Rebelión e ignorancia como productos lucrativos

Frans van den Broek 

Entre mis muchos defectos no se cuenta el de no escuchar a mis amigos, allende el hecho de que deba o no seguir sus consejos. Sí se cuenta, en cambio, el de atrasarlo todo hasta el último momento, al punto de perder muchas oportunidades y de olvidar tantas otras, si bien en el caso de los libros, siempre, mientras uno viva, hay remedio posible. Los libros que quiero comentar en este espacio me fueron recomendados por amigos de la madre patria hace algunos años, pero me ha tomado hasta hace poco el decidirme a leerlos. Aunque dispares en contenido, quiero creer que en el fondo los anima el mismo impulso de objetividad y desmitificación que se hacen tan necesarios en la política y la vida civil de hoy en día. 

Se trata de los libros ‘The rebel sell’ de Andrew Potter y Joseph Heath y ‘The black swan’, de Nassim Nicholas Talim. Su lectura no sólo es estimulante en el sentido académico, sino en aquel que deparan los libros que parecen decir cosas que uno sospechaba desde hace años, pero no encontraba la estructura necesaria para expresarlos. Ambos han sido traducidos al español, pero no han tenido en el mundo hispánico la suerte editorial que tuvieron en su lengua de origen, algo en sí no poco significativo. El primero propone una tesis simple, pero que desbroza en sus distintas ramificaciones. Según estos autores, la contracultura, sobre todo de cuño norteamericano, antes que un avance en las reivindicaciones sociales y políticas de la izquierda mundial, ha significado un obstáculo y hasta ha sido cómplice de la misma cultura que con tanto denuedo ha criticado y defenestrado. Aunque de nubosa definición, la contracultura ha venido a formar parte del ideario (inconsciente o consciente) de la generación que surge de las ruinas de la segunda guerra mundial y perdura, en una forma u otra, hasta nuestros días. Cualquiera que use vaqueros de manera consuetudinaria o incluso que decida comprar una cartera Prada, resulta estar obrando bajo la égida de este movimiento cultural que hizo del mundo juvenil y contestatario la medida de todas las cosas.

A cualquiera que haya estado algo despierto para el mundo intelectual y político de los años sesenta y setenta, les resultarán conocidos los nombres de autores como Theodor Roszack o Timothy Leary, así como los del Che Guevara y Jean Paul Sartre o, más en nuestros días, los de Naomi Klein o Antoni Negri. Todos tienen en común un completo rechazo del degradado mundo capitalista como origen de todos los males que aquejan al mundo actual. La obra de autores como estos ha servido de inspiración a generaciones enteras, y siguen motivando las protestas que vemos siempre asociadas con los grandes encuentros de líderes mundiales de toda laya, bien sea como miembros del Banco Mundial, el grupo de los 8 o de los 20, o del World Trade Forum. Las estrategias de lucha han variado desde el aislamiento del mundo, propio de las comunas hippies de los 60 y 70, por ejemplo, hasta las apelaciones a un atoramiento cultural (cultural jam) o a un consumo de productos orgánicos, cuando no a la directa acción terrorista como las del afamado Unabomber. La pregunta que se hacen estos autores, legítima en el panorama de la política real, es la de hasta qué punto este movimiento contracultural ha producido resultados tangibles y prácticos, aquellos que los ciudadanos pueden ver como conquistas en la lucha social que ha caracterizado el desarrollo histórico de la sociedad mundial en los últimos siglos. Su conclusión es lapidaria: nada o muy poco. Peor aún, su influencia ha sido perniciosa en muchos casos y hasta saludada con entusiasmo por los poderes que han tratado de desbancar.

El libro abunda en ejemplos y sólidas argumentaciones, por lo que es imposible reseñarlo en unas pocas líneas, pero baste volver al punto central, que es el del carácter omnicomprensivo de la crítica contracultural al así llamado Sistema Capitalista. Dicha obsesión ideológica ha conseguido que buena parte de la energía revolucionaria de la juventud de los países industrializados, donde tuvo más vigencia, se haya canalizado a actividades insulsas de poca efectividad, en lugar de haberse utilizado en prácticas políticas más humildes, pero más concretas a la hora de conseguir mejoras en la vida de los ciudadanos de a pie, prácticas que suponían la aburrida y disciplinada participación en partidos políticos con más injerencia en los medios decisorios de las sociedades a las que pertenecían. Esto se ha manifestado en todos los terrenos de posible cambio social. En lugar de abogar por un abandono del sistema, más útil ha sido dedicar largas horas de negociación a conseguir que la escuela del barrio tenga mejores facilidades educativas, o que el precio de los boletos de transporte refleje las normas del mercado y no de un posible monopolio conseguido con prebendas.

