Reconstituyentes

Jon Salaberría

La semana que está próxima a terminar se ha revelado, sin duda, como una de las más turbulentas de la Legislatura 2011-2015, si no la que más, y me atrevería a decir que se erige en el punto de inflexión, puede que definitivo, en el devenir político de España en los próximos años. La Operación Púnica, que nos sorprendía a todos a primerísima hora de la mañana del lunes, materializaba, por fin, en el ámbito procesal, años y años de investigación periodística y sobre todo de denuncia política y ciudadana. Todo el conjunto de sospechas luego pasó a constituir un cuerpo sólido de  indicios racionales sobre la existencia de una red de corrupción que ha podrido hasta el tuétano las estructuras de las Administraciones madrileñas se ve confirmado ahora. La amplitud de sus ramificaciones sorprende a cada detalle que se va conociendo. E indigna hasta extremos inimaginables. Cualquiera de los que trabajamos a pie de acera conocemos bien ese sentimiento, que va mucho más allá del cabreo de la conversación de barra de bar. El dolor social que la crisis ha ocasionado y ocasiona, y el adicional de las medidas de este gobierno austericida y nefasto, se acrecienta exponencialmente cuantos más detalles de este escenario de golferío generalizado trascienden.

La respuesta política a este estallido informativo ha venido acompañada de dos reacciones que parecía sustraer de su dontancredismo habitual al Presidente-lector del Marca y a la sempiterna Dama de Hierro de la derecha española: sendas peticiones de perdón, dobles y en sede parlamentaria por parte del Presidente Mariano Rajoy y desde la sede pagada con dinero de la Caja B por parte de Esperanza Aguirre Gil de Biedma. Dos inesperadas solicitudes de excusas y el reconocimiento de los errores propios que de por sí son una novedad en la carrera política de ambos próceres de la derecha patria. Pero como las horas ha venido a confirmar, dos cantos al sol que no vienen acompañados de la respectiva asunción de responsabilidad política. Desde una concepción del mundo absolutamente confesional, convierten el foro en el que expresan sus disculpas en un confesionario, Pedro Sánchez dixit, pero sin que vengan acompañadas de las decisiones fulminantes que materialicen la sinceridad de las intenciones espirituales. De entre las muchas, las respectivas dimisiones de ambos dirigentes para abrir en una formación absolutamente infiltrada por la corrupción la catarsis necesaria para su supervivencia. El perdón no es suficiente. No sólo eso, ha venido acompañado de más mentiras (el desconocimiento declarado por Aguirre respecto de los alcaldes populares detenidos) o de más de lo mismo en cuanto a la práctica parlamentaria que los de Rajoy nos tienen acostumbrados en este negro periodo político (el PP veta, una vez más, una petición unánime de la oposición para celebrar un Pleno monográfico sobre corrupción). Como el maestro Manuel Alcántara escribe hoy desde su clara veteranía, Rajoy y Aguirre escapan de esta haciendo lo de siempre, pero sin perdón.

Si a nivel del Partido Popular todo sigue igual, a pesar del pánico que atenaza a muchos de sus dirigentes y a su masa afiliada, en el primer partido de la oposición la cosa no está tampoco para tirar cohetes. Las reacciones del Partido Socialista ante esta crisis, que implica al ex alcalde de Cartagena, José Antonio Alonso, y del alcalde en ejercicio de la emblemática ciudad de Parla, José María Fraile, fueron en esa mañana dos aguijonazos más en la corta y agitada trayectoria del nuevo secretario general socialista, Pedro Sánchez. La rápida suspensión de militancia y la también presentación, con toda celeridad, de una completa batería de propuestas parlamentarias en materia de corrupción, si bien iniciativas positivas, no han podido servir para sacudirse las peor consideración por parte de la opinión pública: la convicción generalizada y sin matices de que la corrupción es transversal a ambos partidos, hoy mayoritarios. A esto, unimos toda una serie de circunstancias que no sirven para explicitar, negro sobre blanco, las líneas distintivas. Hasta minutos antes del estallido del escándalo con la detención de Francisco Granados, y a rebufo de los anteriores escándalos que vienen jalonando la legislatura, al Partido Socialista la situación le pilla en la negociación de un acuerdo anti-corrupción con el Partido Popular, cayendo de nuevo en el error garrafal de dar oxígeno institucional a una formación agotada y que no ha hecho renuncia alguna a su rodillo a lo largo de la legislatura, y en el más garrafal de presentarlo como exclusivo en la génesis. La premura de César Luena en declarar que no habrá pacto con el partido de la corrupción suena a extemporánea, fingida y poco creíble ante una ciudadanía totalmente refractaria ya a los discursos.

