Relatos de verano

Melinda

 

 1. Babia 

El sol sale por Peña Ubiña,  el monte más alto que rodea por el este el ancho valle en el que se sitúa el pueblo de Huergas de Babia, cuna de mis abuelos. Es una peña caliza, con poca vegetación en sus cumbres, visibles desde las ventanas que miran a oriente en la casona que construyó mi abuelo en la primera década del siglo XX. A menudo, aún pueden verse sus picos nevados ya entrada la primavera, que llega tardía, no antes del mes de  junio. Es entonces cuando el campo, en esa tierra, se llena de flores silvestres de todos los colores y el monte de tomillo, lavanda y otras hierbas aromáticas, que desbordan los sentidos por los olores y colores y la frescura del aire. Todo ello enmarcado, a menudo, en un cielo azul intenso y transparente, que forma el fondo de un relieve montañoso.  

 

Desde el mirador de hierro y cristalera antigua, situado encima de la entrada principal de la casa, aparece, imponente, el Abedular, que se ve muy cerca, casi cerrando el valle por el sur. Es un  monte verde, más alargado que picudo, cubierto de abedules que parecen matojos o pequeños arbustos desde la casa, pero que son muy grandes cuando te animas a subirlo y desapareces entre ellos. En verano, sus laderas están llenas de escobas con  flores amarillas y otras matas con  flores malva, repletas de arándanos.  Mirando al oeste, que apunta en la dirección de El Bierzo, está Pregame, monte de subida fácil que fue remate de muchas chocolatadas familiares en la Fuente Santa, cuando mi hermano y yo –que pasábamos con mis abuelos los veranos en Babia, durante la infancia y preadolescencia-, acudíamos a aquellas meriendas campestres  con  alborozo, acompañados por primos y tíos y, excepcionalmente, también por mis abuelos o mis padres.

 

La Fuente Santa nacía muy arriba, en un pliegue del Abedular en su extremo occidental, y bajaba en forma de potente riachuelo de aguas cristalinas hasta la pradera de nuestros juegos. El agua que traía era en verdad riquísima y de grandes propiedades -se decía-, y había que tumbarse en el suelo boca abajo y sorberla metiendo el morro en el arroyo. Otra diversión era saltar al otro lado sin meter un pie dentro, cosa difícil para los pequeños. Por fin, la escalada a Pregame y la vista esplendorosa de todo el pueblo y alguno más en el mismo valle –Robledo y  Torre de Babia-, circundado por el norte por la cordillera que se adentra en  Asturias, donde se encuentran las espectaculares Lagunas Verdes.

 

Las chocolatadas en la Fuente Santa eran actividades muy distintas del transcurrir diario, más bien solitario, de las tardes de julio y agosto. Cuando mi hermano y yo no podíamos escapar del control de los abuelos, que nos obligaban a permanecer un tiempo en la huerta, después de comer, nos subíamos al columpio debajo del lilo y permanecíamos allí un buen rato, meciéndonos por turnos, en aquel rincón sombrío del jardín, rodeado por la verja y perfumado por las lilas. Otras veces, saltábamos a escondidas la tapia trasera del jardín, ayudándonos del gran tilo, llevándonos bajo el brazo la tabla que previamente habíamos untado con cera por un lado para sentarnos encima del otro y tirarnos cuesta abajo por el otero San Miguel. La “resbaleta”  llamábamos a aquel juego. Cuando se rompía un pantalón o se manchaba de hierba mi vestido, había reprimenda de la abuela, cosa que no nos impedía volver a las andadas a la primera ocasión.

 

Otra actividad era “ir a moras”, que, en agosto, abundaban en las zarzas que cubrían las paredes de piedra de los caminos.  Después, entrábamos en la cocina a recoger la merienda, pero salíamos con prisa, a sabiendas, ahora, de que quedaba poco tiempo para jugar fuera. Ésta era la hora de juntarse con chicos del pueblo, de subir al Otero, donde estaba la iglesia con su pequeño cementerio, y la fuente de piedra y el gran fresno –cobijo algunos días al año de una familia de quincalleros-,  y donde los del pueblo trillaban a mano y hacían grandes montones de gavillas doradas, que eran excelentes para jugar al escondite entre las medas, al anochecer.

 

-Si vais al Otero, no vayáis donde está el fresno, que ahora están los gitanos y os pegan los piojos- advertía la abuela.  -No andéis por allí, que está muy sucio-, gritaba desde la puerta.

 

La verdad es que los quincalleros nos inspiraban un cierto recelo. El lugar que ocupaban olía a miseria y había  siempre más de un niño pequeño correteando semidesnudo. Un hombre recogía sartenes o cazuelas rotas por las casas del pueblo y las arreglaba haciendo una soldadura. Las mujeres cocinaban algo en un puchero encima de unas piedras sobre un fuego en el suelo o lavaban ropa en un barreño. Tenían un carro en el que vivían y se trasladaban y al que a menudo había un perro atado, que dormitaba en el suelo. Acampaban  allí unos días, no muchos. Después, no volvían hasta el año siguiente.

