa que obtiene su mayor utilidad no votando, puesto que manifiesta con ello su disconformidad con el estado actual del panorama político, y quien bajo el mismo criterio, vota en blanco, lo hace por un partido minoritario con representación, por la fuerza extraparlamentaria con la que mejor se identifica o anota cualquier cosa en un papel en blanco. Así pues, la atribución de utilidad se construye a partir de un proceso racional, basado en lo que se  sabe o lo que se cree que se sabe respecto a la vida política, y esto, de hecho, habría de tener como resultado una importante diversidad de fuerzas políticas en cada momento, que representarían otras muchas más utilidades distintas a las mencionadas.

Sin embargo, la diversidad de posibilidades no siempre implica una fuerte diversidad de resultados, porque los comicios no se dirimen en terreno neutral, sino en el de la comunicación política. Y los procesos de comunicación cuentan con un ámbito de funcionamiento singular: el mediático. Éste se construye mediante la participación de un número creciente de agentes,  que presentan unas preferencias políticas claras,  unas alianzas obvias y  una voluntad notable de condicionar el voto en determinadas direcciones. Los medios también imponen sus preferencias y sus lenguajes, cuestiones que tienen que ver, además, con aquello que creen que les ha de otorgar más audiencia o mayores ventas. Es por eso que a estas alturas ningún partido convencional pretende ganar la partida sin atender las exigencias que esos medios imponen, a causa del hecho tan simple como verídico de que una parte muy importante de la pugna se dirime en esos medios. No se trata sólo de aparecer en los medios, sino de aparecer y quedar bien. Gustasen más o guste menos, ésas han sido hasta ahora las normas ineludibles de la comunicación y a este juego sólo se ganaba siguiendo las normas que vienen dadas, perdiendo inexorablemente el que no las seguía.

¿Y ahora? Si hasta hace algunos años, el peso de los medios en la construcción de la imagen y opciones de la vida política era incontestable, la eclosión de Internet como espacio de intercambio de informaciones y de comunicación personal está introduciendo una diversidad creciente de nuevos dominios de  comunicación, que, aunque también pueden ser explotados por los agentes tradicionales -y lo son ampliamente-, incrementan ostensiblemente el abanico de agentes e individuos con los cuales interactuar y comunicarse, desde los propios representantes políticos hasta el último ciudadano. Es por eso que Internet abre una etapa diferente en la vivencia de la política y que aquellos que desean contraponer argumentos a la fuerza del discurso que los medios tradicionales desprenden, se han lanzado a la explotación de los recursos comunes que este espacio ofrece: Facebook, Twitter, blogs personales, páginas webs especializada…

Pero a pesar de ese impulso de las nuevas tecnologías, los medios tradicionales todavía seguirán siendo el principal referente para la construcción de las percepciones políticas entre los ciudadanos y ello se debe todavía a motivos tales como la marginalidad del porcentaje de gente interesada e implicada activamente en la vida política, la precariedad de lo que podríamos llamar cultura política entre la sociedad o todas las limitaciones y circunstancias personales que pueden generar una disposición negativa a estar informado, a consultar fuentes diversas o, en otras palabras, al aprendizaje en la materia. Ello tiene como consecuencia fenómenos tan bien conocidos como el bajo conocimiento de los líderes políticos entre la población o de las propias políticas que se llevan a cabo.

Hasta ahora, el balance desigual entre ambos tipos de medios ha reforzado la apariencia bipartidista de nuestra democracia, sumado al éxito puntual de las llamadas al voto útil. Sin embargo, se empieza a recuperar un cierto equilibrio, la era del Smartphone ha acercado como nunca las voces alternativa al elector y son los medios tradicionales los que ahora deben esmerarse para seguir siendo hegemónicos en la comunicación política compitiendo en un medio en el que ya no cuentan con una ventaja de partida y donde su poder abrumador se ve modulado. El que ello coincida con una larga crisis económica en que la pérdida de confianza hacia las instituciones y los partidos ha alcanzado una alta incidencia, abre la puerta a una mayor horizontalidad del debate político, en que las cartas tal vez dejen de estar ya tan marcadas y nuevas ventanas de oportunidad para los que la quieran aprovechar. Sea un cambio coyuntural o más duradero, lo que está claro es que las instituciones van a seguir aumentando su pluralidad política. El siguiente reto consistirá en prevenir que ello no suponga parlamentos con una fuerza dominante y un crisol de numerosas alternativas minoritarias.