Rwanda: veinte años después

Frans van den Broek

En lo que se suele llamar el patio trasero de Europa –no sin condescendencia o arrogancia- seguían silbando las balas, tronando los cañones y fluyendo la sangre, cuando tres meses de espanto en África hicieron incluso de aquella guerra fratricida en la ex – Yugoslavia un paseo dominical. En tres meses, que comenzaron justo hace veinte años, se llevó a cabo uno de los más horribles genocidios de la historia reciente: alrededor de 800,000 personas fueron masacradas durante aquellos meses, sin que la comunidad internacional hiciera nada al respecto. O mejor dicho, sí que hizo algo, evacuar a sus propios connacionales y dejar a los rwandeses a su suerte. Y hablar mucho, por supuesto, a través de los canales pertinentes, sin que tanta palabrería tuviera efecto alguno.

Hasta cierto punto es comprensible que así fuera, dado que los acontecimientos se precipitaron de manera muy rápida y cogió a la comunidad internacional por sorpresa. Pero no fueron acontecimientos sin preparación o impredecibles. Ya había un contingente de las Naciones Unidas en Rwanda, con el mandato de vigilar la frágil paz que se había establecido entre las facciones beligerantes en la guerra civil que había fracturado al país por años. Cualquier acontecimiento desfavorable podía resultar en guerra, y eso fue precisamente lo que pasó, por lo que las Naciones Unidas no pueden aducir que no había razones para creer que algo peor pudiera suceder. Pero lo que sucedió transgredió todas las fronteras de humanidad conocidas y compite en brutalidad con las hazañas de Genghis Khan o de Atila. Los Hutus emprendieron entonces una matanza deliberada y sistemática de los Tutsis y de quienes se pusieran en su camino, incluidos los Hutus moderados, y para llevarla a cabo se utilizaron milicias de las que el mismísimo Hitler se sentiría orgulloso. No fue una respuesta caótica o precipitada, sin embargo, una erupción espontánea de rivalidad étnica. Fue una eliminación planeada, con listas y nombres, destinada a abolir toda oposición a la fracción Hutu que se había hecho con el poder. Una limpieza étnica que creó además 4 millones de refugiados y que compite en efectividad con las cámaras de gas de los nazis, pero realizada a golpe de machete. Muchos habrán visto algunos de los videos que registran los hechos y quizá, como el que escribe, les habrá quitado el sueño y la fe en la especie humana por un tiempo: mujeres, niños, ancianos, inválidos, cuantos cumplieran el requisito de ser Tutsis o de ser enemigos. Recuerdo un video en particular, donde una mujer, sentada en el suelo, y rodeada de cadáveres, se permite el último desafío de su vida, y se incorpora para enfrentarse a su asesino, después de haber sido alcanzada por un machetazo, como diciendo: “podrás matarme, pero no me matarás humillada, sin mirarte a los ojos”. El siguiente golpe de machete la tumba, para no levantarse jamás. Todo esto fue grabado a la distancia, tras de unos árboles y desde la altura, por alguien que huía o se ocultaba, y circuló por todo el mundo. Ahora todo el mundo lo habrá olvidado, salvo las víctimas.

¿Y todo para qué, por qué razones? ¿Y quiénes eran los Tutsis y los Hutus al final? Etnias que los belgas, siempre tan efectivos en sus tejemanejes coloniales, habían antagonizado en su afán de dividir y conquistar a la pequeña nación africana. Como se sabe, la descolonización no siempre ocurrió de manera favorable y al liberarse, Rwanda fue dejada en un estado de confrontación y de división tribal. Esto no puede atribuirse solo al gobierno o desgobierno colonial, como solemos hacer los ex  – colonizados para librarnos de culpas, sino a una serie de causas entre las que se encuentran la carencia de instituciones democráticas estables, las ambiciones personales de líderes de mente estrecha y, qué duda cabe, la tendencia humana al tribalismo atávico, animal, la tendencia que los seres humanos adoptamos cuando las circunstancias hacen de la vida algo “short, nasty and brutish”, como dijera Hobbes al referirse a las condiciones humanas en estado de pura naturaleza, o en otras palabras, cuando la civilización desaparece y vuelve a regir la bestia que todos llevamos dentro. Pero estos acontecimientos fueron no solo una ocasión para comprobar una vez más la bestialidad de la que es capaz el ser humano, sino también para constatar que la estupidez y la burocracia cuestan vidas, y que pasar de largo las reglas y las normas las salva.

Acabo de ver un documental, emitido por la cadena BBC World, en la que se cuenta la historia de uno de los militares de las Naciones Unidas, de origen senegalés, que desoyó el magro mandato que tenía de sus mandos (las Naciones Unidas jamás dieron órdenes de proteger a la población o de intervenir para evitar la masacre que ocurrió) y arriesgó su vida para salvar a cientos de rwandeses, incluidos los hijos de la asesinada presidenta de Rwanda, más allá de su mandato y del cumplimiento del deber. Lo hizo no solo convencido de que hacía lo correcto. También amargo por la respuesta de la comunidad internacional, la que en lugar de hacer algo para detener la matanza, solo se ocupó de los suyos, implicando con aquello que las vidas de rwandeses no importaban tanto como las de los europeos que fueron evacuados a tiempo. Mbaye Diange, capitán del ejército senegalés, era un hombre afable, alegre, con la sonrisa pronta y la agilidad humorística de los hermanos Marx, según cuentan los que le conocieron. Le gustaba bromear con los demás, tomarles el pelo, y era generoso y desprendido. A la vez, era hombre de principios, y aceptaba la muerte como una de las posibilidades de su profesión, por lo que no tuvo dudas a la hora de ayudar a quienes no debiera haber ayudado. Su jovialidad salvó vidas, pues en los puestos de vigilancia de las milicias hutus, logró convencer a más de un jefezuelo de dejarle pasar a punta de risas y chanzas. Pero además era valiente, como se supone que debe ser un soldado y como debieron ser las Naciones Unidas que lo comandaban. En cierta ocasión le pusieron un arma en el cuello para obligarle a abandonar a sus pasajeros, pero él le dijo al asesino que no se atrevería a disparar, y se lo repitió varias veces, hasta que lo rescataron. En varias ocasiones se interpuso entre las milicias y las posibles víctimas, diciéndoles que para matar a dichas personas tendrían que matarle a él primero. Al final, le asignaron a otra parte de Kigali, y durante el traslado una de las bombas de las facciones en disputa cayó cerca de su vehículo y le mató una esquirla en la cabeza. Murió en un combate que no era el suyo, pero no sin haber salvado cientos de vidas, más allá de regulaciones, mandatos o burocracias. Mbaye, y otros como él, comprenden que las vidas humanas no se segregan por etnias o facciones políticas y obran en consecuencia, con riesgo de sus propias vidas. Otros siguen bajo la égida de ilusiones y se fraccionan y se enfrentan, y no paran hasta que el horror se agota a sí mismo. Y aún otros, la mayoría, contemplamos desde lejos, sin hacer nada y hablando mucho sobre la necesidad de hacer algo, olvidados de que una vida humana es también nuestra vida, aunque se apague en otro continente y sea otro el color que cubre la sangre.