 

El olor a suciedad y miseria seguía bajo el fresno después de haberse ido y, de alguna forma, al menos para mi y mi hermano, aquel lugar quedaba estigmatizado por su presencia de unos pocos días. Si pasábamos por allí, echábamos a correr, no fuera a ser que se nos pegaran los piojos. Pero no puedo recordar, sin embargo, que nadie se quejara abiertamente o que no se tolerara a los quincalleros en el pueblo, aunque se instalaban en el centro,  pegando a la pared trasera de la Iglesia y del cementerio, en un rincón de la era, donde los lugareños esparcían sus mieses y hacían la trilla en el mes de agosto. La imagen de un cierto trasiego del hombre que arreglaba las cazuelas, llamando a las puertas de las casas de alrededor para entregar o recoger su mercancía está viva  en mi memoria y no recuerdo, sin embargo, haber percibido desprecio alguno ni críticas de los lugareños. Sin mezclarse más allá de lo necesario, más bien predominaba un respeto mutuo y se les proporcionaba trabajo.

 

Dos o tres veces en el verano, mi abuelo nos anunciaba que al día siguiente íbamos a ir con él a la feria. Mi abuela se esmeraba en que luciéramos ropa limpia y bien planchada y mi abuelo se encasquetaba  su bonito sombrero claro de jipijapa. Engalanados así, llegábamos en su coche al lugar establecido, que era, siempre por la mañana, en un campo extenso. Desde el coche observábamos la polvareda y algarabía creada por el ganado -mayormente vacuno y bien sujeto con una soga por sus dueños-  y los tratantes de la zona, que actuaban de intermediarios en la compra-venta. Los tratantes vestían un blusón negro fruncido que les llegaba más abajo de la cintura, más o menos por medio muslo, y portaban además sombreros negros y una larga vara que les servía para acarrear al ganado. Todo ello les proporcionaba un aire bastante pintoresco. Mi abuelo saludaba a algunos de aquellos hombres, que se le acercaban respetuosos y comentaban con él cómo iba la feria aquel año y cualquier otro asunto relacionado. Mi hermano y yo, mientras tanto, descubríamos con emoción el carrito de las baratijas y gastábamos invariablemente la propina, o parte de ella, en un reloj de plástico de colores llamativos. Mi  golosina favorita eran las  avellanas, que tenían un fuerte sabor a recién cogidas del árbol.

 

2.         Mi abuelo 

Babia era la tierra de mi abuelo materno: un Republicano Ilustrado que aprendió la técnica de hacer mantequilla en las Escuelas Sierra-Pambley, una sucursal de la Institución Libre de Enseñanza, situada en la montaña leonesa. A la Institución, en Madrid, mandó a sus hijas internas a estudiar el bachillerato. En 1908, construyó su casa de Huergas y, en 1936, se la quemaron los falangistas al mando de Girón, rociándola con gasolina previamente, cuando él ya estaba preso y condenado a muerte en la cárcel de León. Su fábrica, en León, fue intervenida por los nacionales.

 

Mi abuela y mi madre, que estaban en la casa de Huergas cuando se presentaron los incendiarios, fueron invitadas a salir sin contemplaciones. El fuego arrasó, entre otras cosas, la imponente biblioteca de mi abuelo.

 

No se puede decir, no obstante, que la suerte no acompañara a mi abuelo, que, a la postre pudo salvar la vida, como no les ocurrió a tantos amigos suyos que profesaban sus mismas ideas. Y cuando salió de la cárcel, cinco años después de ser llevado preso, sacó su empresa adelante y volvió a construir su casa en Huergas, exactamente igual que había sido. En esa tarea le ayudaron tanto los gruesos muros de piedra de la casa, que tampoco ardieron, como el espíritu Ilustrado y liberal de mi abuelo, que fue también ejemplar por su fortaleza y empeño por vivir con dignidad y plenitud en aquel yermo inhóspito que fue la España de la post-guerra.   

53 pensamientos en “Relatos de verano

  1. Eso es una larga historia, Lobisón. Sólo los más viejos del lugar pueden explicarla. Es un obseso de este blog, que entra aquí periódicamente a disparatar, adoptando múltiples personalidades. Y que estuvo en el origen de la “regeneración democrática” a la que con tanto ahínco viene dedicándose el partido magenta.
    Sólo Jon Salaberría podría explicar esto bien explicado. Es que es inexplicable.

  2. Para´más detalles sobre la regeneración democrática y el partido que la predica y sus personajes, le recomendaría de momento a Lobisón que lea los artículos de este blog encuadrados en la categoría de “Pirronismo”. Es también complicado de explicar, pero el pirronismo es un factor clave de ese partido en el que parece que andan a hostia limpia.

  3. Gracias, PMQNQ. Al pirronismo llegué, pero Guzmán se me escapaba.

Deja un comentario