Una de las áreas donde la contracultura jugó incluso en las manos del así llamado sistema fue en su histérica defensa del individualismo y la autenticidad. La idea rectora de su crítica ha sido siempre el carácter deshumanizador del capitalismo, convirtiendo a los individuos en piezas de la máquina productora, avocados al conformismo y víctimas inconscientes de los gobiernos, estos últimos en colusión con los tiburones del industrialismo, llámese corporaciones o estamentos militares, iglesias o comecocos. Por esta razón, una buena parte de sus estrategias de resistencia ha estado dirigida a recuperar la nobleza del individuo desalienado, en posesión de su identidad y de su destino. Ecos del buen salvaje rousseauniano se convirtieron en el hippie que sigue los dictados de su conciencia y de su más ínsita individualidad. Aunque haya siempre habido algo de legítimo en esta protesta juvenil, Heath y Potter analizan el resultado de sus acciones, y demuestran que más que subvertir el sistema, le han prestado una ayuda invalorable a la hora de vender sus productos. La razón la encuentran en un error categórico: los individuos no buscan necesariamente el conformismo en todos los aspectos de su vida, sino la distinción, más o menos en el sentido que le dio el sociólogo Bourdieu. La razón de que alguien compre Vuitton no es que se conforme con el sistema, sino de que el sistema le está vendiendo la idea de que comprando dicha marca, el individuo se convierte precisamente en eso, un individuo con gusto propio, y diferente estatus que sus congéneres con menos capacidad económica o de discernimiento. Un artículo Prada o Ferrari provee al que lo compra de aquello que los contraculturales querían para sus huestes: individualidad en medio de la masa, la que proviene del valor posicional del artículo comprado.

De otro lado, asociado con esta crítica al sistema, se encuentra el rechazo de toda norma y regulación, para beneficio de una mejor expresión de la propia esencia individual, y de la armonía natural que emerge de las asociaciones libres de individuos. Los autores llaman la atención a los experimentos de comunas que resultaron en caos colosales que exigieron el retorno a alguna forma de regulación, dado que las leyes y las reglas no funcionan generalmente como creaciones opresoras, sino todo lo contrario, como condiciones de operación de la misma libertad del individuo que decía defender la contracultura. Uno por uno, los mitos de la contracultura van cayendo ante la fuerza de la evidencia práctica, y una de las víctimas más acusadas de la prevalencia de este modo de pensar no ha sido el sistema odiado, sino la propia izquierda política, que ha visto su prestigio disminuido por su asociación inevitable con los excesos inefectivos de la contracultura. Una de las representantes modernas de este modo de pensar es la citada Naomi Klein, quien recomienda los mentados métodos del atoramiento cultural y quien aterroriza las mentes de los creyentes con historias sobre la maldad de las corporaciones, y su capacidad de aprovecharse incluso de las catástrofes naturales, como si la inversión extranjera en zonas devastadas fuera un pecado cardinal. Típico de la contracultura, Klein ofrece muy poco en la forma de una solución a los problemas que plantea, y se contenta con ocupar el pedestal ético y visionario, sin mancharse con el barro cotidiano de las prácticas políticas que conciernen a los afectados, prácticas que requieren de menos admoniciones y más negociaciones, de más consideración con la naturaleza humana, y menos esperanzas vanas.

