Rajoy y los mercados

Lobisón

Los asesores en comunicación política tienen sus propias leyendas. Una de ellas es la de un candidato (chileno, y de hace bastantes años) que, aconsejado para que anunciara algunas medidas que sorprendieran a sus rivales y llamaran la atención de sus seguidores, señaló en un momento de su discurso que iba a hacerlo así, explicando que se lo habían sugerido, que las medidas debían ser pocas para que fuera fácil recordarlas, que debían sorprender a sus adversarios, etc. Es decir, contó lo que le habían dicho sus asesores en vez de hacer lo que le habían pedido.

Rajoy no llega a este extremo de ingenuidad, pero le falta poco. Consciente de que se le acusa de falta de propuestas, insiste en que no es posible llegar a acuerdos con el gobierno si éste no rectifica y acepta las propuestas del PP… pero sigue sin revelar cuáles son éstas. La primera razón es probablemente que no las tiene, y que a lo más que llega es a proponer acciones en campos determinados. Como le sucedía cuando, hablando de un sarkozyano ‘contrato de integración de los inmigrantes’, no llegaba más lejos de pedir que los inmigrantes se comprometieran a cumplir las leyes españolas.

La ausencia de ‘recetas’ por parte de Rajoy es sin duda una de sus debilidades, y permite que desde el PSOE se le acuse de tener una agenda oculta. La idea sería que sus soluciones implican recortar los derechos sociales, congelar o recortar los sueldos de los funcionarios, etc., y que no lo revela por temor a perder votos. Es posible que sea así, pero cabe también, por lo que sabemos de su trayectoria y personalidad, que en realidad crea que no hay más solución que esperar a que el ciclo se dé la vuelta, y que mientras tanto lo fundamental es ahondar en la desconfianza de los electores hacia Zapatero.

En 1996 la economía ya estaba en franca recuperación, pero la crisis política lo ocultó hasta que se produjo el triunfo del PP en las elecciones. No sería descabellado pensar que el sueño dorado de Rajoy es que se repita la secuencia, ahora con él de protagonista. Por eso centra sus esfuerzos en desgastar la imagen de Zapatero, sugiriendo que los diputados socialistas podrían cambiarlo, que no es una persona fiable, que deshace lo que hace su propio equipo económico (restablecer la confianza de los mercados a través de los creadores de opinión económica).

La frase de Zapatero en Londres (“Vaya paradoja y vaya contradicción que los mercados a los que acudimos a salvar nos examinen e intenten poner dificultades”) resulta inevitablemente polémica, porque no se sabe si se refiere a las agencias de evaluación, a los mercados en abstracto o a los grandes especuladores. Es bastante probable que estos últimos desataran la histeria sobre la deuda griega apostando a corto contra ella, como George Soros desató la crisis del sistema monetario europeo en 1992 apostando contra la libra, pero la paradoja es que no exista regulación para evitar o limitar estos movimientos.

Aun así es interesante que Rajoy crea que no hay que irritar a ‘los mercados’, y que no haya hecho el menor movimiento para afianzar la confianza en la economía española. Cuanto peor mejor: lo que él busca es que crezca la desconfianza, para, si llega a ganar las elecciones en 2012, poder decir eso de ‘el milagro soy yo’ y contar con que el simple hecho de haber sustituido a Zapatero devuelva la confianza a los inversores y a los ciudadanos.