Revelaciones sustanciales sobre el 23-F

LBNL

No sé si tuvieron ocasión de leer la entrevista a Pilar Urbano en el Mundo del pasado, centrada en su último libro, titulado ‘La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar’, y más en concreto en los capítulos sobre la trastienda del 23-F. Es un tema que está recibiendo bastante atención mediática en los últimos tiempos, empezando con el documental falso de Jordi Évole hace algunas semanas y ahora con ocasión del fallecimiento del ex Presidente del Gobierno Adolfo Suarez.

Seguramente conozcan bien a Pilar Urbano, que no esconde su pertenencia al Opus y cuyo conservadurismo moral no le ha impedido ejercer desde hace décadas como periodista seria y fiable con tendencia a dar la campanada. Entre estas, recordarán su libro sobre la Reina, que provocó bastante revuelo en vista de las revelaciones que ofrecía sobre la visión de la Reina Sofía de algunos temas espinosos, como el matrimonio homosexual.

En la entrevista del domingo, Urbano argumenta que sus revelaciones sobre el 23-F están sólidamente basadas en muchas entrevistas con los protagonistas principales, Suarez y Sabino Fernández Campo (a la sazón Jefe de la Casa Real, para quien no lo recuerde) incluidos. Ambos han fallecido, pero la lista de fuentes es bastante más amplia y en todo caso, su versión sobre la intra-historia del 23-F es bastante plausible.

Se la resumo por si se quieren ahorrar su lectura. Durante el año anterior al 23-F, muy convulso, el Rey consintió o impulsó la “solución De Gaulle” (nombramiento por las Cortes de un militar al frente de un gobierno de civiles de unidad nacional) promovida activamente por su ex preceptor el General Armada. Su distanciamiento con Suarez fue in crescendo y finalmente propició la nunca explicada dimisión de este último. Sin embargo, ya era demasiado para parar el golpe de timón (más un pronunciamiento para forzar la solución de Gaulle que un golpe militar duro) en marcha. Cuando Tejero, Milans del Bosch y otros se lanzaron a las bravas, Armada intentó aprovechar para sacar adelante su plan,pero Tejero, defraudado, se lo impidió. Por su parte, el Rey, plenamente satisfecho con el relevo de Suarez, maniobró activamente para poner punto final al alzamiento sin derramamiento de sangre. Al día siguiente, Suarez intentó revocar su dimisión, pero no le resultó legalmente posible.

Seguro que gran parte de lo que cuenta Urbano está “novelado”. En todo caso, son como poco versiones de segunda y en no pocos casos de tercera mano. Pero no es demasiado trascendente si los enfrentamientos entre Suarez y el Rey que relata discurrieron como los describe o fueron menos agrios. Lo verdaderamente importante es que en la interpretación histórica de Pilar Urbano, el Rey sería en gran medida culpable de lo que pasó el 23-F y por tanto su salvamento de la democracia, que tantos hemos reconocido durante décadas, sería como mucho el remedio de errores previos.

Ya se conocía en detalle que Armada había pasado varios meses tratando de conciliar apoyos de las principales fuerzas políticas para ser nombrado Presidente del Gobierno. El PSOE y los demás no se mostraban contrarios, principalmente porque el país estaba en una situación límite y esa opción tenía la ventaja de evitar otras peores. Y además, les permitía acceder a respectivas parcelas de poder, claro está.

Lo que nunca se ha explicado, en cambio, son las causas de la enigmática y sorpresiva dimisión de Adolfo Suarez. La interpretación más común es que el avispero en el que se había convertido la UCD pudo con él. Según Urbano, el principal factor habría sido el deseo del Rey de reemplazarle, convencido por Armada y otros de que su permanencia al frente del Ejecutivo, suponía un mayor riesgo para la democracia. Por tanto, nada de lo que explica Urbano pone en cuestión las convicciones democráticas del Rey. Los hechos son evidentes: “heredó” un Reino de un dictador militar con el encargo de perpetuar el régimen y, conocedor de la realidad occidental y europea en particular, lo fue desmontando pieza por pieza, con la ayuda inestimable de Suarez, por supuesto, hasta que nuestro país se transformó en una democracia homologable a las vecinas.

Ahora bien, por lo que relata Urbano, parece que el Rey cedió ante la presión y fue al menos cómplice –si no impulsor- de una operación heterodoxa y muy arriesgada: no es lo mismo poner un militar al frente del gobierno de Francia que hacerlo en España muy poquitos años después de haber terminado una dictadura militar de casi cuarenta años. Y, sobre todo, como decía antes, su actuación posterior durante la noche del 23-F no sería sino la corrección del error previo.

Por la entrevista, lo que menos serio parece del libro es la “demostración” de que el Rey sería el denominado “elefante blanco” del que hablaban los golpistas. Lo “constata” supuestamente a partir de que Suarez dijo en alguna ocasión que sólo dos personas sabían de quién se trataba y él era una de ellas. Y el Rey habría venido a admitir lo mismo de tal forma que, como no era Suarez, tendría que ser el Rey. Valiente bobada. Según esa lógica, nadie más sabría quién era el elefante al que esperaban en el Congreso…

Aun así, no parece que el libro sea una teoría de la conspiración como otras que han abundado sobre el 23-F: El Rey no estaba en Zarzuela cuando grabó el mensaje; todo el golpe fue un montaje colectivo para vacunar a la democracia contra un golpe real; los golpistas no burlaron al CESID sino que éste se mantuvo dentro de la operación para hacerla descarrilar a última hora, etc… No, más bien estamos ante una interpretación de los papeles de cada uno de los actores principales que viene a desmentir la verdad comúnmente asumida de que el Rey salvó la democracia; cuando menos la enmienda sustancialmente.

Una interpretación que reivindica el enorme papel del malogrado Adolfo Suarez, a quien además de todo lo ya conocido, también debemos haber conseguido evitar la solución Armada con su resistencia numantina a la misma, dimisión incluida.

Volviendo al Rey, la puesta en duda de su rol en el 23F no es baladí porque su supuesto heroísmo solventó a ojos de muchos, entre los que me contaba, su falta de legitimidad de origen. Gracias al 23F nos olvidamos de que había tragado con carros y carretas de Franco para asegurarse la sucesión, y de sus amistades con generales de la división azul y demás. Le perdonamos después sus amistades con criminales condenados por los tribunales como De la Rosa, el estafador de miles de millones de las torres KIO, o Prado y Colón de Carvajal, condenado en el mismo caso y conocido como testaferro del monarca. Y no prestamos demasiada atención a su conciliábulo con Mario Conde, cuyo intento de regalarle el nuevo yate “Fortuna” evitó Sabino Fernández Campo in extremis, siendo a continuación sustituido al frente de la Casa Real por un compañero de estudios de Conde, Fernando Almansa. Por no hablar de sus múltiples queridas, asunto de carácter privado excepto cuando más o menos por la misma época, le llevó a desaparecer durante varias semanas por cuenta del ingreso de una de ellas en una clínica suiza tras un aparatoso accidente.

El Rey llegó al trono con una idea clara de que había que homologar el régimen español con los de su entorno y una de sus acciones más brillantes fue escoger a Suarez para pilotar el proceso. Durante su mandato y el de quienes le sucedieron en la Presidencia del Gobierno, el Rey ha reinado mientras los políticos gobernaban a conducían al país a una larga lista de éxitos y a muchos fracasos. En suma, el Rey no es el artífice de nuestra democracia, que es un mérito colectivo de nuestra clase política y nuestra sociedad. Y por el contrario, su supuestamente trascendental papel para salvarla en sus horas más críticas está, cuando menos, en entredicho.