¿Romney?

Lobisón 

Hace casi doce años encendí la televisión en plena noche y me encontré que Bush había ganado en Ohio. Después empezó el calvario de Florida y todas las desgracias que sabemos aunque queramos olvidarlas. Así que, pese a que las últimas encuestas parecen favorables a Obama, confieso que estoy en vilo. Y también se dice que Rajoy preferiría una victoria de Obama porque ve en él una influencia positiva para hacer a la temible señora Merkel un poco más comprensiva sobre un posible cambio de rumbo en el manejo de la crisis de la Eurozona.

De hecho, a excepción de la derecha israelí no parece haber fuera de Estados Unidos mucha gente que desee la victoria de Romney. Pero en Estados Unidos, sí. ¿Por qué? La pregunta tiene dos aspectos. Por una parte habría que explicar el ascenso del Tea Party, que ha llevado a Romney a designar como candidato a la vicepresidencia de Paul Ryan. En época de Reagan corría el chiste de que toda la Casa Blanca rezaba cada día por la salud del presidente… ante la terrible posibilidad de que tuviera que reemplazarle el vicepresidente Dan Quayle, el que no sabía deletrear correctamente ‘patata’ en inglés. Pues imaginen lo que sucedería si llegara Ryan, el partidario de la educación de los niños en casa, a la vicepresidencia.

Pero la otra parte de la pregunta merece ser tomada muy en cuenta. ¿Qué lleva a gente no extremista a poner sus expectativas en un candidato como Romney? Conviene recordar que el tipo se propone liquidar la reforma de la sanidad de Obama, que se parece bastante a la que él mismo introdujo en Massachusetts cuando era gobernador. Y, más allá de su atroz oportunismo, recuérdese que considera que el principal problema del país es el déficit (pese a que no tiene el problema para financiar la deuda que tenemos en el sur de Europa), y que su propuesta para reducirlo es mantener baja la fiscalidad de las rentas más altas pero recortar el Medicare, la atención médica a las familias de bajos ingresos.

Puede que deba pagar el precio de haber apostado por la supresión o privatización de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias en vísperas de la llegada del huracán Sandy, pero es bastante llamativo que mucha gente pueda creer en la solidez de un programa de saneamiento fiscal basado en no cobrar impuestos a los ricos y recortar los programas sociales a las rentas bajas.

Una posible respuesta la ofrecería una encuesta que revelaba que un alto porcentaje de los beneficiarios de programas federales ignoraba o fingía ignorar que lo era. La clave estaría en un triunfo indudable del discurso conservador en los ochenta, quizá reforzado por la reforma del welfare por Clinton. Muchos ciudadanos blancos de rentas bajas, o medias-bajas, quieren creer que los programas sociales del gobierno federal van destinados a negros y latinos ociosos, que llevan así una vida cómoda o muy cómoda: hay toda una leyenda urbana sobre las reinas del Cadillac, madres solteras acomodadas gracias a los subsidios federales, que serían una de las piezas claves de la marginalidad parasitaria y delictiva.

Así, una de las mayores meteduras de pata de Romney en la campaña (afirmar que hay un 47% de norteamericanos que no pagan impuestos y reciben subsidios, y a los que no podía convencer de las ventajas de sus propuestas) era también innecesariamente pesimista. No se pueden entender las cifras de intención de voto sin admitir que dentro de ese grupo hay mucha gente que cree que los beneficios son para los otros, para las minorías, y que el programa de Romney les beneficiaría. Algo no muy distinto de lo que pasó en España en 2011, pero ésa es otra historia.