Rompiendo la baraja atea

Sicilia

-“¿Se definiría usted como católico?”

– “Si, bueno, más o menos”

-“¿Crees que Jesús nació de una mujer que fue virgen antes durante y después del parto?”

-“Hombre, no digas cosas absurdas…”

 -“¿Y  que Jesús es Dios e hijo de Dios?”

– “Eso son cosas simbólicas o alegóricas, lo importante es su mensaje”

-“¿Estas en contra de los métodos anticonceptivos que no sean los métodos naturales o la abstinencia?”

-“Eso son tonterías, yo creo en Dios pero no en los curas y bastante tendrá Dios para meterse en esas cosas”

-“¿Te parece bien que un requisito imprescindible para dirigir los ritos y administrar los sacramentos sea el pertenecer al sexo masculino?”

-“No, eso debería cambiar, no me parece bien, igual que el que no les dejen casarse”

Sin miedo a errar demasiado yo diría que este es el modelo tipo de conversación en torno al ser católico o no que se puede mantener con la abrumadora mayoría de la gente que se define “católica” en nuestro país. Es bastante curiosa la impresión que da, ya que, efectivamente, la inmensa mayoría de los católicos que conozco no es que tan sólo disientan con la cúpula en algunos temas polémicos, sino que objetivamente objetan a casi todos los dogmas distintivos del catolicismo. En otra época hubiesen sido tratados como herejes, según el momento histórico incluso condenados a muerte.

No es raro que, pensando las cosas despacito, nuestro hipotético contertulio acabe reconociendo que “bueno, católico, católico lo que se dice católico estricto no es”, o que nos dijeran aquello de “católico no practicante”. Este es un curioso estado de la fe religiosa, muy al gusto patrio, que consiste, a grandes rasgos, en estar bautizado, comulgado, confirmado, casado por la iglesia y luego hacer lo que a uno le parece más oportuno, acorde con sus principios en todo lo demás.

Parece bastante lógica una postura así porque, aunque nuestra tradición social nos orienta de una manera determinada, la razón se niega aceptar cosas que son auténticos sinsentidos para una persona con una cultura general básica. Asimismo la ética y los sistemas de valores vigentes rechazan conductas que nos parecen al común de la gente ciertamente injustas, por muy arraigadas que parezcan estar. Las ruedas de molino son complicadas de tragar. Si todo fuese tan suave y tan relativo, tan de sentido común y tan calmado, no habría ni un conflicto religioso en el mundo, ni un choque cultural.

Sin embargo, haciendo los oportunos cambios según las diferencias culturales, una gran parte de la humanidad respondería “si” a alguna de esas preguntas o sus homólogas.

Cuando mostrásemos una cierta extrañeza a tenor de las preguntas y las respuestas nos encontraríamos con que se esgrime la “fe” para defender que se pueden sostener creencias contra la evidencia empírica. También con que se pueden esgrimir la “tradición” o la “costumbre”  incluso para justificar la pervivencia de normas en mayor o menos contradicción a la ética y los valores vigentes.

Es curioso cómo el ser humano o el pensamiento moderno puede hacerse estas trampas a sí mismos. En general se acepta que la “fe” es un valor positivo en sí mismo, digno de respeto, que hay que procurar transmitir y que incluso debe fomentarse. El creer, no solo sin pruebas sino contra cualquier evidencia contraria, que uno está en lo cierto, por lo visto, es un valor.

En el caso de la “costumbre” lo asumimos como inmutable y definidora de la pertenencia a un grupo; la costumbre no puede analizarse en términos de justicia o injusticia, de utilidad o inutilidad, de bondad o maldad, la costumbre o la tradición te hace “ser” y su cuestionamiento te hace “no ser”. La costumbre es identidad y la identidad, por supuesto, es absolutamente inviolable.

