Ridículo

Lobisón

En las últimas horas se han juntado dos espectáculos un poco vergonzosos que hacen temer que nuestro país se esté deslizando hacia el ridículo más absoluto. El primero ha sido la escenificación de un minidesarme por parte de ETA ante los llamados mediadores internacionales. Como estos mismos han señalado, la credibilidad del gesto quedaba muy erosionada por la escasez del armamento exhibido y, sobre todo, por el hecho de que una vez grabado el oportuno video los etarras metieran en una caja de cartón las armas supuestamente inutilizadas (selladas) y se las volvieran a llevar.

Hasta aquí ya tenemos los elementos de una mala comedia, acentuados por el gesto de seriedad con el que los mediadores afrontan su tarea (no entienden que no se la reconozcamos). Pero la cosa empeoró de forma muy notable con la convocatoria de la Audiencia Nacional a los susodichos para que explicaran sus contactos con ETA. Parece que se trata de una concesión a Covite, que sigue en su estrategia de mantener viva a ETA como una amenaza frente a la que los poderes políticos, y en particular el gobierno del PP muestran una debilidad cómplice. En seguida llegó Esteban González Pons para lanzar su propia estridencia: que los mediadores trabajaban para ETA.

Probablemente estas reacciones son histéricas y van mal encaminadas. Pero alguien debería explicar a los mediadores que ya no parece haber ninguna función para ellos, y que tanto los abertzales como los demás sólo estamos esperando el desarme y la disolución de lo que va quedando de ETA. Que el goteo de ‘gestos’ insuficientes exaspera a los abertzales y casi nos resulta indiferente a los demás, que los presos lo que quieren es ir tramitando sus papeles para acercarse al País Vasco y a su posible excarcelación cuando corresponda. Que lo que necesita ETA no son mediadores, ni coartadas, sino terapeutas.

Por si faltaba algo para provocar rubor, la noche del domingo Jordi Évole dramatizó con habilidad y descaro una supuesta conspiración del Palace para organizar el 23-F del 81 un falso golpe que sirviera de vacuna contra un verdadero golpe militar. La verosimilitud la daban los políticos y periodistas (dejemos a Garci fuera) que se prestaron a la ficción como actores. Resultaba bastante inverosímil, en cambio, el papel atribuido a Miláns, que para nada encajaba con su personalidad, pero bueno, así son los creadores. Para que no faltara nada, Évole introdujo su propio mcguffin: la caja blanca del rey.

Bueno, todo podría ser un bromazo pesado, pero hoy me han llegado comentarios de gente muy joven y de no demasiada información política, que además no habían visto el programa y estaban convencidos de que se había producido una verdadera revelación. Es bastante ridículo, pero no estoy seguro de que sea una aportación positiva al clima político. Pero, claro, quizá el problema es que yo estoy ya tan viejuno como la Constitución.