Sacrificios y progreso

Alberto Penadés

Leyendo la extraordinaria Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, a las pocas páginas, referidas a la fallida expedición de Grijalva (1518) sobre el continente, puede encontrarse lo siguiente:

“Y echando los bateles en el agua, fue Juan de Grijalva, con muchos de nosotros los soldados, a ver la isleta, porque habían humos en ella, y hallamos dos casas hechas de cal y canto, bien labradas, y en cada casa unas gradas, por donde subían a unos como altares, y en aquellos altares tenían unos ídolos de malas figuras, que eran sus dioses.  Y allí hallamos sacrificados de aquella noche cinco indios, y estaban abiertos por los pechos y cortados los brazos y los muslos, y las paredes de las casas llenas de sangre. De todo lo cual nos admiramos de gran manera, y pusimos nombre a esta isleta de Sacrificios” (Historia Verdadera, Cap. XIV). 

 La cita tiene su interés por ser, que yo sepa, la primera vez que un europeo moderno presenciaba ese espectáculo, pero  sobre lo que quiero llamar la atención es sobre el hecho de que no parece haber tenido ninguna duda hermenéutica sobre cómo interpretar la escena. Se trataba de un “sacrificio”, algo que un castellano del siglo XVI con cierta educación y, sobre todo, con formación religiosa, no tenía ninguna dificultad para entender.

A lo largo de su aventura Bernal Díaz presenció muchas escenas como esta y, muerto de miedo, durante la primera entrada en México-Tenochtitlan, incluso tuvo que presenciar un ritual completo. Tuvo por ello tiempo de elaborar el concepto, de identificar a sus clérigos, a sus dioses y hasta cómo se relacionaba la muerte con el poder de caciques y, en  definitiva, del emperador mexicano. Tuvo también tiempo de comprender el aspecto político de los sacrificios para una conquista que, en la tercera y definitiva incursión, la de Cortés,  aldea tras aldea, ciudad tras ciudad, se presenta siempre de esta forma: “se les declaró las cosas por qué nos envió a estas partes nuestro gran emperador; fue para quitar que no sacrificasen ningunos indios ni otra manera de sacrificios malos que hacen, ni se robasen unos a otros, ni adorasen aquellas malditas figuras…” (Cap. XL). Sin embargo, desde la primera visión nombraron el lugar Isla de Sacrificios (y así se llama hoy, frente al puerto de Veracruz). No es una elaboración posterior. De hecho, encontraron lugares con sacrificios mucho más pavorosos, masivos o crueles, pero su relato comienza a hacerse rutina, ningún otro lugar se llama así.

(Por cierto que a medida que fueron conociendo mejor a los indios, a la declaración de lo que no deben hacer se va incluyendo la sodomía y los tributos injustos. Una de cerrazón y otra de astucia política. Cortés y sus cuatrocientos apenas habrían tenido una oportunidad de no haberse encontrado con un mundo de explotadores y oprimidos cruel e injusto)

No existe nadie de cierto crédito que niegue la historicidad de los sacrificios humanos en Mesoamérica como algo frecuente (tal vez diario en México-Tenochtitlán) y, a veces, masivo.  Aunque sí es común pasarlo por alto. Estas líneas son del detallado catálogo del espectacular Museo Nacional de Antropología de México:

“Ubicada frente al puerto de Veracruz, Isla de Sacrificios fue desde tiempos ancestrales un lugar utilizado como cementerio especial.  Cuando en el siglo XVI desembarcaron en ella los españoles mencionan que había templos, entre los que se encontraba uno especialmente dedicado a Quetzalcóatl-Ehécatl. (…) En el aspecto arquitectónico destaca el edificio de Las Caritas, donde pequeños cráneos de cerámica decoran los muros del templo, y en sus pinturas se representan como discos tres dioses de la Costa del Golfo” (Marcia Castro-Leal Espino, La Costa del Golfo de México, p249)

Visitar el Museo es algo por lo que vale la pena venir a Ciudad de México.  Pero es un museo Nacional en un sentido más que denotativo, es un museo nacionalista, en el que el pueblo Mexica domina el vértice principal de su estupendo edificio,  aunque no represente el apogeo cultural de la civilización precortesiana. Los especialistas denominan periodo posclásico a su tiempo. La civilización clásica era un recuerdo entonces; ni siquiera se conservaba el verdadero nombre de la maravillosa Teotihuacán, invención azteca. Pero los Mexica representan el origen imaginario de este país, la culminación política del periodo anterior a la conquista. Y ocupan el centro.

Los historiadores y antropólogos nacionalistas mexicanos, más cuando acentúan el indigenismo, tienden a considerar “amarillista” la visión “española” o europea de los sacrificios, y a ponderar que la cultura occidental está igualmente plagada de crueldades comparables, y desde luego de sacrificios humanos a los dioses.

Precisamente, de eso se trata. Por eso Bernal entendía perfectamente lo que estaba viendo.  Los sacrificios humanos fueron corrientes (aunque parece que no diarios) en la Europa Antigua, como en el resto del mundo. La historia de Abraham es posiblemente la referencia más clara que podía tener Bernal Díaz. Pero no es lo importante que dios parara la mano de Abraham antes de que degollara a Isaac (dios no se moderaba siempre, como cuando mandaba de matar a todos los habitantes de una ciudad), los sacrificios humanos habían dejado de existir en el mundo romanizado (con excepciones locales, posiblemente) durante el primer siglo anterior a nuestra era. Al parecer, fueron prohibidos en el 97AC, lo que muestra que aún se daban, al menos en las provincias.

No se trata de negar que la conquista  y dominación de América viniera aparejada con barbaridades mil, ni de menospreciar la complejidad  del mundo cultural precortesiano, que fue en su mayor parte borrado y perdido para siempre.  Pero me agota el ventajismo nacionalista de los apóstoles del encuentro entre culturas como cosas inconmensurables. El término sacrificio no suscita intraducibilidad, permite comparación. Otra cosa es si la abolición de los sacrificios no es como “la democracia en Irak”. Comprender y repudiar no siempre significa aprobar los actos de los hombres que dicen repudiar lo que nosotros, sobre todo de las fuerzas imperiales, pero no hacerlo no puede llevarnos a no querer entender las cosas o a soslayar los hechos ciertos. El progreso existe, a pesar de todo.