Rouco

Lobisón 

Puede haber sido su despedida pública, ya que se espera que a comienzos del próximo año el papa acepte su dimisión por razones de edad. El domingo 29 el cardenal y arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, presidió una celebración de la sagrada familia en la plaza de Colón, en medio de una multitud de miles de personas, incluyendo a los infaltables, infatigables y prolíficos kikos, con Argüello a la cabeza. Y, en parte porque ha conseguido del gobierno de Rajoy gran parte de lo que quería, y en parte por no desentonar demasiado de los nuevos vientos de Roma, el hombre ha sido menos feroz de lo habitual en él.

Todas las tradiciones religiosas tienen dos caras, la intolerante y profética —que amenaza con los siete males del infierno a pecadores e infieles, o se los aplica a ellos y a quienes tienen la desgracia de ponerse a tiro— y la cuidadora y caritativa. Es sabido que si las dos caras no van juntas el invento funciona mal. Hamás y los Hermanos Musulmanes tienen la peligrosa fuerza social que han alcanzado por cubrir las escandalosas carencias del poder político, en Gaza y en Egipto, frente a los problemas sociales.

Gracias a las políticas de austeridad, en España ha crecido el papel de las organizaciones cristianas para paliar los daños de la exclusión social. Esta podría ser una oportunidad para que la Iglesia dejara de identificarse con el prohibicionismo obsesivo en materia sexual y con la voluntad de convertir en leyes penales —que obligan a todos los ciudadanos— sus muy particulares criterios morales. Pero Rouco ha sido un infatigable —y bastante exitoso de momento— batallador para moldear la legislación y el Estado según sus preferencias.

Hay algo en Rouco que debería de despertar simpatía si pudiéramos olvidar su fatigosa y oscurantista presencia pública, su gesto y su voz. Pues lo que le sucede es que no entiende nada de lo que está pasando en el mundo, la ‘agobiante atmósfera intelectual y mediática’ a la que se enfrenta su mensaje. Eso nos pasa a muchos, que además no contamos con ABC y 13TV para consolarnos. Aceptar que la sociedad haya cambiado en contra de sus valores le resulta imposible, y dado su oficio y su posición trata de dar la vuelta a la situación con la ayuda del PP y nos regaña todo el tiempo.

Pero en un hombre con su cara es inverosímil su crítica de la cultura de la ‘tristeza’ y de la ‘transitoriedad’. No parece precisamente un ejemplo de alegría —a diferencia de Kiko Argüello, que es un orate exultante—, y de la transitoriedad, que debe ser un sinónimo infortunado del viejo relativismo moral, ¿qué podemos decir a estas alturas en que el propio Rouco podría demostrarse transitorio? Aunque somos muchos los que sentiríamos alegría si pudiéramos comprobar la transitoriedad de Rouco. Por dios, qué descanso sería.