Recomposiciones

Jon Salaberría 

No, queda claro que no. Ni un triste minuto de tranquilidad, ni un solo momento y espacio de serenidad para la reflexión, que ya la acción será la que traiga los momentos de zozobra, de duda, de inquietud… Este estado de reiterada agitación es el que caracteriza al Partido Socialista Obrero Español desde que en la primavera de 2010 asumiese, desde la responsabilidad de la gobernación de España, las más difíciles decisiones adoptadas desde la organización en su periplo político desde la recuperación de la democracia en España, allá por los apasionantes años de la Transición política.

La salida por la puerta de atrás del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado de los primeros y dolorosos recortes presupuestarios y por la incomprendida reforma exprés del art. 135 de la Carta Magna, la candidatura mal menor de Alfredo Pérez Rubalcaba y la debacle de 2011, su elección como patrón de la nave en el enero sevillano de 2012 a pesar del peor resultado histórico del PSOE en unas elecciones generales, el doble relevo en Andalucía y el surgimiento de la estrella fáctica de Susana Díaz Pacheco, las tempestades regionales, los relevos mal asumidos en las baronías, una Conferencia Política con intención refundadora, primarias, el desastre europeo, un congreso extraordinario, el hundimiento del PSC, la huída de militantes, la caída en picado en las encuestas y hasta la aparición de una nueva formación con ínfulas de catch-all-party e intenciones de hacerle también al PSOE (como a IU) una OPA hostil para quedarse ya no con el personal, sino con la casa y los muebles… Si alguien era lo suficientemente pesimista para atisbar que las siete plagas de Egipto caerían sobre el viejo partido de Pablo Iglesias Posse en menos de una legislatura… pues acertó de de pleno.

Pero si es que además alguien perseverase en el pesimismo y en adivinar la inminencia de nuevos movimientos sísmicos en el Partido Socialista, volvería a acertar. La elección de Pedro Sánchez Pérez-Castejón como secretario general de los socialistas españoles en el verano de este 2014 nos pareció a muchos y muchas, incluso aquellos/as compañeros/as que no decidimos apoyar su opción y nos decantamos por las alternativas de Eduardo Madina o Pérez Tapias, como el golpe de autoridad para poner un punto y aparte en el proceso inacabable de mirarnos el ombligo en el que los socialistas nos vemos inmersos desde la noche infausta del 20 de noviembre de 2011. A pesar de la disconformidad que mostramos por el apoyo sin complejos que el aparato de la que todavía es la más poderosa federación socialista del país brindó a las opciones del madrileño en la novedosa convocatoria de elección directa de secretario general; a pesar del esfuerzo mínimo de integración de las sensibilidades que contendieron en aquella convocatoria en el posterior Congreso Extraordinario; a pesar de la decepción por el aplazamiento a 2015 del compromiso de convocar elecciones primarias abiertas para la designación de candidato a la Presidencia del Gobierno, pensábamos que la victoria incontestable dejaba en una posición de fortaleza política al aparato de dirección federal del Partido que no disfrutaba desde la no menos firme posición política que ejerció Zapatero en su liderato hasta que la tormenta perfecta de 2010 le relegase a un lado del camino: estabilidad.

Y sin embargo, tras los primeros cien días de gracia, cuando este fin de semana festivo le ofrece a Pedro Sánchez un buen soplo de oxígeno en forma de encuesta (oleada Metroscopia de diciembre como primera fuerza en intención de voto) y confirma unas óptimas valoraciones personales, mejorando la percepción de un perfil que pretende comunicarse kennediano, se amenaza la paz interna. Pedro Sánchez comienza a ver su posición política cuestionada, algo realmente increíble hace tan sólo un trimestre.

En mi modesta opinión, es precisamente ahora cuando estábamos comenzando a apreciar la mejor versión de un Pedro Sánchez que hasta el momento me aparecía demasiado aséptico y artificial. Creo que el esfuerzo (mediático) por darse a conocer y la corrección sobre sus primeras apariciones públicas como secretario general, con poca fortuna entonces, empezaban a sorprender con un perfil bastante más cercano, algo en lo que el vasco Eduardo Madina o el accesible y profesoral Pérez Tapias supieron superarle en la campaña para la secretaría general (aunque con escasa fortuna final en el resultado). Le reconozco igualmente a Pedro Sánchez su esfuerzo por marcarse él mismo el ritmo de agenda: el nuevo secretario general va consiguiendo zafarse de la tendencia, en la moderna política-espectáculo en los medios, de señalar la senda de Podemos como principal alimento argumental y comparativo, y empieza a acompasar mejor sus iniciativas políticas y sus respuestas como máximo responsable de la oposición parlamentaria a la actividad del ejecutivo de Mariano Rajoy, incluso con un buen grado de anticipación. Le reconozco, en definitiva, la capacidad suficiente para ganar en autonomía y marcar impronta propia a su proyecto político, sin tutelas. Su compromiso con la Declaración de Granada, herencia del mandato de Rubalcaba y núcleo fundamental de la oferta territorial del Partido Socialista hacia una tercera vía, es un gesto de coherencia que valoro, y que hubiese asumido igualmente cualquiera de los otros dos compañeros candidatos de haber ganado la contienda congresual. Su iniciativa de nuevo Acuerdo de Ciudadanía, un importante pre-texto, abierto y posibilista, para el intenso trabajo que se va a producir de cara al final de esta funesta legislatura y sobre todo de la siguiente, es otro de los elementos dignos de reseñar como esfuerzo muy particular.