El resultado de esto es que las sociedades modernas nos vemos sometidas a una exquisita paradoja. No cabe manifestar opinión negativa respecto a las religiones, no pueden ponerse bajo la lupa sus creencias o dogmas, no pueden evaluarse en términos éticos sus ritos o las costumbres o prácticas sociales que impongan a sus practicantes; están por encima “del bien y del mal” en ese aspecto. Cualquier opinión en este sentido es inmediatamente tachada de “atentado a la libertad religiosa” o de “agresión a las creencias”, si hay suerte puede que solo se tilden de “falta de respeto a las costumbres de los demás”. Nuestros propios principios se vuelven contra nosotros y nos mantienen encorsetados obligándonos a jugar un juego absurdo con cartas marcadas.

Preocupante. Y no es preocupante por el católico del principio del artículo, o por aquellas personas para las que ser religioso consiste en pensar que después de la muerte irán al cielo si son buenos, o que rezando pueden hacer que sucedan cosas positivas.

Es preocupante porque sacralizando la sinrazón y extrayendo fuera del debate ético la conducta, estamos haciéndonos un muy flaco favor a todos. Ponemos fuera del juicio público cualquier acto llevado a cabo por la creencia, abrimos una puerta exagerada a que puedan alterarse completamente dos de los parámetros fundamentales que rigen la vida de los seres humanos.

Es verdadero o falso aquello que se demuestra como verdadero o falso y tus costumbres deben respetar las leyes de donde vivas (suponiendo que sean leyes justas democráticas… tal y cual)

Por eso ciertas cosas nos ponen en guardia, por eso no es de extrañar que cuando vemos a una mujer velada por la calle un metro detrás de su marido, o en pleno verano con manga larga, nos sentimos incómodos. Por eso nos rebela por dentro el oír que “jamás se utilizarían preservativos” o que su uso “procura más problemas del que soluciona”, por eso nos escama que haya cada vez más soldados en un ejército de un estado democrático juramentados a defender un concepto territorial definido en la biblia y no en las leyes que firman los hombres, por eso nos pone de los nervios el pensar que en el país más civilizado del mundo uno puede ampararse en la “fe” para enseñar en los colegios que el mundo fue “creado” y que la evolución (o la física cuántica) es falsa

Lo curioso es que estas cosas a veces nos puedan dejar acto seguido un regusto de incomodidad. ¿No son sus costumbres? ¿No lo hacen voluntariamente?  La cuestión es poner en su sitio la razón y las preferencias. Lo indispensable y lo accesorio. Vístase como quiera, tenga los hijos que le parezca, piense en la génesis de su historia en los términos que más le acomode, pero jamás por encima de la razón, jamás por encima de las buenas leyes, porque hasta el día de hoy, lo único que hay seguro es que no hay más realidad que ésta y es ahí done tenemos que operar, y lo que usted me cuenta son leyendas más o menos documentadas. Porque mucho de esto no se hace sino en base a leyendas… piénsenlo.

Entre tanto les dejo a ustedes -que si creo lo que proclama cualquier religión del mundo, son seguramente creyentes de “algún tipo”-, las siguientes preguntas para su reflexión

¿Cree usted que hay un ente que, en mayor o menor escala, ha creado el universo, con todo lo que contienen y sus reglas de funcionamiento? ¿Opina que dicho ente tiene algún tipo de preferencia sobre nuestra conducta, muy particularmente sobre nuestra conducta sexual? ¿Cree que este ente tiene el poder omnímodo de alterar el mundo físico que sin embargo ejerce escasísima y discrecionalmente? ¿Piensa usted que cuando morimos, de alguna u otra manera algo de nuestra identidad trasciende a otro tipo de existencia en mayor o menor relación con el ente en cuestión?

Y cuando responda, a lo mejor se encuentra con que le recorre una sensación como de haberse levantado de la mesa de un casino tramposo, donde uno siempre perdía, y con que tiene una baraja fresca y nueva para empezar a jugar.