Saberes feroces

Lobisón

Aunque inevitablemente disminuida por su comparación con Un Pez Llamado Wanda (1988), por la repetición del trío protagonista, Criaturas Feroces (Fred Schepisi y Robert Young, 1997), era una película excelente a título propio. Como recordarán quienes la vieran, la idea que daba origen al título era la irrupción de la modernidad mediática en un zoológico inglés. Adquirido por un magnate empresarial que exige rentabilidades imposibles, el parque se ve inducido a presentar a sus más tranquilas criaturas como bestias peligrosas y asesinas, para evitar su liquidación bajo el argumento de que sólo las fieras son comercialmente atractivas.

 

La modernidad también ha irrumpido en el mundo de la enseñanza y la investigación, lo que ha ocasionado bastantes daños a las humanidades, pero ha conducido además a situaciones tan inverosímiles como la de presentar como peligrosos a animales aburridamente pacíficos.

 

Los daños son consecuencia quizá inevitable del mayor peso de la ciencia y la tecnología en la  sociedad y la economía: ese peso se traduce en un recorte del espacio de las humanidades en la enseñanza media, que los enseñantes interpretan a menudo como menosprecio por parte de las autoridades educativas. Sin embargo, independientemente del mayor o menor acierto de éstas, es evidente que buena parte de los padres (y de los alumnos) se sublevaría si se quisiera mantener el peso tradicional de las humanidades en la enseñanza.

 

Las situaciones inverosímiles surgen al intentar asimilar las humanidades a las ciencias, bajo el epígrafe de ‘ciencias humanas’ o equivalentes. El problema no viene de la etiqueta, sino de la exigencia de que se adapten a la estrategia de competición, internacionalización e impacto de publicaciones propio de las ciencias ‘duras’. Dos ejemplos, uno sobre publicaciones y otro sobre evaluación de resultados.

 

En las ciencias duras las revistas que cuentan son las que aparecen en el International Science Index (ISI), que mayoritariamente se publican en inglés, por la muy buena razón de que éste ha sido el idioma común de la ciencia desde el siglo pasado. En las humanidades, en cambio, no es infrecuente que en un campo determinado haya revistas prestigiosas que no son ISI, porque no se han propuesto (hasta ahora) serlo e introducir los correspondientes estándares de publicación, y que las que sí lo son (sobre todo publicadas en inglés) sean muy pocas.

 

Como es obvio, no todo el mundo que trabaja en filología hispánica o en historia colonial de América Latina se ha planteado publicar en inglés, en revistas ISI, para los especialistas británicos o de Estados Unidos, porque éstos leen las publicaciones en español. La consecuencia automática es que, si se aplica el criterio ISI al valorar las publicaciones en esos y otros muchos campos de las humanidades, resulta que la producción es de calidad inferior a la de las ciencias duras, más allá de cualquier evaluación objetiva de su contenido.

 

Otro ejemplo, sobre la evaluación de centros. La universalización de los criterios de las ciencias duras puede conducir a resultados paradójicos, sobre todo si se confía a programas informáticos. Por ejemplo: un centro de ciencias sociales muy competitivo, que logra muchos recursos externos (proyectos y contratos de investigación) debería tener una evaluación muy positiva. Pero si el programa que hace la evaluación no encuentra patentes entre los resultados del centro, la evaluación será negativa.

 

¿No puede distinguir el maldito ordenador entre centros ‘tecnológicos’ y centros de ciencias sociales o humanidades? Depende: si el programador ha decidido que el criterio es el propio volumen de recursos externos (muy alto en física de altas energías, muy bajo en filología), la consecuencia es que el centro de ciencias sociales con muchos recursos externos será visto como ‘tecnológico’, se le exigirá producir patentes y se le evaluará negativamente por no hacerlo.

 

Esto sólo demuestra, claro, que el software puede estar muy mal diseñado, algo que ya sabíamos los usuarios de ordenador, pero también refleja, creo, los grandes inconvenientes de querer someter a una misma lógica saberes distintos. Quizá la actual crisis de la modernidad neoliberal lleve a un mayor realismo en este campo, y a recordar que hay saberes pacíficos a los que no se debe exigir que parezcan o se comporten como fieras.