Sabemos que a un sector importante de compañeros que rodearon al presidente Rodríguez Zapatero cuando se produjo la difícil  y polémica decisión de reformar de modo exprés el art. 135 de la Constitución (sobre todo, por su desafortunado procedimiento), la idea de contrarreformar y la enésima solicitud de disculpas por aquel episodio, de alto coste para el Partido Socialista en 2011, les ha causado un profundo malestar que no ocultan. Del mismo modo que para ciertos elementos de la que podríamos llamar vieja guardia de los ochenta, por motivos bien distintos, la impronta personalista de Pedro Sánchez les sugiere con desagrado un revival de la particular configuración del Partido Socialista de Zapatero que hizo de su entonces secretario general algo más que un cargo unipersonal: una marca electoral autónoma y exitosa.

Pero no es de estos desafectos más o menos señalados de donde viene el ruido interno. Tampoco de la hasta hace unos días pujante Izquierda Socialista, fortalecida tras el proceso congresual pero desde hace apenas un mes sumida en una crisis profunda en la que la derivada Parla de la Operación Púnica es la excusa de la irrupción oportunista de Beatriz Talegón en la corriente crítica. El origen está, precisamente, en el entorno de la principal valedora de Pedro Sánchez, la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz Pacheco.

Esther Palomera, revelada desde hace tiempo como auténtica experta vaticanóloga en el complejo mundo de Ferraz, es la que nos transmite ya, sin subterfugios, lo que hace apenas un mes no eran más que rumores sin fundamento, más allá de la interpretación inteligente de silencios. La ex periodista de La Razón, que no oculta su visión crítica de lo que llama insoportable levedad a la que ha llevado Sánchez al PSOE, indica hoy en su columna del Huffington que es la Presidenta el personaje clave al que los diferentes referentes del Partido acuden para expresarle sus cada vez más acuciantes dudas y sus particulares angustias. Díaz parece expresar ya sin tantos titubeos su desagrado por la apuesta particular que hizo por Sánchez. Paula de las Heras (Colpisa), citada por Palomera, hizo días atrás referencia al intento de Díaz de recomponer relaciones con Eduardo Madina, principal responsable, con su decisión de postularse a la secretaría general, de la doble decisión de la andaluza: no competir a pesar de las presiones de los barones territoriales y poner al servició de Sánchez Castejón su formidable aparato. Son los mismos barones territoriales que no comparten la hoja de ruta del madrileño ante la que se avecina: unas autonómicas y municipales de pronóstico incierto.

Será esa cita la que determinará un nuevo estado de cosas de cara a las Primarias Abiertas que se celebrarán con una más que posible recomposición de posiciones. Una posible debacle (la enésima desde 2010) puede empujar a imputar las responsabilidades políticas a Sánchez y moverían definitivamente a Díaz a postular su candidatura a las Primarias. Como afirma bien Palomera, si no se postula (Susana Díaz) su tren habría pasado ya; no es lo mismo hacer política nacional desde el Congreso de los Diputados que hacer que Sánchez asuma el peso de la debacle y entonces intentar asumir el control del Partido.

En la recomposición de apoyos estará la clave. Susana Díaz no está acostumbrada a la contienda interna y renunció a la secretaría general federal cuando Madina Y Tapias plantaron cara. En sus planes no suele entrar algo que no sea la marcha triunfal, la nominación por aclamación, como ya ha ocurrido en tres ocasiones en Andalucía: la candidatura a la Presidencia de la Junta (las famosas primarias sin urnas), la sucesión de Pepe Griñán al frente de la Comunidad y la obtención de la secretaría general del PSOE de Andalucía en un puro trámite. Curiosamente, esa recomposición no tiene por qué beneficiarle en exclusiva. Ya hoy algunas de las personalidades más críticas con el susanismo dentro del Partido y que apoyaron candidaturas alternativas, se posicionan hoy a favor de la defensa del secretario general del que fue gran valedora. Significativo el apoyo de Fernández Vara desde Extremadura. Y muy significativo también el llamamiento de Manuel Chaves ante el cuestionamiento al secretario general: aviso a navegantes. A quienes acusan a Sánchez de centrarse sólo en su promoción personal, el ex presidente de la Junta de Andalucía señala que el Partido tiene muy pocas oportunidades, y esas se llaman Pedro Sánchez (sic). No se debe jugar con fuego. 

Ciertamente, el Partido Socialista no tiene su principal capital en la disposición de tiempo a favor. Susana calienta en la banda, como afirma futbolísticamente Esther Palomera, pero se equivocan quienes pretendan provocar un nuevo tour de force a los plazos acordados en el Congreso, o usar medios extraordinarios para reconducir la situación hacia intereses muy concretos tras no haber tenido la valentía política de hacerlo meses antes. Al Partido Socialista le va en ello la supervivencia.