El segundo libro que traigo a comentario aquí concierne a un personaje peculiar, de origen libanés, pero educado en occidente, y con experiencia en organizaciones de altas finanzas de Norteamérica. Debido a su amor por la especulación filosófica y las matemáticas, dejó por fin su puesto como asesor financiero y se dedicó a poner sus ideas y experiencias por escrito. El resultado no es del todo original, pero no deja de ser bienvenido, más aún en el panorama de las finanzas actuales. Nassim Nicholas Taleb publicó su libro citado antes del colapso de las grandes instituciones financieras y la crisis actual, pero parece haber sido escrito a posteriori. En seguimiento de una larga tradición de escepticismo anglosajón, Taleb se puso a indagar por el fundamento de las entrabadas argumentaciones matemáticas de las grandes finanzas, y las encontró todas, sin excepción, faltuzcas (como diría Machado). Es más, en muchos casos, Taleb afirma que el valor predictivo de los modelos matemáticos de las finanzas es (o era) equivalente a darle unas pistolas a un mono, como suele decirse, y esperar a que diera en el blanco a la primera o, dicho a su manera, a preguntarle al primero que pase por la calle por su opinión sobre la inversión a hacer para la compra de las famosas ‘securities’, esto es, casi nulo, o, en el mejor de los casos, no mejor que lanzar una moneda al aire.

Aunque su argumentación se centra sobre lo que conoce mejor, los modelos matemáticos de probabilidades, se extiende a nuestras prerrogativas epistemológicas, infladas por interés, orgullo, codicia o simple estupidez. Su libro también deleita al lector con muchos ejemplos concretos, pero la impresión que deja al final es la de recordarnos que es saludable, cuando no imprescindible, pensar en los fundamentos de lo que uno está afirmando, so pena de incurrir en error flagrante o hasta en criminalidad por negligencia. Taleb no se posiciona políticamente en su análisis, pero está claro que aborrece los argumentos ideológicos desprovistos de asiento empírico. Ahora bien, determinar qué es lo empírico no es cosa sencilla, por lo que una basal actitud escéptica debe ser punto de partida de todo análisis concreto, más aún si se toma en cuenta la natural tendenciosidad humana. Para ello, Taleb rescata, como dije, la vieja tradición escéptica, en la que sitúa pensadores como Sexto Empírico o Karl Popper, sin olvidar a los grandes empíricos británicos de la talla de Hume.

Sus especulaciones no son ociosas, empero, o lo son en el sentido aristotélico de valerse del tiempo libre para compulsar el valor de nuestras creencias a la hora de tomar decisiones. Casi todo ciudadano del mundo hoy en día tiene que sufrir en carne propia –pagando con sus impuestos el astronómico coste de la debacle de los bancos e instituciones financieras- el resultado de la crisis, ocasionada en buena parte por suposiciones acerca de la economía que no se correspondían con la realidad. Volver a repensar nuestros axiomas ha sido y será siempre una tarea necesaria, y su libro es una contribución a este respecto, modesta, pero importante. ¿Por qué, me pregunto, tareas como la antedicha suelen surgir antes en el mundo anglosajón que en el hispánico? La respuesta más fácil, y más acomodaticia, es la de las dimensiones del mundo editorial anglosajón, que puede hacer que un libro de Oprah Winfrey tenga más repercusión que el mejor libro psicoanalítico argentino (mientras que no me cabe la menor duda de que el primero sea de menor calidad que el segundo, aunque el segundo no sea menos irrelevante). Personalmente, no tengo una respuesta, aunque sospecho que en parte será porque no estamos acostumbrados a la duda y la reflexión, sino al dogmatismo y al seguimiento. Los debates que puedo seguir, en todos los terrenos que conozco, en nuestro mundo cultural, aunque muchos de calidad superior, se caracterizan menos por el análisis que por la aseveración retórica y no pocas veces infundada. Así como en el mundo político nos dejamos guiar más por caudillos que por parlamentos, en el mundo de las ideas, las preferimos definitivas, y no consensuales o tentativas. Borges escribió alguna vez, en su ensayo ‘Nuestro pobre individualismo’, que el argentino no cree en ideas, sino en personas. Tal vez sigamos en la misma situación que los argentinos entonces, pero con menos excusas, dado el mundo globalizado en que vivimos. No estaría mal que libros como los mencionados adquieran mayor difusión y repercusión mediática, a fin de cambiar nuestras costumbres intelectuales, no en la dirección del mundo anglosajón, que no tiene por qué ser superior, sino en la dirección de la razón y el consenso, que siguen siendo valores universales, o al menos eso espero.