Regenerar

Lope Agirre

Estuvimos el sábado, día 8, en Arrasate/Mondragón. Éramos muchos los concentrados, pero pocos eran de la localidad. Bastaba con darse una vuelta por el pueblo para darse cuenta de la realidad en la que vivimos, los bares estaban llenos de gente ajena a la concentración silenciosa, que bebía y charlaba como si fuese una jornada normal, como si no hubiesen asesinado a un vecino; había quienes, desafiantes, enseñaban las insignias a favor de los presos y hacían gestos obscenos con los dedos. Y había miradas que helaban la sangre, lo juro. Dudo de que muchos de los chicos y chicas jóvenes que escuchaban música en los bares y coreaban las letras, con gran sentimiento, considerasen a Isaías Carrasco como un vecino. Para algunos de ellos supongo que sería el “enemigo”, así de claro. Muchas veces me he preguntado qué debe ocurrir para que una persona normal vea como enemigo a un colega, vecino o amigo, alguien que no le haya hecho nada. No tengo respuesta. Pienso que es consecuencia del odio que, como un veneno, se ha ido inculcando, en dosis pequeñas pero letales, y se ha convertido, al final, en costumbre. La costumbre de matar y de justificar la muerte ajena. Las razones del odio no tienen por qué ser lógicas o ciertas; afectan a esa parte oscura de nosotros, primaria e irracional. El resultado es que la persona odiada deja de ser humana y, por tanto, no es necesario tratarla como tal. Así de sencillo. Se la puede matar y no pasa nada, o pasa poco.

Ahora tenemos más datos sobre las elecciones celebradas el día 9. En Arrasate ganó el PSE; pero la abstención rozó el 40%. Es difícil extraer certezas donde hay vacío, pero es necesario llenar el vacío de palabras. Eso es la literatura, creo. No es aventurado pensar que no sólo los simpatizantes de ETA se abstuvieron en la localidad. ¿Miedo? Quizá; indiferencia en todo caso, ante el destino de un ser humano. Decía Hannah Arendt que el mal triunfa allí donde la gente buena decide no hacer nada y se pone a mirar hacia otro lado. Es lo que han hecho muchos habitantes en el País Vasco, mirar hacia otro lado, sin saber, o sabiendo, que esa actitud es la que ha contribuido a que ETA siga existiendo. El desvío de la mirada, e imaginar que es posible, a través del silencio y la falta de acción, retirarse a una zona mental donde la vida siga, como si nada pasase, es lo que convierte a un ser humano, no en aliado del crimen, pero sí en indigente moral.

La abstención como metáfora del país. Acarrea consigo la ceguera ante el sufrimiento ajeno, la falta de compasión y una indiferencia hacia el mal. El sábado, día 8, algo así se palpaba en la localidad. Éramos muchos los concentrados por Isaías, pero eran muchos más los no concentrados. La mayor parte de nosotros no era de la localidad; nos conocíamos de vista casi todos, de otros duelos. Al acabar la concentración, tuve la impresión de que éramos extranjeros. Alguien me comentó que lo mejor que podíamos hacer era irnos de allí y dejar a todos los que actuaron, como si el asesinato de un ser humano no fuera con ellos, que se pudran en su ciénaga moral. Otro, poeta él, le contestó que si pensamos que somos extranjeros nos tratarían como si lo fuésemos, que ya era hora de actuar como si fuésemos inquilinos, que había que hacerse cargo de la “casa del padre”, para regenerarla moral y culturalmente, sobre todo, que buena falta hacía. Pocos le respondimos.

El lunes volvimos a Arrasate/Mondragón, a tomar parte en la manifestación. El ambiente era completamente distinto al del sábado. Los bares estaban vacíos y las calles llenas de gente de todas las condiciones y edades, que no sólo quería dejar constancia del rechazo a ETA. En el ambiente aleteaba la idea de que los días de gloria del nacionalismo se están acabando, que nada va a ser igual que antes. Eso es al menos lo que intuí. A pesar de la tristeza y,  sobre todo, a pesar del dolor. En el País Vasco se ha cruzado el Rubicón.