Sacralizar como excusa nostálgica

Millán Gómez

Dice un viejo refrán que “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Esta expresión tan socorrida le viene de perlas al Partido Popular (PP) en su actitud con la Constitución, de cuya proclamación se acaban de cumplir 31 años. Durante los fastos de celebración acudió por vez primera un Lehendakari representando al Gobierno Vasco y ofreciendo una imagen de inusitada normalidad vistos los precedentes de ninguneo por parte del nacionalismo. La ausencia no vino este año desde Euskadi sino desde Génova pues ninguno de los presidentes de comunidades autónomas gobernadas por el PP acudió al evento. Prefirieron pasar el puente disfrutando de otros menesteres y faltar al respeto a quienes sí acudieron y, muy especialmente, a todos aquellos que lucharon por la democracia en España y perdieron la vida en el intento.

La respuesta de Rajoy a la pregunta de por qué faltaban sus compañeros de partido fue encogerse de hombres y decir que no conoce la razón de su ausencia. Si la autoridad del líder del PP estaba ya en entredicho por parte de la opinión pública española ahora mucho más porque es precisamente su partido quien se ha hartado a hacer suyo algo que es de todos, la Constitución. No parece muy coherente defenderla (verbalmente, por supuesto, en la práctica ya es otro cantar) y luego no acudir a su homenaje. Es incoherente que cataloguen de inconstitucional el Estatut de Catalunya y luego se nieguen a homenajear aquello que, por lo visto, es inmejorable.

La política también son gestos y simbolizar nuestra norma institucional básica debe ser una acción obligatoria para quienes ejercen la función pública. Cuanto menos se exige de nuestros representantes un mínimo de protocolo. La excusa más disparatada llegó de la portavoz parlamentaria del PP en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría, al afirmar que “nadie duda de que el PP defiende la Constitución”. Pues entonces casi es mejor no celebrar nada y así damos por supuesto que toda España apoya la Carta Magna. Por esa regla de tres los dirigentes de ERC, EA, ex – lehendakaris como Ardanza, Ibarretxe y Garaikoetxea, etc., son poco menos que ponentes constitucionales.

Diversas encuestas publicadas en algunos medios avalan que la sociedad española pide su reforma, la cual no parece que vaya a producirse ante la sacralización del PP y la falta de valentía de los socialistas. Según el diario “El País”, el 84 % de los españoles defiende una reforma constitucional y un 69 % según “Público”. Estos datos hay que tomar con cierta altura de miras y relativizándolas pero, al igual que cualquier otro sondeo, sirven únicamente de orientación.

No parece lógico que aquello que fue aprobado en 1978 tenga de principio a fin total actualización más de tres décadas después. El país afortunadamente ha cambiado, las necesidades son otras y las nuevas generaciones que han nacido en democracia consideran que quizás haya que dar un paso más. Negarse al debate afirmando que no hay que modernizar nada de lo pactado en la Transición refleja el pensamiento nostálgico de algunos, especialmente los dirigentes del PP, que, si bien muchos de ellos defendieron la Carta Magna en su momento, otros no tanto. Este último grupo, curiosamente, es quien más fuerza hace para llenarse la boca con la palabra Constitución cuando ellos preferirían una reforma, eso sí, pero para ir hacia atrás como los cangrejos. Menos mal que hay gente como Basagoiti que es claro en este asunto. Dentro de esta sección de políticos que pretende involucionar están, cómo no, fieles a su cita los dirigentes de UPyD que, como no tienen programa electoral definido, optan por hacer ruido y de paso conseguir votos en los sectores más conservadores y pasearse por los micrófonos más “liberales” (sic) mañana, tarde y noche. Como bien dijo Peces-Barba “Rosa Díez es una oportunista que disfrutó como una loca trabajando con el PNV”.

Es nuestra Constitución una pieza fundamental en nuestro engranaje democrático pero no es un elemento sagrado intocable. Es un gran punto de partida pero no un fin en sí mismo. Quien sacraliza sin siquiera permitir un debate tiene un verdadero problema democrático pues se cierra en filas negando, en definitiva, las posibilidades de progreso de su país. El día que comprendamos que se puede sosegar el ambiente político y que no existen temas tabú habremos avanzado mucho en nuestra convivencia. Los sondeos demuestran que la ciudadanía no comparte los planteamientos inmovilistas de gran parte de su clase dirigente. Encerrarse en uno mismo y no escuchar al pueblo que te vota es, quizás, uno de los mayores defectos que puede tener un político y parece ser que nuestros representantes se han empecinado en tenerlo.