Reflexiones irracionales sobre Europa y la voluntad política

 Guridi

Rodríguez Ibarra decía que si suficientes personas hubieran apoyado a Zapatero en mayo de 2010, posiblemente hubiera sido mucho más difícil torcerle la mano hacia la derecha, como efectivamente ocurrió. 

España en aquellos momentos era la cuarta economía de la zona euro. Si el Gobierno de entonces hubiera contado con un respaldo amplio, alemanes, franceses, BCE y FMI se lo hubiesen pensado dos veces antes de dejar caer a nuestra economía fuera de la moneda única. Una salida de España entonces (y ahora) se hubiera llevado por delante a la economía de varios de los países de la Unión. 

La Unión Europea es algo imposible y maravilloso. Producto de una rara voluntad política de superar los estados-nación, nos ha unido hasta extremos que antes se consideraban impensables. Ya no sólo pagamos con la misma moneda en una parte considerable del continente, sino que además no nos vigilamos como antes al cruzar las fronteras, no nos exigimos visados, ni permisos de trabajo y durante un largo tiempo estábamos muy orgullosos en ser ciudadanos de lo mismo, aunque nuestro DNI o pasaporte llevaran nombres de países diferentes. La llamada “visión de Estado” se ha quedado corta y es responsabilidad de todos el cuidar de ese sueño maravilloso. En este mundo en el que cada vez proliferan más chalados con mayor capacidad destructiva, hay mucho ojos puestos en nosotros. En el experimento europeo. Porque si lo que hacemos en Europa sale bien, podemos contagiar nuestras cosas buenas a los demás. Eso trasciende países, personas y las siguientes elecciones regidas por mezquindades provincianas, con sus mismos tertulianos, expertos y gurús soltando bilis acerca del vecino. 

En este mundo desquiciado, las amenazas y los desafíos son globales. El terrorismo, el cambio climático, la misma crisis económica. Y nosotros, los cínicos y desencantados europeos, resulta que somos los únicos que nos hemos dotado de los mecanismos y de las instituciones capaces de hacer frente a esos desafíos. Durante mucho tiempo pensamos que si nos centrábamos en unirnos a toda costa, en lugar de separarnos, conseguiríamos algo grande. Y lo conseguimos. Con sus fallos, como los mismos diseños de la zona euro, que son en parte los causantes de la situación actual. Pero esos fallos se dejaron a un lado por la voluntad política de hacer algo mejor que lo que habíamos estado probando hasta entonces. Tal vez (y no estoy seguro al 100% de tener la razón) podamos ignorar de nuevo a los técnicos para corregir los fallos que se cometieron entonces. Cometiendo más por el camino, seguro. Pero estamos precisamente para cometer fallos y poder arreglarlos. Es lo que pasa cuando se intenta algo que nunca se había intentado antes. 

Puede que Zapatero protegiera aquello por encima de su propio pellejo político. 

A Europa, por primera vez en su historia, no la unificaba la fuerza militar de nadie. Europa quiso convertirse a sí misma en una Comunidad primero y en una Unión después. Todo eso se hizo con el combustible de los mejores impulsos de los seres humanos que lanzaron ese sueño. 

Puede que se haya construido una Europa capitalista, pero no es sólo eso. Los capitalistas lloraban y gruñían con cada paso que se daba para levantar las fronteras detrás de las cuales escondían su corrupción y sus privilegios. El peor enemigo del capitalismo patrio es el capitalismo del país de al lado, que está dispuesto a comerse su pastel. 

En esta crisis, sin embargo, hemos visto como los tiburones se ponen de acuerdo para devorarnos uno a uno, mientras los demás culpan al devorado de ser demasiado apetitoso o de chapotear demasiado para atraer la atención de los escualos. A lo mejor de lo que se trata es de hacer piña. De defendernos unos a otros, para que los tiburones se espanten al ver cómo los asustados nadadores se convierten en una masa terrible de brazos y piernas que están dispuestos a rechazarles. 

Puede que lo importante no sea que en Grecia haya un gobierno de desorientados bravucones, tras otros dos gobiernos fracasados y corruptos. Puede que lo importante no sea alimentar la xenofobia y el sentimiento de ridículos pensionistas centroeuropeos, orgullosos de sus barrigas y temerosos del tipo que vende kebabs. Puede que lo importante sea ayudar a personas en apuros. Puede que lo importante sea sentarse a una mesa con la voluntad de entenderse y no de sermonear o de obtener acuerdos mediante coacción. 

Puede que lo importante sea salvar a Europa, salvar los restos de aquello creado con lo mejor de nosotros mismos y volver a poner nuestros mejores esfuerzos en demostrar que hay sueños que pueden hacerse realidad. Puede que sea mejor entenderse que demostrar que se tiene razón. 

Y puede que lo digo no tenga ningún sentido. Pero me gustaría pensar que lo tiene.