Mención aparte, la situación del PSM y de su máximo dirigente y candidato a la enésima derrota, Tomás Gómez. El antecesor de Fraile en el Ayuntamiento de Parla y máximo valedor mantiene una posición política muy difícil de consolidar. Su salida al ruedo, mostrándose firme en la suspensión y apartamiento del edil, pero compungido en los sentimientos, no ha hecho más que empeorar la percepción. En mi opinión, la renuncia de Gómez es necesaria como primer paso para dejar expeditas las posibilidades de recuperación del proyecto socialista en Madrid Comunidad, ya muy tocadas de antemano. Los/as socialistas tenemos que ser ejemplares, y no basta la desnuda exposición de los sentimientos. Al fin y al cabo, la reacción del PSM no ha dejado de ser análoga a la de Aguirre, con todos los matices que obviamente existen.

En estas coordenadas, en las que el flash informativo de cada hora amenaza con un nuevo sobresalto, hemos de ser conscientes de que ha llegado el momento de la acción y la alternativa frente a la cómoda postura de esperar. Frente a la corrección institucional rayana en lo cortesano. Es el momento de las iniciativas políticas encaminadas a dar una vuelta de tuerca a una situación en la que cada minuto que pasa nos conduce a un mayor daño (puede que irreparable) a las posibilidades de futuro de nuestro proceso democrático. Es la hora de acciones parlamentarias valientes.

Una de las opciones es la presentación de la moción de censura constructiva. Lo sugería esta misma semana Odón Elorza. Corresponde al Partido Socialista contactar y negociar las alianzas políticas suficientes para la presentación de una moción de censura con programa alternativo que articule y consensue como parte del mismo las medidas contra la corrupción que propuso este martes, así como un programa económico alternativo al que rige el modelo de gobierno de los populares. Una moción abocada al fracaso pero que pondría al descubierto la voluntad nula de los populares de salir de este callejón y que expondría la existencia de alternativas por parte de la oposición política de cara a la próxima Legislatura, que será decisiva a niveles de todo o nada. La otra opción para un tour de force es la exigencia, sin lenitivo alguno, de dimisión del Presidente del Gobierno y la convocatoria de elecciones generales anticipadas. Los niveles de deslegitimación del Ejecutivo de Rajoy hacen imposible que sobre las posibles iniciativas de regeneración democrática del Gobierno, nada correspondidas con la práctica diaria,  se pueda construir en el corto plazo un nuevo marco de responsabilidad, de ética pública y de intolerancia a cualquier comportamiento incorrecto en nuestras instituciones. La respuesta será el enroque al que nos tiene acostumbrados el Presidente, pero la exigencia de la convocatoria es, cada hora que pasa, un imperativo moral ineludible.

Creo en el proceso democrático y creo en sus bondades. Creo en la política y creo que las soluciones a los males de la política vienen de la política. Las futuras Cortes Generales, ya sea por convocatoria anticipada de elecciones, ya sea por su convocatoria en el plazo previsto, posiblemente sean las más corales y fraccionadas en cuanto a formaciones parlamentarias integrantes del arco político desde 1977. La inexistencia de una mayoría clara y la llegada de nuevos actores políticos, frente a lo perentorio de asumir nuevos retos (está en cuestión la continuidad de nuestro sistema político), lejos de ser preocupante, creo que nos pondrá ante un panorama alentador: puede ser la antesala de la recuperación del espíritu del consenso, denostado hoy pero siempre acreditado como la vía que ha permitido a un país como el nuestro, tras una devastadora guerra civil y décadas de dictadura, disfrutar de décadas de convivencia razonable y bienestar social que no se pueden arrojar al vertedero de la historia. Las próximas Cortes abordarán la necesaria actualización de los mecanismos de participación democrática, el fortalecimiento de los controles contra la corrupción, una revisión consensuada del modelo territorial y, sin duda, nuevos modelos alternativos para una salida social de la crisis. La perspectiva, estoy convencido, es la de unas elecciones a Cortes casi constituyentes o reconstituyentes, como se prefiera, por la profundidad de los retos a los que deberá enfrentarse. Es en esta perspectiva en la que, a medio plazo y desde una grave responsabilidad, deberán enfrentarse los actores políticos, incluida la formación en la que milito y que ha respondido con altura de miras cuando la historia nos ha situado en este tipo de circunstancias. 

Las opciones alternativas a un fortalecimiento de nuestro proceso democrático son las que son. Llegar, siquiera, a acercarnos a ellas, será un drama mayor que el que nos toca soportar. Seguro que todos somos conscientes de ello… o por lo menos, lo quiero creer…