Repasemos

Marta

La polémica propuesta del PP sobre los inmigrantes ha centrado parte del debate político en estos últimos días. Creo que eso no es malo en sí: no se habla tanto del País Vasco, y se aborda uno de los retos más importantes a los que tiene que hacer frente nuestro país. Sin embargo, no sé que tiene el tema de la inmigración que lo hace tan inflamable y tan proclive a la demagogia y a la pura tontería. Y eso, cuando no se recurre al tópico facilón o a la mentira pura y dura.Pienso que esta cuestión, como en tantas otras, falta un poco de perspectiva y un mucho de sensatez. Sin ánimo de ser prolija, quisiera ofrecer unas pinceladas de aquello que se debería tener en cuenta a la hora de abordar cuestión tan compleja.

Conviene insistir en ello: España ha sido un país de emigración hasta mediados de los años 80 del siglo XX, momento en el que el saldo emigrantes-inmigrantes comenzó a ser favorable para nuestro país: eran más los que venían que los que se iban. Desde principios del siglo XXI, el vuelco se consolidó con otro nuevo hecho: hay más extranjeros en España que españoles fuera de nuestras fronteras.

El fenómeno es nuevo, y sobre todo, muchos estudiosos destacan la velocidad a la que se ha producido. Para dar idea de la intensidad de su evolución, allá van unas ilustrativas cifras: según cifras del Padrón Municipal recogidas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 1996 vivían en España algo menos de 550.000 extranjeros. De acuerdo con el Padrón del año 2007, el número de personas extranjeras que habitan en España asciende a algo más de 4.500.000. A mí estas dos cifras me dan un cierto vértigo.

España ha pasado por el mismo proceso que otros países del sur de Europa, y por los mismos cambios que países avanzados como Francia y Alemania en los años 50 y 60 del siglo XX. En realidad, todo el continente europeo era un lugar de emigración no hace tanto, aunque parezca que a todos se les haya olvidado, también en España. La presión demográfica y las difíciles condiciones de vida impulsaron a millones de europeos a buscar una vida mejor en otros lugares, principalmente América, pero también África, Asia y Australia.

En España la inmigración es variada y heterogénea, lo cual complica aún más el asunto y debería llevar a la necesidad de una cierta delicadeza, puesto que debido a las diferencias culturales entre unos y otros, los retos también serán muy diversos. Allá van otras cifras, también tomadas del INE: los europeos constituyen el grupo más numeroso, pues son algo más de 1.800.000, casi todos de países comunitarios. A continuación vienen los americanos, un millón y medio, de los cuales casi todos proceden de América del Sur. Menos numerosos son los africanos (800.000) y los asiáticos (220.000).

Cabe destacar, no obstante, que el porcentaje de extranjeros europeos ha disminuido de forma notable en los últimos años, mientras que ha aumentado la presencia de gentes de otros continentes, en especial América Latina.

En muchos casos, los inmigrantes que más preocupación suscitan son los musulmanes, y probablemente, aunque nunca lo reconocerán, en el PP piensen fundamentalmente en aquellos que profesan la religión de Mahoma cuando lanzan sus propuestas, aunque lo hagan extensivas a todos. De hecho, uno de los elementos de debate que han puesto sobre la mesa es la controvertida cuestión del velo islámico, y Rajoy, un tanto confusamente, mencionó la poligamia y la ablación del clítoris (aunque lo cierto que ésta es una terrible costumbre propia de algunas zonas de África, pero la empanada que muestran algunos líderes políticos puede ser monumental).

En muchos otros países sucede igual: la forma de vida de muchos musulmanes suscita una gran preocupación, sobre todo en lo que se refiere a la situación de las mujeres. No obstante, tampoco se puede caer en el riesgo del tremendismo, pues si tendemos a conocer poco de la cultura de aquellos que vienen a trabajar y vivir aquí, ese desconocimiento alcanza cotas desoladoras en lo que se refiere a la cultura musulmana. Un pequeño ejemplo: no todas las musulmanas llevan velo. De hecho, ninguna de las mujeres de esa religión con las que he tenido un trato más o menos cercano lo usa.

Todas estas pinceladas pretenden demostrar que toda prudencia y delicadeza a la hora de abordar la inmigración es poca. No deberíamos olvidar nunca de donde venimos, de las oleadas de gente que se marchó porque aquí vivía en la miseria, y deberíamos tener en mente fotos como la del enlace que una de nuestras distinguidas blogueras colgó el otro día (espero que no te importe, Devagar, si lo vuelvo a poner aquí: http://www.manuelferrol.com/index.php?cls=galeria&cmd=galeria&galeria=emi5&foto=Emi6_5&indice=emigracion)

Tampoco es bueno abordar la inmigración como un problema cuando, debido al envejecimiento de poblaciones como la española, se constata, tanto desde la ONU como desde la Unión Europea, la necesidad de mucha más gente de otros países. Algunas estimaciones hablan de la necesidad de millones de personas para los países europeos. Puede resultar que los inmigrantes no sean demasiados, sino demasiado pocos. Es preferible manejar el término reto, puesto que da mayor idea de su complejidad, mezcla de elementos positivos y negativos.

Por otra parte, resulta triste concebir la inmigración en términos utilitarios y caer en la simpleza del ellos-nosotros. Ni ellos ni nosotros somos dos colectivos homogéneos puestos frente a frente, sin posibilidad de interactuar e intercambiar vidas, costumbres, favores… Y además, resulta un tanto arrogante pensar que “nosotros” tenemos el monopolio de las virtudes, y que “ellos” no tienen nada que enseñarnos, puesto que somos tan listos.

En definitiva, el trabajo que queda por realizar es de una dimensión formidable. Se puede optar por realizar un análisis sereno de lo qué se debería hacer para lograr que la presencia de inmigrantes sea un hecho ante todo positivo o bien caer en el tremendismo, cuando no en la patochada, dificultando la integración y coartando todo aquello que tiene de positivo la llegada de gente nueva. Esta debería ser una de las cuestiones que se tendrían que dilucidar en las próximas elecciones generales.